domingo 31 de octubre de 2010

Esperando al papa


Falta menos de una semana para que el papa Benedicto XVI vuelva a España. Y ya se está caldeando el ambiente. Desde los que hablan con entusiasmo sobre el magno acontecimiento que se nos avecina, hasta los que se quejan o incluso protestan de la suntuosidad y el despilfarro que la visita papal va a suponer, precisamente ahora en tiempos de crisis económica. Aunque no faltan los que aseguran que la visita del Pontífice a Barcelona le va a proporcionar a la ciudad condal unos ingresos que van a superar los treinta millones de euros. En todo caso, y como parece lógico, las protestas más airadas provienen de grupos o instituciones que, como es el caso de "Europa laica", propugnan un laicismo sin recortes. Todo esto, naturalmente, da mucho que hablar y genera no pocos acaloramientos. Por eso me ha parecido que puede resultar pertinente hacer algunas observaciones que quizá ayuden a encontrar algo de luz y poner cierto orden en esta enmarañada situación.
Ante lo que va a suceder el próximo fin de semana, en Santiago de Compostela y Barcelona, lo primero que convendría tener en cuenta es que la visita del papa se va a llevar a cabo tal como está programada. Adoptar una postura de sano realismo ante este hecho, que va a suceder como está pensado, me parece una postura sensata. Lo cual no quiere decir que nos identifiquemos con lo que se va a hacer y tal como se piensa realizar. Se trata simplemente de tener los pies en el suelo. Y tener también muy claro que es bueno respetar a quienes ven en la visita del papa un acontecimiento que les reconforta en sus convicciones religiosas. Como también considero razonable que, si es que queremos sinceramente una Iglesia más coherente y evangélica, el camino para conseguir eso no es organizar protestas de última hora, que no llevan a ninguna parte.
Esto supuesto, me parece que también sería conveniente aprovechar esta visita del papa para iniciar y promover un gran movimiento de reflexión, entre los católicos, para analizar y encontrar caminos de solución a esta pregunta: ¿Qué ha ocurrido en el cristianismo y su teología para que hayamos llegado a vivir en un modelo de Iglesia en el que es posible y se ve como una cosa lógica un acontecimiento como el que se va a vivir en España el próximo fin de semana? Esta pregunta tiene su razón de ser en una contradicción que habría que estar ciegos para no verla. Se trata de la contradicción entre lo que representa y simboliza la institución del papado actual y lo que tendría que simbolizar y representar quien pretende presentarse como "testigo del Evangelio de Jesucristo" en este mundo, en nuestra sociedad y en la España actual.
Yo veo las cosas de esta manera porque me parece que el problema más serio, que tendríamos que afrontar los católicos, no es el problema del dinero que cuesta la visita del papa. Ni el problema del Estado laico y sus consecuencias. Todo eso, por muy importante que sea, no es le problema de fondo que habría que resolver. Me refiero a la coherencia entre el papado actual y el Evangelio de Jesús. ¿Pensamos que lo uno es coherente con lo otro? ¿Estamos de acuerdo, no digo ya con este papa, sino con este modelo de papado? Y, lo mismo si estamos que si no estamos, ¿por qué hemos adoptado la postura que cada cual ha asumido? ¿Es que pensamos que ésta es una cuestión que no merece nuestra atención? ¿Pensamos, quizá, que este asunto no vale la pena, ni tiene entidad para que en ello nos calentemos la cabeza?
Sinceramente pienso que, mientras no tengamos la claridad mental y la limpieza de corazón para responder a estas preguntas, todo lo demás serán parches y cataplasmas, a las que les concederemos toda la importancia y la urgencia que queramos. Pero, a fin de cuentas, eso: parches cataplasmas. Y digo yo: ¿no es disparate querer curar a un enfermo comatoso con parches y cataplasmas? No sé lo que realmente pasa en otros continentes. Pero, al menos en Europa, esta Iglesia que preside el papa presenta síntomas de preocupante gravedad para su futuro. ¿A dónde vamos por este camino de alarmante pérdida de vitalidad y credibilidad? ¿Qué está ocurriendo realmente en la Iglesia? Ésta es - creo yo - la cuestión que a todos nos urge afrontar.

