sábado 27 de noviembre de 2010

Necesitamos a Dios


En algunos de los comentarios, que se han hecho en este blog, a lo que yo escribí, hace dos días, sobre "Hablemos de Dios", se viene a decir (poco más o menos y con la debida delicadeza) que yo, en definitiva, lo que hago es negar la existencia y la necesidad que tenemos de Dios. Porque, si nos quedamos sólo con nuestra "inmanencia" y afirmamos que no tenemos acceso a la "trascendencia", entonces, ¿con qué nos quedamos? O mejor dicho: ¿no equivale este discurso a una afirmación descarada de ateísmo tan disimulado como puro y duro?
A ver si nos aclaramos. Posiblemente yo no me he explicado con la debida claridad y precisión en un asunto tan serio y delicado como éste. Si así es, pido las debidas disculpas. En cualquier caso, lo que quiero dejar claro es que no es lo mismo el ámbito del "ser" que el ámbito del "conocer". El "ser" pertenece a la ontología. El "conocer" es propio de la epistemología. Yo no he pretendido, en modo alguno, poner en duda (y menos aún, negar) el "ser" de Dios y, por tanto, la existencia de Dios. Si desde el principio titulé el post "Hablemos de Dios", ¿voy a ser tan besugo como para estar invitando a los lectores a que hablamos de "nada", o sea de lo que "no es" y, por tanto, de lo que "no existe"?
Yo me refería - y me refiero - al ámbito del "conocer". En este caso, la pregunta no es si Dios existe. La pregunta es: "¿cómo podemos nosotros conocer a Dios?" El problema está en que Dios es Dios porque no pertenece, ni se puede situar, en el ámbito de la "inmanencia". Si Dios es Dios, por definición, se sitúa en el ámbito de la "trascendencia". Y la diferencia, entre esos dos ámbitos, no es cuestión de "cantidad" (Dios puede más que nosotros, sabe más que nosotros, dura más que nosotros...), sino de "cualidad": Dios no es un "otro", todo lo perfecto e infinito que queramos, pero, a fin de cuentas, "otro". Nada de eso. Dios es el "Absolutamente-Otro". Y eso ya excede de tal manera nuestra capacidad y nuestras posibilidades de "conocimiento", que lo que nosotros podemos conocer de Dios no es a "Dios-en-sí", sino que lo que conocemos son las "representaciones" (o "imágenes" mentales) que nosotros nos hacemos de Dios. Pero resulta que, como nosotros pertenecemos y estamos siempre en el ámbito de la "inmanencia", de forma que (en este mundo) no podemos jamás salir de nuestra "inmanencia", entonces por eso digo que a Dios sólo podemos conocerlo en nosotros y en los demás. Por eso, el gran teólogo que fue H. Bouillard (s. XX) dijo: "La revelación (de Dios) es la relación del ser y de la conciencia del mediador (el vidente, el profeta...), del ser y de la conciencia de la comunidad con Dios como su origen".
Y que nadie me venga diciendo que esto es quedarnos sin Dios. ¿Es que podemos estar seguros que tienen a Dios (y hablan en nombre de Dios) los que, invocando el poder y la autoridad de Dios, privan a algunas personas de sus derechos, les recortan su libertad o su dignidad, persiguen a unos, ofenden a otros, humillan a algunos y hasta matan a quien se les interpone en su camino? En nombre de Dios se han organizado guerras, se ha quemado viva a la gente, se ha ganado mucho dinero... Es verdad que también, en nombre de Dios, se ha llegado a heroísmos y generosidades inimaginables. Es verdad que esto, por suerte, creo que es lo más frecuente. Pero, por favor, no seamos ingenuos. Y pensemos que, en este asunto tan complicado, si alguien ha tenido razón es aquel humilde galileo, Jesús, que nos dejo dicho: "Lo que hicisteis con uno de estos, a Mí me lo hicisteis". Al "Absolutamente-Otro" lo encontramos en el "otro". Y conste que esto sólo lo entiende el que trata a cualquier indeseable con el mismo o con más respeto, delicadeza y cariño que trata, no digo al papa, sino al Santísimo Sacramento. Mientras no lleguemos a esto, es que no conocemos a Dios. Ni podemos hablar de Dios. Necesitamos tanto a los otros porque, en el fondo, a quien más necesitamos es a Dios, entendido como he intentado explicarlo quizá con demasiada torpeza. Yo entiendo que todo esto es complicado. Pero, por lo menos, no hablemos de Dios con la ligereza y la superficialidad con que algunos dan la impresión de que ellos sí lo saben. "No hay más que palabras humanas para que el cielo hable" (F. Rosenszweig).

