lunes 5 de diciembre de 2011

El perdón de los pecados


Los tres evangelios sinópticos cuentan la curación de un paralítico al que Jesús, antes de curarlo, le dijo que sus pecados estaban perdonados (Mc 2, 1-13: Mt 9, 1-8; Lc 5, 17-26). Lo central de este relato no es la curación del enfermo, sino el perdón que Dios les concede al pecador. El relato de Mateo termina diciendo que la gente se quedó impresionada, al ver que Dios "ha dado a los hombres tal autoridad" (Mt 9, 8). Por tanto, somos los seres humanos los que tenemos el poder de personar los pecados. Por otra parte, cuando se escribieron los evangelios (en el s. I), en la Iglesia no había todavía "sacerdotes". Porque de ellos no se habla en el cristianismo hasta bien entrado el s. III. Por tanto, en la Iglesia naciente, se tenía el convencimiento de que la facultad de perdonar pecados la había concedido Dios a los humanos, fueran quienes fueran.
Hasta que vino Jesús a este mundo, el poder de perdonar pecados era privilegio de los sacerdotes. Pero Jesús extendió ese privilegio de los clérigos y lo amplió a todo ser humano.
Para entender este asunto, lo primero que hay que preguntarse es lo que, ya Tomás de Aquino (s. XIII) tuvo el coraje de preguntarse: "¿El hombre puede ofender a Dios?". Y responde: el hombre ofende a Dios "en tanto en cuanto se hace daño a sí mismo o se lo hace a los demás" ("Sum. contra gent.", III, 122). No olvidemos que, las dos veces que el N. T. recuerda los mandamientos del Decálogo (Mt 19, 18 s, par. y Rom 13, 9), suprime los tres primeros, los que se refieren al "honor de Dios" y propone sólo los siete siguiente, los que se refieren al "provecho del prójimo". Lo cual no quiere decir que a Jesús no le importase el honor de Dios. Lo que eso significa es que, a juicio de Jesús, los mortales ofendemos a Dios cuando nos ofendemos unos a otros, cuando nos hacemos daño unos a otros: "Lo que hicisteis con uno de éstos, a Mí me lo hicisteis" (Mt 25, 40). "Quien os rechaza a vosotros, me rechaza a Mí" (Lc 10, 16).
Por tanto, el perdón de los pecados tiene que ser perdón de los que se han ofendido entre sí: "Si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas" (Mt 6, 15; Mc 11, 25). No tiene sentido que uno ofenda a su mujer o a su vecino y luego vaya a pedirle perdón al cura. Seguramente, el cura le da la bendición y le dice que rece tres "padrenuestros", pero el otro sigue peleado con la mujer o tratando mal al vecino, al empleado o a quien sea. Los confesionarios sirven, con demasiada frecuencia, para tranquilizar conciencias, mantener familias divididas o enfrentadas, justificar abusos fiscales, adormecer odios o cosas peores.
En consecuencia, uno peca cuando ofende o daña a otro ser humano. Y es a ese ser humano, al ofendido o dañado, al que tiene que pedirle el perdón. Y cuando esas dos personas se reconcilian entre sí, es cuando se produce la reconciliación con Dios. Tal es el significado de Mt 18, 15-20. En cuanto al texto de Jn 20, 23, de ahí no se puede deducir un precepto del Señor para tener que declarar todos los pecados, aun los ocultos, para obtener el perdón. Los textos bíblicos no dan para eso, ni justifican semejante práctica. Que es, en realidad, la práctica más poderosa que tiene el clero y a la que no quiere renunciar. Porque, con ese poder, los sacerdotes dominan lo que nadie puede dominar: las conciencias en su intimidad más honda.
Por otra parte, la doctrina y los cánones de la Ses. VII del concilio de Trento, que contiene el "Decreto sobre los sacramentos", no es doctrina de fe. No puede serlo. Porque, en la Actas del Concilio se explica que, al iniciar la Sesión, la pregunta que se les hizo a los "Padre conciliares" fue que dijeran si, lo que en aquella Sesión se iba a condenar, eran "herejías" o "errores" (CT 5, 844, 31-32). Pero no se pusieron de acuerdo y por eso en el Proemio de esta Sesión se habla de "errores" y "haereses" (DH 1600). Es decir, no se pusieron de acuerdo sobre si el contenido de los cánones sobre si los sacramentos eran o no eran doctrina de fe.
Además, en el cap. 5º de la Ses. 14, al explicar la confesión de los pecados, el Concilio dice que "la Iglesia universal siempre entendió que la confesión íntegra de los pecados fue instituida por el Señor" (DH 1679). Eso es históricamente falso, como aseguran tanto los exegetas, como los historiadores mejor documentados. Por otra parte, en el cap. 6 de la misma Ses. 14, para justificar que el sacerdote tiene que conocer los pecados que perdona, se dice que la absolución es "a modo de un acto judicial" (DH 1685). En la primera redacción del texto, se había dicho que la absolución es un acto "verdaderamente judicial". Pero fue tal la oposición que esa frase encontró entre los mismos obispos del Concilio, que, en lugar de "verdaderamente judicial", se suavizó el texto diciendo que es "a modo de" (se sustituyó "vere" por "ad instar"). Porque realmente el sacramento no es un juicio, sino un acto de perdón y misericordia.
El perdón de los pecados no es el efecto que obtiene el que se somete a la vergüenza y la humillación de un juicio, sino la paz de la reconciliación entre las personas ofendidas, separadas, enemistadas, maltratadas. Lo importante no es la "sumisión" al clero, sino la "reconciliación" entre los humanos. Sólo así encontraremos la paz interior y el abrazo del Padre del Cielo.