miércoles 27 de octubre de 2010

Evangelio y Religión


El pasado día 17 de septiembre, el teólogo José Comblin pronunció en la UCA de San Salvador una conferencia que, desde hace algunas semanas, está circulando profusamente por la red. A mí me llegan todos los días varios correos con el texto de esta conferencia. El tema que propuso Comblin es estimulante y da que pensar, como ya lo indica el título del tema que trató: "¿Qué nos está pasando en la Iglesia?" El texto completo de la conferencia se puede encontrar en www.atrio.or
Pues bien, del contenido del texto de Comblin, me parece que es de singular importancia la distinción que hace entre "evangelio" y "religión". Confieso que me da pena el solo hecho de pensar en la cantidad de cristianos, bautizados, practicantes, personas de buena voluntad y de las mejores intenciones, que ni siquiera se han detenido a pensar, alguna vez por lo menos, en la diferencia radical que existe entre el evangelio y la religión. Comblin lo dice de la forma más sencilla posible: "El evangelio viene de Jesucristo. La religión no viene de Jesucristo". Y esto, ¿qué tiene que ver con lo que nos está pasando en la Iglesia? Muy sencillo: en la vida y el funcionamiento de la Iglesia, ocupa más espacio y tiene más importancia la religión que el evangelio. Así de claro.
Me explico. El evangelio expresa la voluntad de Dios que busca al hombre. La religión expresa la voluntad del hombre que busca a Dios. Por tanto, de entrada, evangelio y religión son dos movimientos radicalmente contrapuestos. Esto es lo primero que, antes que ninguna otra idea o proyecto, habría que tener en cuenta. Como habría que pensar muy en serio lo que esto representa. Por eso, entre otras razones, la religión es un "hecho cultural", mientras que el evangelio es un "hecho contra-cultural". El hecho religioso, por más que tenga como punto de arranque alguna teofanía, es siempre un hecho que nace dentro de una cultura y siempre está marcado por esa cultura. Las religiones orientales tienen sus peculiaridades muy condicionadas por las culturas orientales. Como ocurre con las religiones africanas, etc. Por el contrario, el evangelio es siempre un movimiento que interpela a los oyentes de la Palabra (que es Jesús) a enfrentarse con no pocos elementos propios de la cultura, como son, por ejemplo, el ejercicio del poder, las leyes sobre la propiedad de los bienes, los privilegios de los notables, el uso del dinero, la relaciones de parentesco, etc.
Lo que acabo de indicar explica cómo y por qué, en el cristianismo, ocurre que la presencia de la religión (elaborada en la cultura de Occidente) tiene más presencia y es más determinante que el evangelio, que tendría que ser la fuerza de contestación y transformación de nuestra cultura de Occidente, que es, hasta hoy, la cultura dominante en un mundo sobrecargado de desigualdades, injusticias y violencias.
El hecho es que, como dice Comblin, las cosas han llegado a ponerse de manera que Jesús es más "objeto de culto" que "modelo de seguimiento". Pero de sobra sabemos que el culto no cambia la vida de la gente, sino que más bien la tranquiliza. Sólo el seguimiento - que es lo que Jesús les pidió a los discípulos - sería capaz de movilizar a la gente para reorganizar una Iglesia más de acuerdo con el evangelio, aunque eso tuviera el enorme coste del enfrentamiento con tantos elementos anticristianos que han marcado la cultura en que vivimos.
Para terminar, una observación. El seguimiento de Jesús no es posible si no se vive una espiritualidad muy honda, una fe fuerte en el Padre del Cielo, como lo vivió el propio Jesús. En definitiva, se trata de comprender y asumir que seguramente nos sobran ritos y ceremonias; y nos falta la necesaria mística para seguir a Jesús.