miércoles 24 de noviembre de 2010

Hablemos de Dios

El reciente libro "Luz del mundo", en el que el periodista Peter Seewald publica una larga entrevista con Benedicto XVI, está dando que hablar: la píldora, el celibato de los curas, la ordenación de las mujeres, la España de la II República y la España de Franco, los homosexuales, los pederastas, Marcial Maciel..., todo eso es lo que a mucha le interesa y le preocupa. Por supuesto, respeto esas preocupaciones. Porque son temas muy serios. Pero a mí me parece que hay algo mucho más serio y más urgente sobre lo que tenemos que hablar. Me refiero al tema de Dios.
Si lo que dice el papa sobre la píldora, el celibato o la homosexualidad son temas que interesan, es porque el papa habla con la autoridad de Dios. Es decir, lo que dice el papa es tan importante porque los creyentes estamos persuadidos de que lo que afirma el papa es lo que quiere Dios. ¿Qué le importa a un ateo lo que piensa el papa sobre la sexualidad o sobre el cura Maciel? Por eso, en este momento, el problema más serio que se nos plantea no es el problema del papa, sino el problema de Dios.
Lo más grave, que está ocurriendo en la Iglesia, es la sensación de que un Dios, que parecía formar parte de las evidencias naturales con las que se contaba, ha pasado a tal grado de no-evidencia que, no sólo el mundo se puede explicar sin echar mano de Dios, sino que ese Dios se considera imposible. ¿Que ha ocurrido?
¿Cómo se nos ha enseñado a pensar y hablar de Dios? De una forma o de otra, siempre se nos ha dicho que Dios es "otro ser", es "otra persona", en "un tú". Sobre ese "otro ser", sobre "ese tú", hemos proyectado todo lo que nosotros apetecemos y deseamos: poder, sabiduría, majestad, gloria, grandeza, dignidad, bondad, duración... Y así, nos ha salido un Dios infinito, todopoderoso, eterno, glorioso, bondadoso son límites... Lo que ha terminado por ser un "Dios-imposible", en el que no es posible creer. Porque resulta contradictorio: si lo puede todo y es tan bueno, ¿cómo se explica que haya creado este mundo en el que se sufre tanto y sucede tanto mal y tanta desgracia?
Si pensamos a Dios como acabo de explicar, lo que en realidad hacemos es "representarnos una realidad imaginaria", que brota de nosotros mismos, que construimos a partir de nuestras carencias y de nuestros anhelos. O sea, ese Dios es una "realidad inmanente". Lo cual quiere decir que así nos hemos hecho un Dios a la medida. Y no sólo nos ha salido mal, sino que, sobre todo, al hacer eso, hemos liquidado la "trascendencia" de Dios. Es decir, los teólogos hemos liquidado lo que diferencia y especifica a Dios, que es el Trascendente.
A Dios sólo podemos encontrarlo "en nuestra propia inmanencia". Es decir, a Dios solamente podemos encontrarlo en nosotros mismos. En lo más noble que hay en nosotros mismos. Y lo más noble que hay en nosotros es nuestra propia humanidad. Precisando más: a Dios sólo lo podemos encontrar "en la humanidad que supera nuestra inhumanidad". A Dios lo encontramos humanizándonos, o sea haciéndonos cada día más humanos: potenciando nuestra bondad y la de los demás, nuestra dignidad y la de los demás, nuestra felicidad y la de los demás. Así, en el silencio de Dios y en el vacío de Dios, es donde encontramos a Dios. Como escribió Simone Weil, "Dios brilla, en el sentido más positivo del término, por su ausencia". O como ha dicho el profesor Juan Martín Velasco, "la revelación definitiva de Dios en Jesucristo culmina en la muerte de su Hijo en la cruz; es decir, en la aparentemente más total de sus ausencias".

jueves 18 de noviembre de 2010

¿En qué creemos de verdad?


