miércoles 29 de septiembre de 2010

HUELGA: "DENTRO DE LA NORMALIDAD"


Escribo este comentario el mismo día 29 de septiembre, el día de la huelga, convocada por las organizaciones sindicales, para protestar por la política económica y el ajuste laboral que ha decidido y lleva adelante el gobierno socialista que preside el señor Rodríguez Zapatero. Estoy redactando esta breve reflexión a las doce de la mañana, cuando ya han manifestado sus primeras impresiones tanto los dirigentes sindicales como el portavoz del gobierno. Y confieso que lo que más me ha llamado la atención es que, lo mismo los sindicalistas que los gobernantes, todos andan diciendo esta mañana que la huelga se está desarrollando y va transcurriendo "dentro de la normalidad". O sea, lo mismo los gobernantes (los que toman las decisiones económicas y laborales opresoras) que los trabajadores (o sus representantes oficiales) oprimidos por el gobierno opresor, todos ellos (unos y otros), coinciden en que lo que está ocurriendo hoy en España, y tal como está ocurriendo, todo eso "se ajusta a la normalidad" o "está dentro de lo normal".
Por supuesto, yo sé que el sentido más inmediato y directo de esa presunta "normalidad" se refiere a que, hasta este momento, cuando escribo estas líneas, no ha ocurrido ningún incidente de mayor importancia. Por lo visto, en un día de huelga, todo el mundo está cumpliendo con el papel que le corresponde: a unos quedarse en su casa y no ir al trabajo, a otros echarse a la calle para impedir o dificultar que trabajen los que quieren trabajar, a otros velar por el orden público, los sindicalistas diciendo que se están consiguiendo los objetivos que se pretendían conseguir, los patronos y magnates quitándole importancia a lo que ocurre, y los políticos diciendo que todo se ajusta a las exigencias de un Estado de derecho. En definitiva, cada cual en su papel. Interpretando satisfactoriamente bien el papel que le toca interpretar. No cabe duda: estamos "dentro de la normalidad".
Está visto. Y está claro. La huelga es "un acto más" de la gran comedia (para unos) o de la gran tragedia (para la mayoría), que es el gran teatro del mundo. Mañana, cuando termine este acto teatral, todo seguirá lo mismo que antes. Y todos seguiremos como estábamos. Exactamente igual. Y seguramente todos los actores del acto suficientemente satisfechos. Porque el acto estaba bien programado, bien ensayado y, por lo que parece, se está representando bastante bien. Además, como ocurre en los teatros y sus escenarios, cuando ha terminado la función, cada cual a su casa, a sabiendas de que lo hecho no pasa de ser una representación, de forma que, acabada la representación, la vida sigue igual.
¡Por favor! No estoy bromeando sobre un tema tan serio y de tan graves consecuencias. Lo que estoy intentando decir es que el fondo y la raíz del problema, que hoy estamos palpando con el hecho de la huelga, ni depende de los actores de la huelga, ni se resuelve porque la huelga tenga más o menos éxito. Una huelga laboral es una pieza más dentro del sistema brutal y canalla, en el que todos estamos metidos, y al que todos nos hemos acostumbrado. Un sistema que tiene un eje central que es el que le hace funcionar. Ese eje es el constante reforzamiento de la codicia, mediante la incesante oferta de satisfacciones inmediatas, pensadas y ordenadas todas ellas para que quienes pueden acumular, acumulen. Cosa que sólo se puede hacer a base de que la gran mayoría de los habitantes del planeta viva en la escasez. Y casi mil millones de criaturas, tirando como pueden hacia la muerte, hundidas en la miseria absoluta. Esta es la realidad brutal y canalla. La realidad que nos tendría que quitar el sueño y no nos lo quita. Por esto es por lo que digo que la huelga es el acto de una comedia, o de una tragedia, según el papel que cada cual representa. Yo sé que esto que digo va a molestar a algunos. Va a indignar a otros. A muchos les hará reír o sonreír. Y habrá quienes piensen que no me falta razón. Si, por lo menos, esta sencilla reflexión nos ayuda a quitarle acero a la crispación, algo es algo. Y si algunas personas, al leer esto, se distancian de los informativos y de los titulares de los diarios, para pensar o, al menos, sospechar que lo importante y lo urgente no es que cambien los gobernantes o los sindicalistas, sino que cambiemos todos, de forma que nos lleguemos a convencer que lo urgente es que nuestra vida sea más austera y más solidaria, entonces quizá este modesto blog ha prestado un pequeño servicio a quienes peor lo están pasando en este momento. Algo es algo.

