domingo 30 de octubre de 2011

¿Caín sigue vivo?


El Superior Provincial de los jesuitas del país vasco, Juan José Etxeberría, ha publicado, con motivo del reciente anuncio de ETA del fin de la violencia, un breve documento en el que afirma: "Tenemos perdón que ofrecer, heridas que sanar, dolores que aliviar, odios que apartar, rencores que olvidar". La declaración del Provincial de los jesuitas vascos ha sido publicada por Religión Digital. Y las reacciones no se han hecho esperar. Lo que me sorprende es que, ante una afirmación tan humana y tan evangélica como la de este conocido jesuita, inmediatamente no han faltado los comentarios de personas indignadas, que dan la impresión de sentirse irritadas ante las palabras de un dirigente religioso que pide superar y vencer odios y rencores. Entiendo que, si fuera un político o un juez quien pidiera dejar de lado esos sentimientos, habría motivo para sentirse inquietos, nerviosos o indignados. Pero cuando tal petición viene de un hombre que, por su profesión, nos habla desde los argumentos que le puede suministrar el Evangelio, no entiendo que haya quien rechace airado una petición tan humanitaria. Por supuesto, que los poderes del Estado tienen la obligación de cumplir con su deber. Pero cuando, ni a los hombres de la religión se les tolera una palabra de perdón y bondad, entonces cabe pensar que el tejido social de este país está demasiado dañado. Por eso yo me pregunto si es que Caín sigue vivo entre nosotros. Y si es que Caín sigue ahí, "irritado" y "cabizbajo", como cuenta el relato mítico del Génesis (4, 5-6), en tal caso, ya podemos poner policías eficaces, jueces severos y políticos inteligentes. De poco servirá todo eso. A terroristas y delincuentes se les pude meter en la cárcel. Pero, si en la calle dejamos campando a sus anchas a nuestros sentimientos más cainitas, en tal caso y por mucho que invoquemos a las víctimas, en esta sociedad nuestra nos sentiremos todos como se sentía Caín: "teniendo que ocultarnos de la presencia (del Bien), y andando errantes vagando por el mundo" (Gen 4, 14). Por favor, ¡ya está bien!

viernes 21 de octubre de 2011

¿Qué hace en misa uno que no perdona?


El comunicado de ETA anunciando el fin de la violencia armada está poniendo en evidencia lo que cada cual lleva en su corazón. Es verdad que el comunicado no es claro en algunas cuestiones fundamentales. Es explicable, por eso, que haya quien se hace preguntas a las que no encuentra respuesta. Pero lo que no puedo entender es que haya personas que van a misa, quizá con devoción, y al mismo tiempo no son capaces de perdonar hasta el fondo y con todas sus consecuencias. Porque las palabras del Evangelio están muy claras: "Si yendo a presentar tu ofrenda al altar, te acuerdas allí de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, ante el altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; vuelve entonces y presenta tu ofrenda" (Mt 5, 23-24). Esto es lo que dijo Jesús en el Sermón del Monte. Seguramente, estas palabras se refieren a cristianos que procedían del judaísmo, pero seguían acudiendo al templo de Jerusalén. En cualquier caso, la idea de Jesús es clara: si no te has reconciliado, hasta el fondo de tu ser, con el que te ha ofendido o con el que tú has ofendido, no te acerques a lo sagrado. Hoy diríamos, "si no eres capaz de perdonar de verdad y por completo, no vayas a misa". Es una palabra dura. Tan dura como una piedra en la que siempre nos vamos a partir los dientes. Pero es que el Evangelio es exigente. Por la sencilla razón de que llega hasta el fondo de las cosas.
Yo sé muy bien que no debemos confundir los deberes de la religión con las leyes y decisiones que las autoridades políticas y judiciales deben adoptar. Eso, por supuesto. Con todas las consecuencias que de eso se derivan. Pero, si pongo aquí estas palabras del Señor, es porque no me cabe en la cabeza que echemos mano de la religión cuando nos conviene. Y demos de lado al Evangelio cuando las palabras de Jesús nos resultan incómodas o duras de cumplir.
Perdonar al enemigo es seguramente lo más difícil que hay en la vida. Pero sólo en el perdón, del que supera el "ojo por ojo y diente por diente", sólo en eso, es donde se demuestra hasta qué punto hemos tomado en serio esa fe por la que decimos que estamos dispuestos a luchar, a discutir, quizá a ofender y no sé si (en ocasiones) a matar. Una fe por la que casi nunca llegamos a perdonar de verdad. Tenía razón Lutero cuando dijo: "Hay ofrenda sin reconciliación cuando se emprende una guerra, se asesina y se derrama mucha sangre; después damos mil florines para misas por sus almas".