Es correcto decir - me parece a mí - que cada cual cree en aquello que de verdad le interesa y le preocupa. Este criterio, tan sencillo, tan elemental, resulta esclarecedor cuando se trata de ver dónde pone cada uno sus creencias. Y quiero dejar claro que, cuando hablo de "creencias", me refiero a las "convicciones" que guían la vida de una persona y que por eso son las convicciones que movilizan sus reacciones, sus hábitos de vida, sus costumbres y, en general, su conducta.
Pues bien, digo esto porque me ha impresionado la avalancha de comentarios (ya llegan casi a 80) que ha suscitado el último post que puse el 13 de este mes, sobre "la sacralización del otro". Nunca me imaginé que la cosa pudiera llegar a tanto. Aunque, siendo enteramente sincero y sin reservas, he de decir que, desde que puse en marcha este blog (hace más de un año), me viene llamando la atención un hecho que no me esperaba. Se trata de que, cuando escribo algo sobre el Evangelio, sobre Jesús o sobre la fe y la espiritualidad, el tema pasa sin pena ni gloria. Por el contrario, si lo que escribo es un tema que, por lo que sea, se presta a la polémica, sobre todo cuando salen a relucir personalidades o instituciones concretas, entonces el interés por el asunto se multiplica, se enardecen los ánimos y se organiza la gran controversia. Este es el hecho que ya está más que comprobado a lo largo de un año.
Por supuesto, yo entiendo que, cuando se trata de hechos concretas o de personas determinadas, a todos nos resulta más fácil opinar, que cuando lo que se plantea son cuestiones más especulativas y de las que, por eso mismo, no es tan sencillo emitir un punto de vista o un criterio. De todas formas y en cualquier caso, no hay quien me quite de la cabeza la sorpresa que me he llevado al comprobar que, efectivamente, todos (yo el primero) estamos más familiarizados con el ataque a alguien o con la defensa de alguien que con la reflexión a fondo, serena y pausadamente, ante la ejemplaridad de Jesús, sus palabras, su bondad sin límites, su profunda espiritualidad. Esto es lo que explica mi pregunta de entrada: ¿en qué creemos de verdad? En otras palabras: ¿dónde tenemos puesta nuestra fe? ¿en nuestro sedicente progresismo? ¿en nuestro posible conservadurismo?
Confieso que siento mucha pena cuando me doy cuenta de que hay momentos en que estos blogs de temas religiosos se parecen más a un violento avispero que, a un cordial y fraterno encuentro de personas que, con la mejor voluntad del mundo, buscan a Dios y quieren el bien de los demás. Reitero, una vez más, que siempre quiero y busco que, en este blog, haya siempre entera libertad para que cualquiera hable "sin censura". Me indigna que algunos comentarios se borren, no sé por qué. Agradezco a los que me corrigen, a los que disienten, a los que me ayudan a mejorar en lo que pienso y en lo que digo. Todos tenemos mucho que aprender de los demás. Se pueden expresar puntos de vista contrarios sin necesidad de agredir o dejar en mal lugar al otro. Es evidente que si este lugar de encuentro nos sirve para eso, haremos que la vida nos resulte más soportable. Y todos respetaremos nuestra propia dignidad, dando así algún sentido a nuestras vidas. En cualquier caso, si este blog no sirve para unirnos y humanizarnos, se suprime y en paz.
Gracias a todos los que entráis aquí. Todos nos ayudamos a todos. Porque todos nos necesitamos.