sábado 23 de octubre de 2010

Estado laico y Cristianismo laico


La manifestación del sábado 23 de octubre, por las calles de Madrid, en la que numerosos colectivos de ciudadanos y de creyentes han expresado su protesta por la mal disimulada "confesionalidad" de un Estado (el español) que constitucionalmente es "no-confesional" (Const. Española, art. 16, 3), plantea, entre otras, una cuestión que los cristianos tendríamos que afrontar con lucidez, valentía y libertad. Esta cuestión se refiere, no a la confesionalidad religiosa del Estado, sino a la confesionalidad religiosa del Cristianismo. Digo esto porque parece razonable sospechar que bastantes ciudadanos (sean o no sean cristianos) ven un serio problema en la confesionalidad religiosa del Estado. Lo cual es, efectivamente, un problema importante, que necesita ser debidamente matizado por los expertos en Derecho Constitucional. Y por eso entiendo que es enteramente razonable y necesario que muchos ciudadanos, sean o no sean creyentes, protesten por el hecho de que sus dineros se dediquen a costear una confesión religiosa (la Iglesia) o a pagar los viajes del papa.
Pero creo que es de suma importancia caer en la cuenta de que, para los cristianos, el problema de fondo no es el problema de la confesionalidad religiosa del Estado, sino el de la confesionalidad religiosa del Cristianismo. Digo esto porque, a mi manera de ver (no hablo ahora de los ciudadanos no-creyentes), la cuestión más seria que se le plantea a la Iglesia y se nos plantea a los cristianos, no es que el Estado español aclare, según el Derecho Constitucional, el significado y los límites de sus relaciones con la Iglesia (y con las demás confesiones religiosas), sino que la Iglesia y los cristianos nos aclaremos sobre nuestras relaciones con el Evangelio de Jesús.
La pregunta que, con lucidez, valentía y libertad, tenemos que afrontar los cristianos es la siguiente: si leemos atentamente los evangelios, ¿podemos asegurar que Jesús fundó y quiso una "confesión religiosa", es decir, una "religión", como otra más entre tantas otras religiones que hay en el mundo? A los cristianos - y más a los católicos - nos han educado en el convencimiento de que el Cristianismo es una religión. Es más, siempre se nos ha dicho que el Cristianismo es la única religión verdadera. Lo que supone obviamente que todas las demás son falsas. Pero, con el Evangelio en las manos, ¿podemos afirmar que eso es así con toda seguridad?
Por supuesto, Jesús fue un hombre profundamente religioso. Su intensa y frecuente relación con el Padre del cielo, su prolongada oración al Padre del cielo, su predicación sobre el Reino de Dios, la fe en Dios, la bondad de Dios, todo eso pone en evidencia la intensa religiosidad de Jesús. Es, pues, correcto decir que Jesús fue un profeta de Dios, un carismático religioso, un místico que vivió una profunda experiencia de Dios. Pero también todo eso pone de manifiesto que la religiosidad de Jesús no se acomodó, ni se ajustó, ni estuvo de acuerdo con la religión establecida, ni siquiera con el hecho religioso tal como suele ser vivido y practicado en casi todas las confesiones religiosas que conocemos. ¿Por qué?
Según el gran relato del Evangelio, Jesús fue un hombre conflictivo. De forma que el relato global del Evangelio es el relato de un conflicto. Un conflicto tan grave, que acabó en violencia y muerte: la muerte violenta de Jesús. Ahora bien, lo decisivo, en este relato, está en que el conflicto, que se nos relata, fue el enfrentamiento de Jesús con la religión. La religiosidad de Jesús fue una religiosidad "marginal", es decir, él vivió su relación con el Padre al margen de la religión oficial. Nunca, en los evangelios, se nos dice que Jesús fuera a orar al templo, ni que participara en los sacrificios rituales que imponía la liturgia del templo. Ni Jesús construyó un templo o una capilla aparte. Sabemos, además, la denuncia tan grave que hizo Jesús contra el templo, del que dijo que había sido convertido en "una cueva de bandidos". Por otra parte, Jesús tuvo conflictos frecuentes con los observantes religiosos por causa de su no observancia de preceptos que imponía la religión(observancia del sábado, del ayuno, de las purificaciones rituales...). Jesús, además, se enfrentó a los sacerdotes y, sobre todo, a los sumos sacerdotes. Hasta el extremo de que fue el consejo supremo del Sanedrín el que decretó su muerte y forzó al procurador romano, Pilatos, para que firmara la ejecución de Jesús en una cruz.
Es verdad que la teología de san Pablo presenta una interpretación distinta de la muerte de Cristo, como sacrificio y expiación por nuestros pecados. De forma que la decisión de la muerte de Jesús fue una decisión del Padre, para nuestra redención y salvación. Esto es lo que san Pablo explicó en sus cartas entre los años 50-55. Pero sabemos que, algunos años después, a partir del año 70, los evangelios, empezando por el de Marcos, nos dejaron claro que una cosa es la "interpretación teológica", que dio Pablo de la vida y la muerte de Cristo, y otra cosa es el "relato histórico" que presentan los evangelios de cómo fue la vida y por qué ocurrió la muerte de Jesús. Es cierto que los cristianos tenemos que saber armonizar la "interpretación teológica" de Pablo con el "relato histórico" de los evangelios. Pero el hecho es que, en la historia del cristianismo, esta armonización se ha hecho de forma que la "interpretación teológica" de Pablo ha sido más determinante, para la teología cristiana, que el "relato histórico" de los evangelios.
La consecuencia ha sido que el Cristianismo y la Iglesia se han orientado y configurado, ante todo, como una "religión" (templos, sacerdotes, sacramentos, dogmas, poderes religiosos...), siendo así que, en realidad, Jesús de Nazaret no pensó en nada de eso, ni en su vida se dedicó a poner en práctica nada de eso. De ahí que los grandes temas de Pablo son los que han configurado la "teología" cristina, mientras que los relatos de la vida de Jesús han quedado, en la vida y funcionamiento de la Iglesia, relegados a un segundo término, como elementos inspiradores de la "espiritualidad" cristiana.
Así las cosas, y volviendo al comienzo de esta reflexión, lo más lógico tendría que ser que los cristianos nos preocupemos, ante todo y sobre todo, por vivir um "cristianismo laico", como lo vivió Jesús de Nazaret. Porque, si vivimos así nuestra relación con Jesús, lucharíamos más contra el Estado confesional y nos esforzaríamos mucho más por nuestra "religiosidad laica" y nuestra profunda espiritualidad, la "religiosidad alternativa", que vivió y nos enseñó Jesús.

miércoles 20 de octubre de 2010

"Le pido a Dios que me libre de Dios"