jueves 13 de octubre de 2011

Hablar de Jesús fuera de España


Los días 8 y 9 de este mismo mes de Octubre, se ha celebrado en el Seminario da Boa Nova de Oporto, un Coloquio sobre Jesús de Nazaret en el que han participado, junto a colegas portugueses de primer nivel (Anselmo Borges, Paulo Rangel, Isabel Allegro de Magalhaes, Albino Valente dos Anjos), varios estudiosos españoles del cristianismo primitivo cuyos nombres son conocidos: Xabier Pikaza, Antonio Piñero, Juan A. Estrada, José Ignacio González Faus, José M. Castillo, Juan J. Tamayo, Andrés Torres Queiruga.
Han sido días de trabajo intenso. Más de doscientas personas han intervenido en los coloquios que siguieron a cada una de las conferencias. En las distintas intervenciones se ha debatido desde lo que hoy podemos saber sobre la biografía de Jesús hasta lo que significa y representa la fe en la resurrección, pasando por temas de tanta actualidad como Jesús y Dios, Jesús y el dinero, Jesús y la política, Jesús y la Iglesia, Jesús y la religiones, Jesús y las mujeres.
Tres características cabe destacar de este Coloquio, que, desde mi modesto punto de vista, han tenido especial relevancia. Ante todo, el alto nivel de pensamiento en el que se han desarrollado, tanto las exposiciones de los ponentes, como las intervenciones de los participantes. No han sido estas ponencias meras charlas de divulgación. En las distintas intervenciones, se ha recogido el trabajo de largos años de estudio e investigación de los profesores que han intervenido. En segundo lugar, hay que reseñar el profundo respeto a la Iglesia, y a la tradición del Magisterio Eclesiástico, en el que se han desarrollado los temas tratados y los debates que se han mantenido después de cada una de las ponencias. Y, por último, ha sido admirable la libertad con que cada cual ha expuesto el resultado de sus indagaciones y estudios. En definitiva, calidad, respeto y libertad. Tres condiciones enteramente indispensables para pensar en estos tiempos nuestros de búsqueda y oscuridades en los que, con demasiada frecuencia, nos encontramos ante muchas preguntas a las que no acabamos de encontrar la respuesta que pueda indicarnos caminos de esperanza. La sabia y autorizada dirección del profesor Anselmo Borges, de la Universidad de Coimbra, ha hecho posible el éxito admirable de este excelente Coloquio.
Pero también en este caso - como ocurre tantas veces -, hay un aspecto (sólo uno) que resulta inevitablemente lamentable: para quienes vemos las cosas desde España, es penoso que, para hablar con libertad (y siempre con el respeto que merece la Iglesia) públicamente y en un espacio religioso sobre Jesús, tengamos que irnos fuera de nuestro país. ¿Por qué los espacios religiosos están controlados entre nosotros de manera que en ellos sólo pueden expresarse sin censuras quienes se limitan a repetir lo que piensan y dicen nuestros obispos? ¿No ha llegado la hora de que en España se pueda cuestionar abiertamente esta penosa situación? Sobre todo, cuando los temas que se tratan y las respuestas que se aportan, caben perfectamente dentro de la ortodoxia que otros episcopados católicos viven en Europa o en otros continentes.