domingo 26 de septiembre de 2010

LOS HERMANOS DEL RICO EPULÓN

Hoy, domingo 26 de septiembre, el evangelio de la misa es la parábola del rico epulón y el pobre Lázaro (Lc 16, 19-31). Pero sabemos que también el evangelio de Juan habla de un enfermo, llamado Lázaro (Jn 11, 1), el hermano de Marta y María, al que Jesús resucitó (Jn 11, 43-44). Seguramente, nunca hemos pensado que el Lázaro del evangelio de Lucas y el Lázaro del evangelio de Juan no son dos personajes distintos, sino que son el mismo individuo o, mejor dicho, son el mismo símbolo, que prolonga y completa la misma enseñanza. De forma que el Lázaro de Juan es el complemento final de una lección estremecedora, que empieza en la parábola de Lucas.
El relato de Lucas dice que el rico epulón se murió y fue a parar "al lugar de los muertos, en medio de tormentos" (Lc 16, 23), mientras que a Lázaro, que también murió, lo llevaron los ángeles "al seno de Abrahán" (Lc 16, 22). Esta "historia" termina diciendo que el rico atormentado le suplicaba a Abrahán que, por lo menos, enviara a Lázaro para decir a sus hermanos que cambiaran de vida y así evitarían la condenación. A lo que Abrahán contestó: "Tienen a Moisés y a los Profetas, que los escuchen" (Lc 16, 29). Pero el rico insistió: "No, padre Abrahán, si un muerto resucita, se convertirán". A lo que respondió Abrahán con la respuesta más dura que uno se puede imaginar: "Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite un muerto, no se convertirán" (Lc 16, 30-31). O sea, el que está instalado en la vida y tiene una buena posición, aunque resucite un muerto y venga a decirle que debe cambiar, haciendo caso a la Palabra de Dios, ése no cambia. Es más, hace lo que sea necesario para no cambiar.
Pues bien, el muerto resucitó: Lázaro volvió a este mundo (Jn 11, 1-46). Y el evangelio de Juan completa la parábola con un final dramático: el muerto resucitado, en vez de motivar a los instalados a repensar la vida que llevaban y el poder que tenían, la decisión urgente que tomaron fue matar también a Jesús. Así termina el IV evangelio el relato de Lázaro (Jn 11, 47-63).
La parábola de Lucas tiene un significado social tremendo. El Lázaro de Juan prolonga y completa al de Lucas, llegando a una conclusión sobrecogedora. El rico epulón es el sistema de los "satisfechos del dinero", a los que no les importa que los hambrientos se mueran en el portal de su casa. Los hermanos del rico epulón son los "satisfechos de la religión", los dirigentes del sistema religioso, que, si se ven amenazados en su poder y privilegios, rechazan y matan a Jesús (Jn 11, 53) y no dudan en matar también a Lázaro porque no soportan que la gente se vaya con Jesús y tome en serio el Evangelio (Jn 12, 10-11).
Esta historia sigue adelante en este momento. Los "satisfechos del dinero", lo mismo que los "satisfechos de la religión", ni le hacen caso al Evangelio, ni están dispuestos a cambiar aunque los muertos salgan de sus tumbas y vengan a decirles que se van a condenar. El sistema no cambia: ni el sistema económico, ni el sistema religioso. Los que tenemos que cambiar (si es que no estamos integrados en el sistema) somos nosotros. Porque, desde abajo, con la fuerza de nuestras convicciones evangélicas y la honradez de nuestras vidas, es como únicamente podemos conseguir que la gente escuche a los profetas. Sólo así lograremos que la vida vaya cambiado. Y cambiará.

