lunes 12 de septiembre de 2011

REFORMA CONSTITUCIONAL Y REFORMA ÉTICA

En situaciones como la que estamos viviendo en España, lo más apremiante es tener muy claro que, por más urgente que haya sido la reforma constitucional que limita el endeudamiento del Estado, mucho más urgente es la reforma ética de todos los que somos responsables de que el Estado se haya endeudado hasta las cejas. Y se ha endeudado, ante todo, porque la codicia de quienes realmente manejan el gran capital es insaciable. Por eso no están dispuestos a ceder en que la riqueza, que produce este país, se reparta más equitativamente. Por eso no quieren ni oír hablar de que les suban los impuestos a los ricos. Como tampoco consienten que las condiciones laborales de los trabajadores sean más seguras y estén mejor retribuidas.

Todos los días oímos hablar de la codicia de los mercados y de la amenaza de los mercados. Pero, ¿quiénes son "los mercados"? Yo no he visto jamás "un mercado" de ésos de los que tanto se habla. Lo que sí vemos es a los mercaderes. Y por lo que se sabe de ellos, no parece que lo estén pasando mal. Ni que están en el paro. Ni parece que vivan con el agua al cuello.

Es verdad que, en este país, está más extendida de lo que seguramente imaginamos la mentalidad según la cual lo que importa es vivir lo mejor posible trabajando lo menos posible. Y además hay mucha gente que pone el grito en el cielo si no se puede seguir permitiendo el nivel de consumo al que nos hemos acostumbrado en España. Es decir, nos hemos acostumbrado a consumir más de lo que producimos. Lo que lleva consigo inevitablemente que, si en este país se gasta más de lo que se produce, el Estado no tiene más remedio que endeudarse, para seguir manteniendo las prestaciones sociales (sanidad, educación, pensiones...). Y, entonces, lo que suele suceder es que, si los ricos y los empresarios se plantan, de forma que no toleran ni subida de impuestos, ni condiciones laborales que hagan más soportable la vida de los trabajadores, lo que ocurre es que el Estado no tiene más remedio que pagar las deudas a base de recortar los gastos aunque sea en servicios sociales tan básicos como la sanidad o la educación. Con lo que no queda más salida que aumentar las clínicas privadas y los colegios de pago, recortar las pensiones....

Pues bien, estando así las cosas, por supuesto, que los gobernantes, los economistas y los políticos de oficio tienen que buscar la solución que sea más eficaz para los ciudadanos. Insisto, para los ciudadanos, no para mi partido político o para el de la oposición. Y, menos aún, para que quienes ya ganan más de lo que imaginamos, sigan aumentando sus cuentas en paraísos fiscales o negocios turbios de dinero negro. Todo eso no es sino corrupción pura y dura.

Todo esto es lo que me lleva a pensar que, por muy importante que sea la "reforma constitucional", más importante y más urgente es la "reforma ética". Porque una de las cosas que ha puesto en evidencia la crisis económica es el vacío legal que tenemos en un asunto de tanta importancia como es la economía financiera y concretamente la voracidad insaciable de los mercados. Ante ellos, no tenemos suficiente protección legal. Por eso se explica que, después de cuatro años de hundimiento de la economía mundial, los causantes de semejante desastre viven en sus lujosas mansiones, disfrutando de las ganancias que han obtenido a costa de todos nosotros. Y ya, puestos a hablar de corrupción, también son corruptos los funcionarios y los trabajadores que rinden la mitad de lo que tendrían que rendir porque "legalmente" consiguen bajas laborales que no son justificables o trabajan mal y de mala gana.

¿"Reforma ética"? No le faltaba razón a Max Weber cuando nos hizo caer en la cuenta de que los países del centro y del norte de Europa han tenido un crecimiento económico muy superior al de los países del sur. Y la historia se repite: ahora, la crisis se ceba en Grecia, Italia, España, Portugal y en la católica Irlanda. Hoy sigue siendo decisivo el principio que formuló el mismo Weber: "El más noble contenido de la propia conducta moral consiste precisamente en sentir como un deber el cumplimiento de la tarea profesional en el mundo". Los países del centro y del norte de Europa asimilaron mejor este criterio determinante de la conducta moral. En tanto que los países del sur han orientado más su religiosidad hacia la piedad individual, las devociones (a veces folclóricas) y un cierto sentimentalismo religioso. En todo caso, se puede asegurar que, mientras en los países más prósperos predomina la ética del buen profesional, en los países más castigados por la crisis está más presente la moral privada y los sentimientos asociados a ciertas prácticas de piedad. Por eso, no es exagerado decir que en los países más sólidos económicamente la ética religiosa está más asociada al despacho del buen profesional o al puesto de trabajo, mientras que en los países cuya economía es más frágil la ética religiosa está más vinculada al templo, a la piedad o a ciertas devociones. Pero nunca deberíamos olvidar que la obligación es más importante que la devoción. Es decir, donde no tenemos un buen ciudadano y un buen profesional, no es posible tener una persona religiosa de verdad. En esto consiste la reforma ética que necesitamos con más urgencia.