Esto es lo que le pedía a Dios el Maestro Eckhard, uno de los místicos más grandes que ha tenido la Iglesia en su larga historia. Este hombre, que nació en 1260 (Hochheim - Alemania) y murió en 1327 (Avignon - Francia), fue un dominico que ocupó cargos de gobierno y enseñanza en su Orden Religiosa y en la Universidad de Paris. En 1326, el arzobispo de Colonia inició un proceso contra las enseñanzas de Eckhard en sus sermones. El asunto llegó al papa Juan XXII, que residía en Avignon. Pero el místico dominico se sometió, de antemano, a la decisión que pudiera tomar el Pontífice. Eckhard viajó a Avignon para defenderse ante el papa, pero antes de poder presentar su defensa, murió inesperadamente.
No pretendo aquí exponer la doctrina del Maestro Eckhard, enseñanza compleja y no siempre fácil de interpretar, que se basa en el más hondo radicalismo evangélico, en ideas filosóficas que tienen su origen en Plotino, y en la "Guía de Descarriados", de Maimónides. Como es lógico, todo esto no cabe en el post de un blog tan sencillo como éste. Dicho esto, lo que hoy quiero plantear es que el tema de Dios, que tendría que servir para unirnos a los humanos, con frecuencia sirve para todo lo contrario. Porque es un hecho que a Dios en sí mismo nadie lo ha visto ni lo puede ver (Jn 1, 18). Por eso cada pueblo, cada cultura, cada religión, cada grupo humano y cada individuo "se lo representa" como puede. O quizás como a cada cual le conviene o le interesa.
El problema no está en que cada creyente se invente "su propio dios", de acuerdo con sus particulares conveniencias. No se trata de eso. El problema radica en que las personas que creen en Dios, por eso mismo, tienen la tendencia (inconsciente) a relacionar determinados ámbitos de su vida y su conducta, no con Dios en sí, sino con la "representación de Dios" que cada cual se hace. O quizá con la "representación de Dios" que le han impuesto a cada uno en el ambiente religioso en el que se desenvuelve, en el que vive, y al que sin duda se somete. Sobre todo, cuando el creyente de una determinada religión está persuadido de que esa religión ha sido "revelada" por Dios mismo. Incluso - lo que es más complicado - cuando el creyente pone toda su fe y su vida entera en un Dios que se ha "revelado" así, tal como el creyente lo piensa y lo acepta. Con lo cual, lo que sucede es que la "representación", que nos hacemos de Dios, la identificamos con "Dios en sí mismo". O sea, identificamos nuestra representación "inmanente" con el Dios "trascendente".
Y aquí, en el proceso íntimo (que se vive en la intimidad del espíritu) que acabo de apuntar, ahí es donde empieza el peligro. El enorme y asombroso peligro que, sin duda, intuyó el Maestro Eckhard. Es verdad que el pensamiento del gran místico alemán iba mucho más lejos, hasta la idea misma de Dios. Yo no me refiero ahora a eso. Estoy hablando de nuestros comportamientos. Y bien sabemos que hay zonas de nuestra conducta - desde nuestras ideas hasta nuestros hábitos de vida - que, si los explicamos a partir de una presunta voluntad absoluta de Dios, por eso mismo los hacemos tan absolutos, tan intocables, tan indiscutibles, que, como es lógico, detrás de posturas tan férreas, tan intransigentes, tan agresivas y hasta tan violentas, sin duda alguna es que, detrás de esas posturas (tan absolutamente intolerantes), tiene que haber un "dios intolerante", quizá un "dios violento". Por eso, a veces, ocurre que las posturas más profundamente irracionales son, en el fondo, posturas profundamente religiosas.
Muchas veces, al ver cómo se comportan o cómo hablan algunas personas, me he preguntado: "¿En qué dios creerá este hombre o qué dios tendrá en su cabeza esta mujer?" Yo me planteo muchas veces esta pregunta porque no me cabe en la cabeza que Dios, que es el Dios-Padre de todos los mortales, pueda estar legitimando, justificando, impulsando o promoviendo el insulto, la palabra humillante, la falta de respeto, la intolerancia, la dureza de corazón.... Por no hablar de la ofensa descarada, del abuso del débil, y de tantas otras situaciones que causan dolor, malestar, división, y otras cosas que hasta da vergüenza mencionar. Cuando pienso en estas cosas y en este tipo de situaciones, no puedo dejar de recordar los numerosos textos de los cuatro evangelios, en los que Jesús afirma e insiste que quien "recibe", "acoge", "escucha" o "rechaza" a un ser humano, aunque sea el ser humano más débil, un niño, es a Jesús y a Dios a quien "recibe", "acoge", "escucha" o "rechaza" (Mt 10, 40; Mc 9, 37; Mt 18, 5; Lc 10, 16; 9, 48; Jn 13, 20). Más aún, en el juicio definitivo que Cristo el Señor hará de todas las naciones de la tierra, el criterio determinante de ese juicio será lo que cada cual hizo o dejó de hacer con cualquier ser humano (Mt 25, 31-45). Porque la dignidad de todo ser humano es tanta que se identifica con la dignidad misma de Dios.
El Maestro Eckhart supo extraer, de las enseñanzas de Jesús, lo más profundo que seguramente hay en tales enseñanzas: a Dios lo encontramos "en el otro". Lo encontramos o lo despreciamos en "los otros". El peligro y el horror de las religiones consiste en que podemos llegar a "divinizar" nuestros sentimientos más turbios y nuestros resentimientos más bajos. Cuando, en nombre de la defensa de la fe en Dios, privamos a alguien de su dignidad, de su libertad o de sus derechos, incurrimos en una auténtica idolatría blasfema. Hasta el extremo de que, por defender a "dios", despreciamos y ofendemos al verdadero Dios, el Dios que está en cada ser humano. El problema está en que, para vivir esto, no basta tenerlo en la cabeza. Lo absolutamente necesario es lo que el mismo Eckhard denominaba "el despojo de todo interés, de todo deseo de toda posesión, de todo apego", que nos aleje del otro o nos enfrente al otro, sea quien sea. En este caso, la "espiritualidad" se convierte en "identidad" del espíritu humano con la divinidad. Así, y sólo así, superamos la religión y la metafísica, la división de lo divino y lo humano, lo sagrado y lo profano, y centramos nuestra vida en la honradez, el respeto, la bondad sin límites y la sinceridad sin fronteras.