sábado 13 de noviembre de 2010

La sacralización del otro


He hablado en este blog del respeto al otro, de la tolerancia con los demás, del amor a los otros. Hoy daré un paso más. Quienes tenemos creencias religiosas, basadas en el Evangelio, en Jesús, en la tradición cristiana, si es que pretendemos ser coherentes con tales creencias, tendríamos que tomar en serio que no basta con el "respeto" al otro. Hay que llegar hasta la "sacralización" del otro. En la teología cristiana tenemos, entre otros, un vacío importante. El vacío de una buena teología y de una buena experiencia de "lo sagrado", vivido cristianamente. Para el cristianismo, como para las demás religiones, "lo sagrado" es el templo, es el altar, el cáliz y la patena, las imágenes de los santos, los días sagrados de la semana santa o de otras fiestas religiosas, las personas consagradas, como es el caso de los sacerdotes, los obispos, el papa, las monjas y los frailes. Es decir, los cristianos, como los demás hombres religiosos del mundo, hemos sacralizado cosas, objetos, cargos, en los que pensamos que encontramos a Dios y nos relacionamos con Dios. En esto, el cristianismo no ha hecho sino imitar o copiar lo que venían haciendo todas las religiones desde tiempos antiquísimos.
Pero ha llegado la hora de que los cristianos afrontemos de verdad una cuestión capital: el vacío de los templos, el poco aprecio y la baja estima de los objetos religiosos, de los días religiosos, de las cosas de la religión, es la ocasión privilegiada que los "signos de los tiempos" nos sirven en bandeja, para que caigamos en la cuenta de que se está produciendo un "desplazamiento" de lo sagrado, una auténtica "metamorfosis" de lo sagrado, que no es un atentado contra la religión y contra Dios. No, no es eso. Se trata, por el contrario, de una "recuperación" de lo sagrado en el sentido auténtico que le dio Jesús y que se encuentra en el cristianismo naciente: en los evangelios, en las cartas de Pablo, en la Iglesia primitiva.
Sabemos que Jesús dijo del templo que había sido convertido en una cueva de bandidos. Los sumos sacerdotes no aparecen nunca en los evangelios como oficiantes de lo sagrado, sino como agentes de sufrimiento y muerte. El Sanedrín vio en Jesús la más seria amenaza precisamente para el templo (Jn 11, 48). Y por eso dictó pena de muerte contra él (Jn 11, 53). En el juicio religioso, teniendo tantas cosas como los dirigentes religiosos tenían contra Jesús, la acusación suprema que hicieron para condenarle fue su ataque al templo (Mc 14, 58 par). Y lo mismo hay que decir de las burlas ante la cruz (Mt 27, 39-44 par). Por lo demás, sabemos que Jesús le dijo a una mujer samaritana que había llegado la hora en que se acabó la adoración a Dios en este templo o en aquél. Lo que Dios quiere es la adoración "en espíritu y en verdad" (Jn 4, 21-24). Y después de la resurrección, el primer mártir, Esteban, les dijo a los dirigentes judíos que "el Altísimo no habita en edificios construidos por manos humanas" (Hech 7, 48).
Entonces, ¿dónde está Dios? San Pablo les dijo a los cristianos de Corinto: "vosotros sois el templo de Dios" (1 Cor 3, 16-17). Más aún, el cuerpo de cada ser humano es templo del Espíritu Santo (1 Cor 6, 19). Y el mismo Jesús había dicho: "donde dos o tres se reúnen... allí estoy yo" (Mt 18, 20). Y todavía más claro: Jesús insistió en que quien "recibe" (Mt 10, 40), "acoge" (Mc 9, 37) o "escucha" (Lc 10, 16; cf. Jn 13, 20) a alguien, por pequeño que sea, es a Dios mismo a quien recibe, acoge o escucha. Nada tiene de extraño que, en el juicio final, el Señor dicte sentencia afirmando: "lo que hicisteis con uno de estos, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 40).
La cosa está clara. Jesús sacó a Dios de los sitios sagrados, lo separó de los objetos sagrados, de los tiempos sagrados, etc. Y puso a Dios en cada ser humano. De manera que lo que le hacemos a cada ser humano, es a Dios a quien se lo hacemos. Y Jesús no puso límites, ni condiciones, ni hizo separaciones. También en las cárceles está Dios: "estuve preso y fuisteis a visitarme". Lo que pasa es que nosotros hemos vuelto a meter a Dios en el templo, le hemos construido catedrales, iglesias, capillas de todas clases... Y nos pensamos ingenuamente que Dios está en los altares, honrado y respetado, como se merece. Cuando la pura verdad es que a Dios le faltamos al respeto siempre que no respetamos a alguien. Y mucho más cuando ofendemos, nos aprovechamos, robamos, matamos o simplemente le amargamos la vida a quien sea. A Dios lo humillamos y lo torturamos todos los días, a todas horas y en todas partes.
Y que nadie me venga diciendo que esto es sacar las cosas de quicio. A no ser que, efectivamente, nos hayamos echado el alma a las espaldas y estemos realmente persuadidos de que donde mejor está Dios es metido en su templo de siempre. Porque en la calle, en la casa, en el trabajo y en el paro, en el bar y donde sea, se está mejor sin dios. Cuando la pura verdad es que donde no nos gusta que esté (en cada persona), allí es donde de veras está el Señor.