miércoles 5 de octubre de 2011

Jesús y la Iglesia: la complejidad del problema


La dificultad, que he planteado al hablar de la relación entre Jesús y lo que tanta gente rechaza de la Iglesia, entraña una complejidad mayor de lo que algunos quizá imaginan. Porque, en este contraste que mucha gente percibe como una contradicción entre Jesús y la Iglesia, se percibe además una especie de misteriosa resistencia a la solución. Una resistencia que, por otra parte, no resulta fácil de explicar.
Esta dificultad o, si se prefiere, esta complejidad radica en el hecho de que, desde hace mucho tiempo (bastantes siglos), ha sido, y sigue siendo, notable la cantidad de personas creyentes y gente de Iglesia que se han dado cuenta perfectamente del problema que acabo de presentar. Además, han sido muchos los cristianos que han tomado conciencia de este problema con verdadera preocupación. Una preocupación que nacía (y nace) de la lógica inquietud de tantas buenas personas que, como creyentes honrados, quieren ser fieles a Jesús, pero al mismo tiempo quieren ser fieles también a la Iglesia. Ya que es a la Iglesia a quien le deben que el Evangelio de Jesús se haya conservado y se haya vivido durante tantos siglos hasta el día de hoy. Y sin embargo, no es exagerado asegurar que, desde muy pronto, se empezó a sentir, entre no pocos creyentes, conscientes de las exigencias de su fe, una misteriosa tensión entre su fidelidad al Evangelio de Jesús, por una parte, y su fidelidad a la Iglesia, por otra.
Esta experiencia de tensión entre Evangelio e Iglesia viene de lejos. Ya en el s. III, bastante antes de Constantino, en los orígenes mismos del monacato, en el norte de Egipto, es éste precisamente el fenómeno que se percibe. Fue en aquel tiempo cuando hombres como Antonio, el llamado "padre de los monjes", se sintieron impulsados a abandonar la vida fácil e instalada de los cristianos urbanos y huyeron al desierto. La Vita Antonii, escrita por san Atanasio, indica que fue justamente la lectura del Evangelio lo que motivo a Antonio (el hoy llamado "san Antón") a vender la buena herencia que había recibido de sus padres y, después de darlo todo a los pobres, tomó la decisión de retirarse al desierto (Vita Antonii, 2, 3. Ed. Sources Chrétiennes, nº 400, Paris 1994, p. 133). Como ya he dicho, esta tensión se mantuvo siglos después. Otro ejemplo elocuente, en este mismo sentido, es el extraordinario fenómeno social que tanto inquietó a buena parte de la Europa cristiana en los siglos XI al XIII. Me refiero a los movimientos espirituales anti-eclesiásticos de aquellos tiempos: cátaros, valdenses, pobres de Lyón y tantos otros grupos de los que Y. Congar ha dicho con razón que "no querían otra cosa sino ser cristianos según la literalidad del Evangelio" (L’Eglise de saint Augustin à l’époque moderne, Paris, Cerf, 1970, 209). Que es exactamente la misma tensión y la misma respuesta que encontró Francisco de Asís en el pontificado de Inocencio III. Como lo vio claro H. Grundmann, Francisco tuvo siempre "confianza creyente en la Iglesia y en sus sacramentos", como siempre tuvo una "inquebrantable veneración del ministerio sacerdotal" (Ketzergeschichte des Mittelalters, Göttingen 1963, p. 37). Pero esto no le impidió ver la necesidad de una "reconstrucción de la Iglesia derruida". Reconstrucción que sólo se podía hacer mediante la recuperación de la pobreza, la humildad y la sencillez de Jesús crucificado (cf. H. Küng, El Cristianismo. Esencia e Historia, Madrid, Trotta, 1997, p. 418-419). Y conste que ejemplos parecidos a éste se podrían poner tantos y tantos hasta nuestros días.
Pues bien, si es cierto que esta tensión entre la fidelidad a Jesús y la fidelidad a la Iglesia ha existido durante siglos, y sigue viva en este momento, es evidente que, en la raíz de esta tensión, se oculta un problema capital para el cristianismo. La complejidad del problema se advierte enseguida si tenemos en cuenta que, en el fondo, la persistencia resistente de este problema, vivido por tantas personas de buena voluntad durante tantos siglos, nos está diciendo que Jesús significa y nos evoca algo que la generosidad y la tenacidad de generaciones y generaciones de creyentes no han encontrado en la imagen que la Iglesia proyecta de sí misma. De tal manera que han sido muchas las personas que han buscado mantenerse fieles a Jesús, no por lo que ven en la Iglesia, sino a pesar de lo que ven en ella.
Es verdad que son muchos los cristianos que ven, en su fidelidad al papa y a la jerarquía, su propia fidelidad a Jesús y al Evangelio. Pero no es menos cierto que son también muchos - seguramente muchos más - los que ven, en las diatribas y conflictos de Jesús con los sumos sacerdotes del templo, las mismas diatribas y conflictos que hoy se viven y se propalan contra los dirigentes de nuestra Iglesia. Por no hablar de la inmensa cantidad de ciudadanos que ya no quieren saber nada de todo este embrollado asunto. Porque están demasiado desencantados y hartos del solemne y anacrónico tinglado eclesiástico, que no les dice nada evocador y humano, que no les resuelve nada para su vida, y en el que encuentran incontables contradicciones religiosas y humanas.
Así las cosas, nos preguntamos honestamente: ¿es que no entendemos a Jesús? ¿es que no entendemos a la Iglesia? ¿o es que en todo esto se oculta un problema que nunca acabamos de ver precisamente porque intentamos armonizar ambas fidelidades, la fidelidad a Jesús y la fidelidad a esta Iglesia, una Iglesia a la que respetamos y queremos, pero a la que nunca acabamos de entender?