martes 19 de octubre de 2010

Los cristianos y lo irracional

Hace sesenta años, el profesor E. R. Dodds, de la Universidad de Oxford, pronunció una serie de conferencias, en la Universidad de California, que poco después se publicaron en un volumen titulado "Los griegos y lo irracional". En este libro, Dodds analiza, con todo rigor documental, algunos de los problemas que han marcado de forma decisiva la cultura de Occidente: el tránsito de la cultura de la vergüenza a la de la culpabilidad, las bendiciones de la locura, los chamanes y los orígenes del puritanismo, etc. Con razón, este libro ha recorrido Europa y América, se sigue editando con éxito y explica no pocas claves de lo que ahora estamos viviendo. Mi idea es que si, en 1950, se podía hablar de "los griegos y los irracional", en este momento tenemos sobrados argumentos para hablar de "los cristianos y lo irracional".
¿A qué viene esto? Viene a cuento de lo que ha ocurrido recientemente en Valencia. La Generalitat Valenciana pagó, en 2008, dos grandes proyectos de cooperación por, valor de 833.409 euros cada uno, para llevar agua potable a 30 familias y para mejorar los cultivos de otras 40. Todo esto lo iba a gestionar la Fundación Cyes. El dinero se entregó. Pero el hecho es que, a los pobres de Nicaragua, de los 1. 6 millones de euros, les llegaron solamente 63.500. O sea, en Valencia se quedó bastante más de un de millón de euros que, según dicen los medios, se dedicaron a comprar pisos, garajes y a otros gastos que nadie sabe exactamdente a dónde fueron a parar. Esto, por una parte. Pero el caso es que, pocos días antes de enterarnos de esta "manga ancha" en asuntos de dinero, se había tenido noticia de la singular "manga estrecha" en asuntos de sexo, promovida en el seno de la misma Generalitat Valenciana. Esta institución, que tanto ha dado que hablar en asuntos de corrupción fiscal y financiera, ha retirado de los planes de estudio, que ofrecen los Centros Públicos, el temario de Educación Sexual, que había sido elaborado por el Colegio Valenciano de Sexólogos, y ese temario será ahora corregido por el Arzobispado de Valencia.
Estos son los hechos. Y tengo la fundada sospecha de que hechos como los que acabo de apuntar, no ocurren sólo en Valencia. No es extraño que la "manga ancha" y la "manga estrecha", que por lo visto está de moda no sólo en levante. También parece que lo está en el centro, en el norte, en el sur y en poniente. O sea, por todas partes. Es verdad que en unos sitios se habla más que en otros de este turbio asunto. Pero, en todo caso, el que tenga las manos limpias, que tire la primera piedra.
Pues bien, así las cosas, lo primero que se le ocurre a cualquier persona honrada es que la codicia y la corrupción han impregnado de tal manera el tejido social de este país, que, si para seguir acumulando es necesario robar a los pobres, se les roba y en paz. Eso sí, con tal que, en asuntos de sexo, nos atengamos al rigor de los rancios catecismos de toda la vida. La cultura de la culpabilidad le sigue ganando a la cultura de la vergüenza. Y, sobre todo, una vez más hay que decir que "la pureza, más bien que la justicia, sigue siendo el medio cardinal de la salvación".
Sin saberlo y sin darnos cuenta de lo que realmente nos pasa, somos más dóciles discípulos de Pitágoras y Empédocles que de Jesucristo. Los antiguos chamanes de Grecia y los más piadosos católicos de ahora condenan con más energía los excesos sexuales que los abusos fiscales y financieros. En contraste con semejante postura, sabemos que Jesús, en la parábola del rico epulón, llegó a decir que quien se hace a la buena vida de las muchas ganancias, no tiene arreglo aunque se levanten los muertos de sus tumbas y vengan a decirnos que andamos extraviados por los caminos de este mundo. El autor del libro del Eclesiástico es tremendo al hablar de este asunto: "El pan de la limosna es vida del pobre, el que se lo niega es homicida; mata a su prójimo quien le quita el sustento, quien no paga el justo salario derrama sangre" (Eclo 34, 21-22).
No estoy sacando las cosas de quicio. Es cuestión de sensibilidad ante la humillación y el sufrimiento de las víctimas de este sistema y de esta sociedad. Hace unos años, cuando el huracán Mitch destrozó buena parte de Centroamérica, yo andaba por allí. Y enmedio del fango de aquella inmensa desgracia, hubo gente que se quedó con cantidades asombrosas del dinero que se envió desde Europa para quienes se quedaron si casa y sin nada. Ante tales desvergüenzas, a uno se le revuelven las entrañas. En aquella ocasión, el cardenal Rodríguez Maradiaga, arzobispo de Tegucigalpa, dijo esto: "Los que roban a los pobres, no tendrán perdón ni en esta vida ni en la otra". Y que luego, esa canalla de ladrones no nos vengan aduciendo que ellos nunca estuvieron de acuerdo con los que se salen del armario o se atreven a usar el preservativo. Los grandes principios de nuestra cultura son tozudos. Como bien dijo el profesor Dodds, "el mito de los Titanes explicaba claramente al puritano griego por qué él se sentía a la vez un dios y un criminal". Y está visto que aquel viejo mito sigue teniendo actualidad. No es, pues, ningún disparate hablar, en este momento, de "los cristianos y lo irracional".