miércoles 7 de septiembre de 2011

Religiosidad para tiempos de crisis

En una situación de crisis económica, como la que estamos viviendo, mucha gente se siente amenazada, se ve en peligro y tiene la sensación de haber perdido la seguridad que antes tenía. Esta situación de miedo y de inseguridad tiene consecuencias, como es lógico, en casi todos los ámbitos de la vida. A muchas personas se les han alterado sus relaciones familiares, profesionales, laborales. Se les ha roto su estabilidad interior. Y todo esto lleva consigo mucho sufrimiento y, en bastantes casos, poca esperanza de salir adelante.
Pues bien, así las cosas, yo me pregunto qué papel está desempeñando la religiosidad de muchas personas en una situación como ésta. Me pregunto concretamente, ¿las creencias y las prácticas religiosas nos están ayudando a superar esta crisis? O por el contrario, ¿la religiosidad está complicando y hasta agravando la penosa situación que estamos soportando?
Sin duda, habrá quien se sorprenda de que yo haga estas preguntas. Es verdad que estamos sufriendo una crisis económica y una crisis religiosa. Como estamos soportando una crisis política, una crisis social, una crisis cultural y tantas otras crisis. Pero, en este enorme maremoto que, nos está zarandeando a casi todos, ¿qué tiene que ver la religión? ¿no estamos cansados de repetir que las creencias religiosas están en crisis y cada día pintan menos? Entonces, ¿a qué viene hablar del papel de la religiosidad en tiempos de crisis?
Hablo de este asunto y propongo estas preguntas, ante todo, porque es un hecho que, en momentos de crisis y dificultad, el recurso a Dios y a las creencias religiosas es una de las soluciones y salidas que más suele buscar la gente. Se ha dicho miles de veces que en las trincheras no hay ateos. Este solo hecho, ya explicaría el planteamiento que acabo de hacer y las preguntas que acabo de formular.
Pero aquí estoy apuntando a algo más concreto y más actual. No estoy seguro de que la crisis económica nos esté acercando a Dios o, por el contrario, nos esté alejando de él. En todo caso, de lo que sí estoy seguro es de que la crisis económica, y la consiguiente crisis política, que se ha desencadenado, lo que sin duda está causando es que nos estamos alejando cada vez más unos de otros, nos estamos enfrentando unos con otros, nos estamos dividiendo y cada día nos resulta más difícil entendernos. Lo que lleva consigo que la convivencia resulta cada vez más difícil y con frecuencia desembocamos en momentos de tensión y crispación que nos rompen por dentro y rompen los grupos humanos hasta hacer muy complicadas y hasta imposibles las relaciones humanas de unos con otros.
Ahora bien, en la medida en que todo esto es así, ¿no es cierto que necesitamos una religiosidad que, en lugar de dividirnos y enfrentarnos, nos tendría que servir para acercarnos, para comprendernos mejor, para unirnos y ayudarnos? Es un dolor lo que está ocurriendo. En los años de la transición política, los españoles supimos aparcar nuestras diferencias, tuvimos el acierto de unirnos y quedó patente que un país progresa en la medida en que los ciudadanos se funden en el mismo proyecto que los beneficia a todos. En aquel momento, la Conferencia Episcopal Española jugó un papel decisivo para unirnos a todos. Y el resultado fue el bien de todos. Ahora, sin embargo, yo no estoy seguro de que la religiosidad nos esté uniendo a los ciudadanos de este país. Pero, entonces, ¿qué demonio o qué ángel de religiosidad llevamos a cuestas que, en lugar de edificarnos, nos está dividiendo y nos está haciendo tan difícil la convivencia y la posible salida de la crisis? En definitiva, la pregunta que yo me planteo es ésta: ¿creemos en Jesucristo para unirnos o utilizamos a Jesucristo para enfrentarnos? No vendría mal, tal como están las cosas en este momento, que todos - yo el primero - afrontemos en serio esta pregunta.
 
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