lunes 3 de octubre de 2011

JESÚS Y LA IGLESIA

Es un hecho que mucha gente ve un contraste entre Jesús y la Iglesia. Un contraste que, a veces, llega a ser tan fuerte que, para no pocas personas, representa un escándalo. De forma que este escándalo puede constituir, en bastantes casos, y de facto constituye, la gran dificultad que algunos aducen para justificar su falta de fe, su alejamiento de Dios, su resistencia a cualquier forma de práctica religiosa, etc.
Este hecho nos viene a decir que lo que representa Jesús, por una parte, y lo que representa la Iglesia, por otra, son dos cosas incompatibles en la mentalidad, en la forma de pensar y en el modo de vivir de muchas personas, que, por otra parte, son gente normal. Por tanto, no parece exagerado decir que estamos ante este dilema: o bien lo que sucede es que Jesús y su Evangelio son una cosa tan extraña, tan inadecuada y tan inadaptada a la realidad, que todo eso hoy no es aplicable a la vida, ni eso es lo que nos lleva a Dios; o bien lo que en realidad sucede es que la Iglesia y su Religión son una contradicción y hasta habrá quien diga que son una traición a lo que quiso, dijo e hizo Jesús de Nazaret. En cualquier caso - sea lo uno o sea lo otro -, parece evidente que, al hablar del tema Jesús y la Iglesia, nos enfrentamos al asunto más espinoso que cualquier persona, interesada por lo que representa el Cristianismo, puede afrontar. En cierto modo, se puede afirmar que estamos ante el tema capital del momento, desde el punto de vista religioso y desde la problemática que debe resolver cualquier cristiano, si es que ese cristiano quiere seguir viviendo en paz y con la debida coherencia su fe en Jesús y su situación en la Iglesia.
Por otra parte, al hablar de este asunto, será conveniente (por honestidad intelectual) evitar la fácil y consabida escapatoria de quienes le buscan a este problema una solución de tipo "moralizante". En el sentido de echar mano de la intolerancia ideológica del "fundamentalismo clerical" o, por el contrario, recurrir al laxismo relativista del "laicismo anticlerical" que invade la cultura moderna. Tengo la impresión de que toda esta verborrea, tan manoseada en ciertos ambientes, no resuelve el problema que acabo de plantear. Por la sencilla razón de que no se trata de un problema moral, es decir, un problema de "buenos" y "malos", sino que estamos ante un hecho social porque se trata de la percepción que tienen amplios sectores de la sociedad, tanto los que se aferran a lo que ellos perciben como fidelidad a la Iglesia, como los que ven las cosas de manera que enseguida advierten que "lo de Jesús" y "lo de la Iglesia" son dos fenómenos que están más distantes y son más distintos de lo que seguramente podemos imaginar. Con lo que ni le doy la razón a nadie, ni se la quito a nadie. Me limito a presentar hechos que ahí están, a la vista de quien quiera verlos y analizarlos como crea conveniente. En cualquier caso, y sea lo que sea de todo esto, es un hecho - a la vista de todos - que son muchos los que aseguran: "yo creo en Jesús y me interesa su Evangelio; lo que dice o hace la Iglesia, ni me interesa ni me lo creo". Así están las cosas en demasiados casos, sea cual sea la opinión que cada cual tenga sobre esta cuestión.
 
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