martes 9 de noviembre de 2010

Jesús y la gallina


Los evangelios de Mateo y Lucas, cuando relatan cómo Jesús se acercaba a Jerusalén donde él sabía que le esperaba un trágico final, ponen en boca del propio Jesús unas palabras de profecía y lamento que resultan conmovedoras: "¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que se te envían! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos como la gallina a sus pollitos bajo las alas, pero no habéis querido! Pues mirad, vuestra casa se quedará vacía" (Lc 13, 34-35; Mt 23, 37-39).
Lo que más me impresiona en este texto es la imagen de la gallina ("ornis"), que indica la actividad del ave madre, que acoge, defiende y protege a sus hijos, cuando las grandes aves rapaces amenazan a los pequeñitos. Y sabemos que la madre calienta a sus débiles e indefensos hijos incluso exponiéndose ella al peligro inminente de ser víctima de la rapiña del poderoso. En la Biblia se utiliza esta imagen metafórica para representar la bondad, la generosidad y el cariño de Dios, que con solicitud protectora defiende siempre y se expone a lo que sea preciso, con tal de no dejar desamparados a los que no pueden defenderse (Dt 32, 11; Is 31, 5; Sal 36, 8). Los evangelios de Lucas y Mateo tomaron esta imagen conmovedora de la fuente Q (Schulz, 346-356). Tenemos aquí, pues, una de las representaciones del amor de Dios, en Jesús, que resultan más impresionantes: Dios se revela en Jesús como una gallina, con todo lo que eso supone de relación entrañable, protectora, amorosa, que da seguridad y que siempre está de parte de los más débiles e indefensos.
Nuestra cultura ha desarrollado más los valores del poder y el esplendor que las cualidades que caracterizan a una gallina-madre: la bondad que defiende al débil desde la propia debilidad. Entre nosotros, decirle a uno ¡gallina! es un insulto. Porque el poder y el esplendor no soportan la sencillez y hasta la debilidad del cariño. Jesús, sin embargo, no encontró otra imagen más apropiada para explicarnos cómo es Dios.
Además, el dolor de Jesús se comprende mejor si tenemos en cuenta que, según el relato de Lucas, Jesús dijo esto cuando le acababan de comunicar que Herodes lo andaba buscando para matarlo. Y, por otra parte, él sabía - ya lo había anunciado - que en Jerusalén le esperaba sufrimiento, humillación, fracaso y muerte. En semejante situación, echar mano de la metáfora de la gallina protectora es tan conmovedor que tira por tierra todas las representaciones del Pantocrátor que nos han hechos los teólogos.
Confieso que he pensado en esto estos días porque me da pena y siento una preocupación muy honda cuando veo a nuestra Iglesia española tan crispada, tan dividida, tan enfrentada. Y ¡por favor!, no le echemos la culpa a "los otros". Siempre encontramos motivos - yo el primero - para buscar culpas y culpables. Pero es evidente que, por este camino, de confrontaciones, egresiones mutuas y hasta insultos frecuentes, vamos derechamente al final que anuncia Jesús: "Pues, mirad, vuestra casa se os quedará vacía" (Lc 13, 35). Lo estamos viendo: iglesias vacías, conventos vacíos, seminarios vacíos... ¿No nos sobra poder, altanería y deseos de esplendor? ¿No entendemos que lo que nos falta es la entrañable sencillez y debilidad de la gallina madre?