jueves 23 de septiembre de 2010

Jesús: "ejemplo" y "escándalo"

Que yo sepa, nadie pone en duda la ejemplaridad de Jesús de Nazaret. Por eso se comprende el respeto que le tienen incluso los que no se consideran creyentes. Por supuesto, no faltan los "atrevidos" (con frecuencia ignorantes) que despachan un asunto tan serio como éste diciendo tranquilamente que Jesús no existió. Me parece superfluo y hasta frívolo discutir aquí una cuestión de la que, recientemente, un buen conocedor (laico) del tema (Frédéric Lenoir) ha escrito: "El único consenso verdadero entre los estudiosos, al margen de sus diversas orientaciones, es la certeza de la existencia histórica de Jesús". A lo que quiero añadir algo que dice este mismo autor: "En los casi treinta años que llevo estudiando filosofía e historia de las religiones, raros son los textos que me han sorprendido y conmovido tanto como los Evangelios por su profundidad y su humanidad". Y así es. La figura de Jesús es tan genial que, cuanto más se estudia, más impresiona.
Y sin embargo, una de las cosas más notables que tiene este personaje es que, si nos atenemos a lo que dicen los relatos evangélicos, Jesús impresiona tan hondamente porque fue un hombre, no sólo "ejemplar", sino además (y sorprendentemente) fue también un hombre "escandaloso". Los evangelistas lo afirman repetidas veces y sin titubeos (Mt 11, 6; Lc 7, 23; Mt 15, 12; 17, 27; 26, 31; Mc 14, 27; Jn 6, 61; 16, 1). Y san Pablo lo confirma (1 Cor 1, 23; Gal 5, 11). El Evangelio, por tanto, nos enseña que tendríamos que ser (como lo fue Jesús) personas "ejemplares", por nuestra forma de vivir, de hablar y de actuar. Pero también nos dice que no nos debe dar miedo resultar "escandalosos". Porque ambas cosas están claras en el Evangelio. La ejemplaridad y el escándalo.
Digo hoy todo esto por un motivo concreto: desde el día en que empecé a publicar mis reflexiones en este blog, enseguida me di cuenta de que la conflictividad del Evangelio sigue adelante en la historia. Ya es arriesgado hablar de religión y exponer las propias ideas, sin trabas ni censuras, exponiendo las propias convicciones religiosas a los cuatro vientos. La religión es un asunto muy controvertido y ante el que mucha gente se apasiona, a favor o en contra de lo que oye. Por eso aquí hay que extremar la delicadeza, el respeto y la tolerancia. Pero también yo pienso que, en cualquier caso, uno no puede ser un cobarde o traicionar sus propias convicciones. Lo cual es tanto como andar siempre sobre el filo de la navaja. Supongo que esto (y mucho más) es lo que hizo Jesús. Y terminó sus días colgado como un maldito.
Como es lógico, yo no pretendo equipararme a Jesús. Estoy demasiado lejos del ideal evangélico. Pero, en cualquier caso, hablo de esta manera porque la vida me ha enseñado, entre otras, éstas dos cosas: 1) Tomar en serio el Evangelio es tomar en serio una auténtica "agonía", en el sentido etimológico de la palabra griega ágon = "lucha", en cuanto que afrontar la lectura y meditación del Evangelio es afrontar un auténtico combate. El combate interior que todos llevamos dentro de nosotros mismos y que inevitablemente salta a nuestras relaciones con la sociedad y con los demás. 2) Con demasiada frecuencia ocurre que, cuando se expresan las propias convicciones entre gentes religiosas, pronto se da uno cuenta de que, en la mentalidad de muchas personas, se pueden poder en cuestión no pocas cosas de lo que dice el Evangelio; pero, para esas mismas personas, lo que no se puede poner en cuestión es lo que dice la jerarquía de la Iglesia. ¿Por qué será que, en la mentalidad de muchos creyentes, pesa más lo que dice la Iglesia que lo que dice el Evangelio?