martes 12 de octubre de 2010

El papa como símbolo

He leído con atención los comentarios que se han hecho a lo que escribí, el pasado día 7, sobre los viajes del papa. Ante todo, quiero agradecer sinceramente, a quienes han expresado sus puntos de vista sobre este asunto, las aportaciones que han hecho para que todos sepamos situarnos lo mejor posible ante lo que implican los viajes papales, que siempre tienen una importante repercusión mediática. Comprendo las críticas que han hecho algunos comentarios. Es más, no sólo las comprendo, sino que además quiero destacar que las agradezco especialmente. Porque me hacen caer en la cuenta de puntos de vista que, sin duda yo no he sabido expresar debidamente. Si este blog quiere presentar una teología "sin censura", el peor enemigo de este blog sería quien pretendiera asumir competencias de censor. Con tal que las propias ideas se expongan con el debido respeto, para quienes piensan de manera diferente, nunca deberíamos perder la compostura. Aceptar a los demás, tal como son y como piensan, es lo mejor que podemos hacer cuando entramos en este blog.
Pero esto no se debe entender como dejación de las propias convicciones. No es posible estar de acuerdo con todo el mundo. Porque no se puede aceptar, a la vez, una idea y su contraria. El respeto al otro no impide el disenso. Todo lo contrario, puesto que nadie posee la verdad plena y el conocimiento total, las diversas aportaciones, aun cuando sea opuestas, nos enriquecen a todos. Por eso, a la vista de las diversas reacciones, me parece que puede se de utilidad presentar un aspecto nuevo, que llevan consigo los viajes del papa, y que hasta ahora no se ha mencionado.
El papa, precisamente por lo que representa ese cargo, tiene un enorme poder simbólico ante la opinión pública mundial. Y esto reviste una importancia extrema. Porque, en la vida, aprendemos más por lo que percibimos mediante símbolos que lo que nos llega mediante ideas o conceptos. Lo más decisivo, para nuestro bien o para nuestro mal, para nuestra felicidad o para nuestra desgracia, no llega a nosotros mediante teorías, sino mediante símbolos. Baste tener en cuenta que un símbolo - dicho de la manera más sencilla posible - es la expresión de una experiencia. No es, por tanto, la mera transmisión de una idea, de un concepto, de un programa, etc. Insisto, hablar de símbolos es hablar de experiencias. Ahora bien, lo más determinante en nuestras vidas, no son las ideas, sino las experiencias. Por ejemplo, el amor o el odio, el sentimiento de respeto o el dolor de la humillación y el desprecio, la estima de los demás o la indiferencia que otros nos muestran, todo eso nos marca de forma decisiva. Es más, un niño recién nacido no percibe ideas. Sólo puede percibir experiencias: se siente solo o se siente querido por su madre. Y eso le produce paz y alegría o le causa desamparo y llanto. Por todo esto, en la comunicación humana, la mirada es más importante que el ojo. Y la expresión del rostro es más decisiva que lo que dicen las palabras.
Jesús nació como nació, vivió como vivió y murió como murió, entre otras razones, porque el conjunto de su vida y su historia es, sobre todo, un gran símbolo para todo ser humano. Es el símbolo de lo más entrañablemente humano. Dios se humanizó en Jesús. Y eso es lo que nos lleva a Dios. Hombres importantes, revestidos de poder y dignidad ha habido, y sigue habiendo, muchos (quizá demasiados) en este mundo. Es posible que los notables, los grandes, los poderosos, nos humanicen. Pero, si nos humanizan, no es por su ostentación y su presencia impresionante. Por eso, entre otras razones, me parece tan decisivo que el papa - que nos debe recordar siempre a Jesús - vaya siempre por el mundo de la manera más parecida posible a como iba Jesús por los caminos de Galilea. Por supuesto, no soy tan ingenuo como para pedir que el papa viaje a pie o montado en una mula. Yo no pido nada más que, en cuanto le sea posible, el papa viaje y se presente en todas partes como un hombre modesto, sencillo, cercano, accesible a todo el mundo. Ya lo han dicho algunos en sus comentarios: tal como se organizan los viajes pontificios, el papa no puede oír a la gente, sobre todo oír a los que más sufren, ver cómo viven, dónde viven, qué necesitan, qué esperan de la Iglesia... El papa, cualquier papa, tiene que enseñar mucho en el mundo. Pero también tiene que aprender mucho de las gentes que viven, sufren y buscan a Dios en este mundo. Por lo demás, y como tantas veces hemos dicho, en la vida no basta ser bueno. Además de eso, hay que parecerlo. Tal como viaja el papa, a mí se me antoja que le parece más a un gran magnate que a un humilde seguidor de Jesús. Yo no pido otra cosa. Ni más ni menos que lo que acabo de decir. Por eso, aparte de otros motivos, me da pena la noticia que me acaba de comunicar un periodista: Benedicto XVI ha decidido cambiar su escudo: de él ha quitado la mitra episcopal y ha colocado la tiara medieval, la triple corona que usaron los papas hasta Pablo VI. Una de las coronas de la tiara era la corona de rey. No discuto la historia o las ideas que haya detrás de esta decisión del actual papa. Lo que me da pena es lo que mucha gente va a pensar y cómo va a reaccionar. Más que nada, por lo que este gesto simboliza, que noes tanto "regresión" a lo pasado, sino "poder" ante lo presente. Quisiera que el periodista no me haya dicho la verdad. Pero, si es cierto que el papa ha retomado la triple corona, lo siento de verdad, por lo mucho que me importa la Iglesia y su ejemplaridad evangélica.