5 comentarios:

Paquita Batallón dijo...

Qué hermosura de post, J.Mª. Gracias. Es algo que se sabe, pero hay que ver lo bien que sienta refrescarlo. Y es cierto que el amor de Dios entre hermanos tiene el poder de perdonar cualquier pecado, de liberarnos, con tal de que haya una reconciliación práctica entre ofendidos y ofensores y un propósito real de no hacerse daño.

Recuerdo a un amigo voluntario, y laico, de la pastoral penitenciaria que vivió esa experiencia con un recluso que murió de SIDA a su lado, en la enfermería de la cárcel de Carabanchel. Le escuchó y le absolvió de su pasado, le llevó la paz del Señor a su mente y a su alma. Murió sereno y dando gracias al cielo, por poder morir libre, sin rencor ni remordimientos, aún estando en prisión.

Fernando Gómez dijo...

Hola Jose Maria, la verdad que me gusta mucho lo que escribes, porque dices la verdad de lo que hablan los evangelios. Un abrazo fuerte.

Ana A dijo...

Muchas gracias por esta ilustración histórica sobre las sesiones del concilio de Trento que trataron el tema del perdón de los pecados.
Hay instituciones en la iglesia, me refiero al Opus Dei en concreto, que abusan del sacramento de la penitencia, haciendo confesar a los fieles autenticas tonterías, pero esto sirve para atemorizar y tener a las personas atormentadas con el sentimiento de culpa.
A pesar de haber cursado en el Opus Dei Sacramentaria e historia de la Iglesia jamás había oído hablar de cómo fueron las discusiones reales en ese concilio.
La confesión auricular y secreta era una práctica de los monjes irlandeses que al clero le ha venido bien imponer.Siempre me han enseñado que los siete sacramentos tal como los conocemos hoy tienen apoyo escriturístico, pero ya se ve que esto es llanamente mentira.

Pero da mucha serenidad saber que todo son abusos y que Jesús nunca instituyó el sacramento como nos lo han hecho conocer, sino que nos animó a perdonarnos entre nosotros. Mucho más práctico y de sentido común por otra parte.

GIORDANO BRUNO dijo...

Mi más emocionada y sentida enhorabuena José María Castillo.
Es así como se libera al hombre de
ataduras de conciencia que a muchos
nos tuvieron atados desde la infancia.Reconforta leer que cada
vez hay más seres humanos ASÍ LIBERADOS.No somos conscientes que
una de las peores dictaduras es aquella que se nos metió "a machamartillo",cuando no teníamos
armas mentales todavía, para defendernos; niños indefensos,ante
"los padres" espirituales.No puedo por menos de gritar: ¡¡¡QUE CANALLADA¡¡¡.¿Cómo librarse de aquello?.A mi, CUARENTA AÑOS, que se dice pronto.Pero ha valido la
pena, porque el sosiego sobrevenido
no tiene precio.Y cuando voy trabajando libros,(los acribillo)
tuyos J.Mª,de Tamayo,de Torres Queiruga,de Hans Küng,de Jon Sobrino,de Luis Alemán,de Boff,
de Gutierrez,....y como no, del incomparable Albert Shwaitzer
uno se siente EN BUENA COMPAÑÍA.
Gracias, amigo.Un cordial saludo.

Migueli dijo...

Al leer este post sobre el perdón de los pecados se me ha vuelto a plantear una incógnita que a veces he tenido que resolver a medias en el tema del perdón a quienes abusan de nosotros y es que a veces unos entienden por perdón otra cosa distinta de lo que entienden otros.
Por ejemplo, encuentras en tu vida una persona o un grupo de maltratadores. Te machacan en todo lo que pueden. Te acosan. Tú los perdonas, por supuesto, y procuras, sin rencor alguno, evitar su cercanía, pues cada vez que te acercas te ponen a caldo. Te alejas todo lo que puedes, entonces ellos te acosan, te mandan cartas diciéndote que eres incapaz de perdonarles porque no compartes sus ideas ni apruebas su modo de actuar ni les obedeces, porque has descubierto que son crueles y hacen daño a todo el que no quiere entrar en su juego.

He llegado a la conclusión de que en ciertos casos el perdón sólo puede liberar a quien perdona, pero al perdonado que no se entera de nada,ese perdón no le sirve. Porque lo que nos libera es el hecho de reconocer que necesitamos ser perdonados y por supuesto el hecho de perdonar. Si falta uno de los dos ingredientes, el perdón no fuenciona por igual.
Si no dejo de hacer daño, por muy buena voluntad que tengan hacia mí y mucho perdón que me den, yo lo interpretaré como una debilidad para seguir abusando del iluso perdonador. Por eso creo que el perdón no recibido requiere la distancia de quien perdona, no por orgullo, sino por salud mental y supervivencia.
Si hay otra fórmula mejor y más acertada me gustaría conocerla.
Gracias

 
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