lunes 20 de septiembre de 2010

BENEDICTO XVI, LABORDETA, INIESTA

Hoy, 20 de septiembre, me parece importante recordar estos tres nombres, que, tal como yo veo las cosas, nos recuerdan algo muy valioso, que nos vendría muy bien tener siempre presente en nuestras vidas. Y eso que, a primera vista y como es lógico, nada tienen en común un papa, un cantautor agnóstico (quizá ateo) y un futbolista, que, por muy bueno que sea, es eso, un jugador de futbol. ¿Qué pueden tener en común estos tres hombres? ¿Por qué hablo de ellos a la vez y precisamente en este día?
Lo más obvio y lo más claro es que, en esta mañana del lunes 20 de septiembre, en los medios de comunicación se habla elogiosamente de los tres: de Benedicto XVI, de Labordeta y de Iniesta. ¿Y por qué se les elogia a los tres? En el fondo, por algo en lo que todos los comentaristas (cada cual desde su parcela) coinciden. Algo, que no es fácil resumir en una sola palabra, pero que se puede describir diciendo que es "humildad", "sencillez", "humanidad", "respeto", "tolerancia", "normalidad". Se trata de todo eso. Y de algo que está por debajo de todo eso, en la base misma de la vida humana: ser "uno más", "un hombre sin más".
Por supuesto, habrá quienes piensen que "a qué viene esto". Y no faltaran los que protesten de que pongamos en el mismo lote a tres hombres tan distintos y tan distantes, en tantas y tantas cosas. ¿Qué sentido puede tener que yo salga ahora metiendo en el mismo saco la mitra del papa, la mochila del cantante y las botas del futbolista? ¿No es esto sacar las cosas de quicio o buscarle tres pies al gato? No. Decididamente, no. Porque, antes que la mitra, antes que la mochila, y antes que las botas, está el hombre. Y es eso, el hombre, la sencillez y la normalidad del hombre, lo que hoy se pondera y se elogia, al hablar de Benedicto XVI, de Labordeta y de Iniesta. Cada uno, desde su tarea, su papel y su registro, eso es lo que nos hacen recordar, en este día, a los tres hombres que pongo como ejemplo.
La cosa está clara. El papa ha ido al Reino Unido ante la desconfianza de unos, el rechazo de otros y la indiferencia de la mayoría. Y sin embargo, ha vuelto de Londres con el elogio generalizado de los medios. Como dice el cronista del The Sunday Times, refiriéndose a Benedicto XVI, "le retrataban como un Rottweiler de Dios, y resulta que es un buen chico". O, si se prefiere, "un abuelo con encanto", como dicen ahora los ingleses. ¿Por qué? ^Porque, en este viaje, el papa no ha condenado nada ni ha condenado a nadie. No ha prohibido, ni ha reprochado. Todo lo contrario, el papa ha reconocido sus fallos, ha pedido perdón, se ha mostrado cercano a la gente. Sencillamente, un buen hombre, una buena persona. Así de sencillo. ¿Lo ha hecho por política, diplomacia o quizá otros intereses? Lo ha hecho. Y basta. Eso es lo que la gente espera y necesita. Es lo que todos queremos.
Y eso, ni más ni menos, es lo que ha hecho toda su vida José Antonio Labordeta. Porque ha sido "un hombre sin más", como le define esta mañana un diario de tirada nacional. Defensor y cantor de la libertad, identificado con la gente sencilla, sin pretensiones ni humos de ninguna clase. Un hombre del que se ha escrito: "Es muy difícil encontrar un amigo tan generoso, abrumador, tierno y divertido". Ahora nos dicen que sólo quería ser recordado "como un árbol batido,/ como un pájaro herido,/ como un hombre sin más". ¿Por qué será que esto nos seduce tanto?
Y de Iniesta, pronto se dice lo que yo tengo que decir aquí. No voy a ponderar su clase y su genialidad como futbolista. Eso lo saben muy bien todos los que saben algo de futbol. Pero el hecho es que futbolistas de gran clase hay bastantes. Sin embargo, resulta curioso que es precisamente a Iniesta a quien los estadios de futbol, puestos en pie, lo ovacionan cuando sale del campo de juego. Y lo que más llama la atención es que, con frecuencia, lo aplauden los que han perdido. ¿Por qué? Porque en él aplauden, no sólo su juego, sino sobre todo su humildad, su sencillez, su "normalidad".
Poco tienen que ver entre sí un papa, un cantante y un futbolista. En este caso, tal como hoy se les recuerda, estos tres hombres tienen en común (y nos han recordado) lo que todos queremos que los demás tengan con nosotros: respeto, tolerancia, humanidad, comprensión y bondad. Mi "Teología sin censura" ve en eso la revelación del Dios en el que creo. Aunque yo, tantas veces, no lo haga. Pero es lo que anhelo. Y lo que quiero hacer.