jueves 7 de octubre de 2010

Los viaje del papa

A partir del pontificado de Pablo VI, en el década de los 60, la Iglesia católica ha sumado una nueva forma de presencia en el mundo: la presencia visible y clamorosa que representan los viajes de los papas por todo el planeta tierra. Los nuevos medios de comunicación y las nuevas tecnologías de la comunicación han hecho posible lo que, hasta el pontificado de Juan XXIII, era impensable. Es de alabar que la más alta cúpula de la Iglesia haya sabido adaptarse a las nuevas circunstancias y aprovechar sus enormes posibilidades. Desde este punto de vista, puede decirse que la Iglesia se ha puesto al día. Cosa que lógicamente nos alegra.
Pero todo esto no son sino medios que se asumen para obtener un fin. Y ese fin no debería ser otro que el que Jesús asignó a sus apóstoles: "Id por todo el mundo anunciando el Evangelio a toda la humanidad" (Mc 16, 15). Esto supuesto, resulta inevitable la pregunta: Los viajes del papa, tal como se vienen realizando, ¿son un medio adecuando para anunciar el Evangelio?
Nadie duda que los viajes del papa tienen un efecto mediático importante. No sólo por la cantidad de gente que concentra un acto público del Pontífice, sino además porque cualquier viaje papal es noticia que da la vuelta al mundo, con todo el potencial que tienen las cadenas de televisión para que la presencia y el mensaje, de uno de los más grandes líderes religiosos , llegue hasta los últimos rincones de la tierra. Y esto, en tiempos de laicismo y crisis religiosa, es de enorme importancia.
Pero, con lo dicho, no está dicho todo lo que hay que decir sobre este asunto. Porque la misión del papa, siendo fiel al mandato de Jesús, tiene que ir por el mundo "anunciando el Evangelio". Y aquí es donde yo veo el problema. Porque los viajes del papa se preparan y se realizan de tal manera, que no hay líder mundial (por muy poderoso que sea) que se presente (vaya donde vaya) con la pompa y solemnidad con que lo hace el sucesor de Pedro, o sea el sucesor de aquel modesto pescador de Galilea. Los viajes del papa se organizan de forma que: 1) necesitan sumas de dinero que nadie sabe exactamente ni cuántos millones de dólares cuesta cada viaje, ni de dónde se sacan esas sumas asombrosas de capital. 2) todo el montaje de pompa, solemnidad y medidas de seguridad superan lo que el propio Jesús pudo imaginar.
Así las cosas, yo me pregunto: en estas condiciones, ¿es posible hacer lo que el papa tiene que hacer, que no es sino anunciar el Evangelio? Cuando Jesús mandó a sus apóstoles a predicar el Evangelio, les prohibió severamente llevar "oro, plata, calderilla, alforja, dos túnicas, sandalias o bastón" (Mt 10, 9-10). Jesús vio claramente que para predicar lo que él quería que se le predicara a la gente, no sólo no hacía falta dinero y boato, sino que el dinero y todo lo que acompaña a los notables de este mundo, es un estorbo. Y si los apóstoles no podían llevar nada de eso, ¿por qué el sucesor de los apóstoles hace exactamente lo contrario de lo que mando Jesús?
Y que nadie me diga que el papa, además de sucesor de Pedro, es jefe de Estado. Porque de eso justamente es de lo que me quejo. Entre otras cosas, un jefe de Estado, ante otro jefe de Estado, si se atiene a lo que manda el protocolo y a lo que imponen las normas de la diplomacia, no puede decir lo que Jesús decía ante las multitudes que le oían y ante los poderosos que le tenían miedo. En una situación así, no hay más remedio que guardarse el Evangelio, para limitarse a decir generalidades que sólo convencen a los ya convencidos. Por eso es por lo que escribo estas cosas. Para protestar por el abuso de poder que representan los viajes del papa. No es de fe que el papa tenga que vivir como vive, ni que tenga que viajar como viaja. Mi fe en Jesucristo me dice lo contrario. ¿O es que creemos más en el papa de ahora que en el Jesús del Evangelio? Con todo lo positivo que tengan los viajes del papa, yo me atengo a los hechos: ningún papa, en la larga historia del papado, ha viajado tanto como Juan Pablo II. Ningún otro papa ha concentrado tantas multitudes, ni ha tenido tanta fama, ni se ha hecho oír en todo el mundo, como el papa Wojtyla consiguió hacer todo eso. Y sin embargo, ningún otro papa, al irse de este mundo, ha dejado a la Iglesia sumida en una crisis tan profunda como la crisis que padece la Iglesia que nos dejó Juan Pablo II: ateísmo, laicismo, relativismo, escándalos dentro de la misma Iglesia, seminarios y noviciados vacíos, más de la mitad de las parroquias del mundo sin párroco, iglesias casi desiertas, desprestigio del clero, desesperanza de los laicos, creciente carencia de buenos teólogos... Todo esto se quiere maquillar y quitarle importancia echando mano de las grandes concentraciones papales. Pero no aceptamos que eso se suele quedar en una especie de espejismo que dura unas horas, unos días, y luego todo sigue igual; o peor, de año en año. Sinceramente, no sé si estamos ciegos. O a lo mejor lo que ocurre es que el ciego soy yo.