jueves 4 de noviembre de 2010

El respeto al otro


El post que puse en este blog el pasado domingo, día 31 de octubre, "Esperando al papa", ha suscitado en muchos de nuestros visitantes bastante interés. Prueba de ello es que, en el momento en que escribo esto, ya tenemos en el blog 55 comentarios. Y, entre tantos comentarios, como era de esperar, hay quienes se adhieren a lo que digo sobre la próxima visita del papa a España. Y hay quienes expresan desacuerdo o incluso protesta contra lo que yo expreso a propósito del viaje del papa a Santiago y Barcelona.
Así las cosas, ante todo quiero informar a los visitantes del blog que yo no he suprimido ningún comentario. Es cierto que, desde hace algún tiempo, vengo notando que algunos comentarios desaparecen, incluso alguno que yo mismo he puesto. No sé por qué ocurre esto. No soy un experto en técnicas de informática. Intentaré informarme de lo que pueda estar sucediendo en este asunto. Y haré lo que esté a mi alcance para que estas cosas no se repitan.
Dicho esto, vuelvo a los comentarios que se han escrito sobre la próxima visita del papa. Lo primero y lo que más me interesa, en este momento, es agradecer sinceramente, a todos los que han escrito sus comentarios, lo que cada cual ha dicho, lo mismo los que han escrito a favor que los que han expresado ideas críticas o contrarias a mis puntos de vista. Y quiero dejar claro que no digo esto por quedar bien ante los lectores, sino porque estoy profundamente convencido de que lo mejor que podemos hacer en esta vida es respetar a los demás y las ideas de los demás. También cuando esas ideas son opuestas a mis ideas y a mis convicciones. Todos tenemos que aprender de todos. Y todos nos necesitamos mutuamente.
Comprendo que esta postura puede producir la impresión de que no tengo convicciones firmes ni ideas claras. No. Yo tengo mis ideas y mis convicciones. Lo que ocurre es que no quiero ser dogmático. Y rechazo el dogmatismo como estructura mental. Sobre todo cuando me doy cuenta de que el dogmatismo lleva inevitablemente al desprecio del otro. Y, lo que es peor, a la pretensión de cambiar al otro, para que el otro vea la vida como yo la veo. Ya lo he dicho: la esencial del fanatismo reside en el hecho de querer obligar a los demás a cambiar. Y os confieso a todos que me da mucho miedo ser fanático y dar la impresión de que lo soy. El fanatismo ha sido (y sigue siendo) origen de incontables sufrimientos, desprecios, humillaciones. Y lo peor del caso es que el fanático lleva adelante su fanatismo con el convencimiento de que es eso lo que tiene que hacer. Yo sólo quiero aferrarme al Evangelio. Porque el Evangelio me ayuda ser más humano, más tolerante, más comprensivo. Eso es lo que más necesitamos en la Iglesia y en España.
El problema, que con frecuencia se me presenta, es tener muy clara la postura que debo adoptar y, al ismo tiempo, respetar las ideas y posturas que defienden los que no ven las cosas como yo las veo. He dado muchas vueltas en mi cabeza a este asunto. Y he llegado a la conclusión de que, tal como están las cosas, es más importante la tolerancia que la intransigencia. Por supuesto, yo veo que hay cosas ante las que todos tenemos que ser intolerantes. Por ejemplo, ante el sufrimiento, la violencia y la humillación de las personas, sobre todo cuando se trata de los más débiles y excluidos de este mundo. Por eso, tampoco podemos ser tolerantes ante quienes humillan o causan sufrimiento a otros. Pero, salvado este extremo capital, lo que veo más claro es que ya nos hemos hecho demasiado daño por anteponer las propias ideas al respeto que merecen los puntos de vista o las ideas de los demás. Nunca insistiremos bastante en el valor de la tolerancia. Este blog lleva por título "Teología sin censura". Y quiero que sea de verdad eso: un espacio de encuentro, de diálogo, de tolerancia, de respeto, de búsqueda. Si todos nos ayudamos a caminar en esta dirección, por más que sea desde distintos puntos de vista o distintas opciones en la vida, estoy seguro de que este blog nos ayudará a todos a madurar en humanidad. Y eso - básicamente eso - es el fundamento de una fe sólida y de un sólido amor a la Iglesia. Lo que, en definitiva, será siempre la expresión más clara y patente de que hemos tomado en serio el Santo Evangelio, del que decimos que es la "Palabra del Señor".
 
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