viernes 17 de septiembre de 2010

¿POSESIÓN DE LA VERDAD O BÚSQUEDA DE LA VERDAD?

El pequeño debate de estos días en este blog, en torno al complicado tema de la verdad, nos puede llevar a una discusión interminable, que vendría a ser como "el cuento de nunca acabar". Por eso, me parece conveniente hacer algunas indicaciones que espero nos venga bien a todos tenerlas en cuenta.
Ante todo, para las personas a quienes les preocupa la ortodoxia doctrinal, por fidelidad al magisterio eclesiástico, supongo les podrá venir bien saber que la Jerarquía de la Iglesia nunca ha definido dogmáticamente en qué consiste la verdad, ni cómo los cristianos tenemos que entender la verdad. Y, menos aún, jamás se ha elaborado un concepto oficial de lo que es la verdad, es decir, una definición de la verdad a la que todos los católicos tengan que atenerse. Llevo más de medio siglo dedicado al estudio y enseñanza de la teología; y jamás he oído hablar de esa presunta "definición oficial" de lo que es la verdad.
Si, del ámbito de lo dogmático, pasamos al terreno del análisis histórico, lingüístico, bíblico, religioso, filosófico, científico, etc. de lo que se puede, se suele o se debe entender como "verdad", entonces, nos encontramos con tal diversidad y hasta multitud de conceptos, que resulta casi imposible enumerarlos y, mucho más, analizarlos. Y no digamos, si lo que se intenta es llegar a un consenso o enunciado comúnmente aceptado. Nunca ha existido eso. Y creo que nunca existirá.
Estando así las cosas, me parece acertada la propuesta que, ya en 1778, hizo G. Lessing: "El verdadero valor de un ser humano no viene determinado por su grado de posesión, supuesto o real, de la verdad, sino más bien por la honestidad de su esfuerzo en pos de alcanzarla. No es la posesión de la verdad, sino más bien la búsqueda de la misma, lo que ensancha su capacidad y donde puede hallarse su siempre creciente perfectibilidad. La posesión nos convierte en sujetos pasivos, indolentes y orgullosos. Si Dios ocultara toda la verdad en su mano derecha y en su izquierda no escondiera más que el firme y diligente impulso para perseguirla, y se me brindara la oportunidad de escoger únicamente entre una de las dos, tomaría con toda humildad su mano izquierda, aun con la condición de errar siempre y eternamente en el proceso".
Finalmente, a quienes sugieren que se limiten las posibilidades de entrar en el blog, les agradezco su sugerencia, pero prefiero correr el riesgo de equivocarme, antes que incurrir en el despropósito de impedir a nadie (sea quien sea) que pueda expresar lo que piensa, con tal que lo haga siempre con el debido respeto a los demás.