domingo 3 de octubre de 2010

La fe: ¿ideología, decisión o convicción?

Como es sabido, después de casi quinientos años de controversias y enfrentamientos, se ha llegado a un acuerdo entre católicos y protestantes en lo que se refiere a la justificación por la fe. Hoy estamos de acuerdo en que una fe, que no se traduce en un comportamiento coherente con esa fe, no es verdadera fe. Una fe sin obras, sería una fe muerta. El problema está en saber qué clase de conducta es que debe ser la correcta manifestación de que una persona tiene fe. La fe que corresponde a un cristiano.
No es posible analizar aquí este asunto en toda su hondura. Me limito a indicar tres posibilidades: la fe como "ideología", la fe como "decisión", la fe como "convicción". 1) La "ideología" evoca espontáneamente un sistema de ideas que sirve para explicar o para justificar la situación y los objetivos de un grupo. Por eso hablamos de ideologías de izquierdas o de derechas, de ideologías progresistas o conservadoras, etc. 2) La "decisión" es un acto de la voluntad, que, por más sincero y firme que sea, siempre está expuesto a la labilidad y la inconstancia que nos caracterizan a los mortales. Por eso hay tanta gente que hace buenos propósitos, toma firmes decisiones, pero luego no cumple lo que ha decidido. 3) La "convicción" se define por el hecho de que orientamos nuestro comportamiento conforme a ella. Quien mejor ha explicado este asunto ha sido Ch. S. Peirce: "La convicción consiste principalmente en el hecho de que está uno dispuesto reflexivamente a dejarse guiar en su actividad por la fórmula de la que está convencido". O también: "La esencia de la convicción consiste en el establecimiento de una forma de comportamiento". De ahí que "las convicciones verdaderas definen los hábitos de comportamiento que el sujeto tiene bajo control". En otras palabras: el que está convencido de una cosa, la hace. Y si no la hace, es que no tiene esa convicción.
De lo dicho, se sigue esto: 1) Las "ideologías" son inevitables, incluso necesarias, pero enteramente insuficientes. Hay gentes con ideología de izquierdas, que viven como los burgueses de derechas. Como hay personas y grupos con una ideología evangélica, pero les gusta el dinero, subir y trepar en la vida, estar como el perejil en todas las sopas, o sea viven de espaldas al Evangelio. 2) Las "decisiones" son importantes, pero son sólo el punto de partida. Hay gente que decide todos los días quitarse del tabaco, pero no se quita. Con la sola decisión, no vamos a ninguna parte. 3) Las "convicciones" son constitutivas de la fe. Porque una persona que está convencida de que el Evangelio expresa la voluntad de Dios, hace lo que dice el Evangelio. Y si no lo hace, es que no cree en el Evangelio.
Las ideologías nos engañan. Y el exceso de ideología, trastorna al que lleva esa sobrecarga de ideas, que no se corresponden con los hábitos de vida que expresan lo que es importante de verdad para una persona o para un grupo. La convicciones no engañan, sino que revelan en qué cosas cree de verdad cada uno. Hay gente que, por defender su ideología, se pelea con los que piensan de otra manera. Es evidente que quien tiene una ideología así, no puede creer en Jesús, que se hizo amigo de publicanos, pecadores, prostitutas, pordioseros y samaritanos.
No entiendo cómo, desde una cátedra dorada y solemne, se puede alabar la humildad y la pobreza de Jesús. No entiendo cómo, desde la izquierda política, se desprecia a la gente de derechas. Ni entiendo cómo, desde los ideales de la ortodoxia católica, se insulta a las personas que tienen otras ideas. Todo eso está feo. Pero hay algo peor: ir por la vida como hipócritas y embusteros, invocando para eso (porque es eso lo que se hace) el nombre del Señor. Sus razones debió tener Jesús para decirnos que, cuando recemos, lo primero que hay que pedir es: "santificado sea tu nombre". ¡Por favor!, no echemos nunca mano del nombre santo de Dios (o de la Iglesia o del papa...) para faltarle al respeto a quien sea.
 
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