jueves 16 de septiembre de 2010

NOTA ACLARATORIA

Acabo de leer los últimos comentarios que se han hecho a mi escrito sobre RELIGIOSIDAD Y FE. Y quiero dejar claro lo siguiente: yo no he suprimido ningún comentario de nadie, ni lo suprimiré, a no ser en caso de que alguien diga algo que resulte ofensivo, insultante o calumnioso contra alguna persona. Me repugna todo lo que sea dogmatismo. Y todo lo que sea manifestación de una mentalidad dogmatista, autoritaria, impositiva. Nunca insistiremos bastante en el respeto y la tolerancia que debemos tener ante quienes piensan de manera distinta a como cada cual piensa. Esto no quiere decir que cada cual oculte o disimule sus propias convicciones, sus ideas, su forma de ver y entender la vida. Cada cual puede y debe decir lo que piensa. Lo único que me parece importante es que, cuando defendemos una idea o una postura intelectual, lo que decimos esté bien documentado, bien razonado. No hablemos (dogmatizando) de lo que no sabemos lo que es necesario saber para tratar de forma competente un tema determinado. Esto me parece enteramente lógico. Pero insisto en que, incluso cuando vemos que una persona habla de un asunto sin estar debidamente informado, lo que se puede (y se debe) hacer es informar, pero nunca intentar supirmir el pensamiento del otro. Como se ha dicho muy bien, "la esencia del fanatismo reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar" (Amos Oz). El miedo obsesivo al "relativismo" es la manifestación de un pensamiento dogmático impositivo, que no tolera el pluralismo. Y detrás de eso se oculta - según creo - la pretensión que tienen algunas personas de que son ellas (y sólo ellas) quienes ven la realidad total. Y la realidad tal cual es. Sin darse cuenta de que todo acceso a la realidad (la que sea) es "ipso facto" una "interpretación" de la realidad. La realidad, en su totalidad, no la tiene nadie. Ni la conoce nadie. Es más, si algo nos ha enseñado la hermenéutica, es que el "desde dónde" ve uno la realidad determina de forma decisiva "cómo" ve uno la realidad. No se ve lo misma la vida desde un palacio que desde una chabola o una favela. No se ven las cosas igual desde arriba que desde abajo. No ven la vida lo mismo los ricos que los pobres. Ni ven lo mismo los instalados que los desinstalados, etc, etc. Todo esto son cosas demasiado elementales. Y pienso que no tendría que ser necesario decir estas cosas en este blog, que quiere ser respetuoso con todos. Y en el que todos deberíamos aprender a respetar al que piensa de forma distinta a como yo pienso.
Por lo demás, me parece onveniente informar (sólo a título informativo) de dos cosas, por lo que se refiere al tema de la "verdad": 1) Si algún tema hay sometido a profundo debate, en la cultura actual, es el concepto de "verdad". Sobre eso se ha escrito tal cantidad de libros y estudios especializados, que es casi imposible abarcar tanta documentación. Y no existe un concepto comúnmente aceptado, de lo que es la verdad, en la comunidad científica y menos aún entre los filósofos o los teólogos. 2) Para analizar con precisión cualquier término que aparezca en la Biblia, no basta echar mano de un diccionario hebreo, griego o latino. Sobre todo, hay que recurrir a un diccionario bíblico. Y, concretamente (si hablamos del Nuevo Testamento), hay que analizar el tema, más que nada, en un diccionario especializado en el "griego bíblico", que no es el griego clásico o el helenístico tardío. Es éste un asunto muy complicado y enormemnete técnico. Si hay personas interesadas en este asunto, habría que consultar, ante todo, el Theologisches Wörterbuch zum Neuen Testament, 10 volúmenes, dirigido por G. Kittel. En lengua castellana (más breve, pero más actualizado), tenemos el Diccionario Exegético del Nuevo Testamento, dirigido por H. Balz y G. Schneider, 2 volúmenes, editado en Sígueme (Salamanca). También puede ser útil el Diccionario Teológico del Nuevo Testamento, coodinado por L. Coenen, E. Beyreuther, H. Bietenhard, en 4 volúmenes, editado en Sígueme (Salamanca).
Termino repitiendo e insistiendo en que yo no he suprimido, ni suprimiré, ningún comentario porque difiera de mi manera de pensar. Quiero tomar muy en serio el respeto a los demás, exactamente lo mismo que quiero que los demás me respeten a mí.
Muchas gracias a todos. Con un saludo cordial.

martes 14 de septiembre de 2010

RELIGIOSIDAD Y FE

Ante todo, pido disculpas por el silencio de los seis últimos días. He estado en Italia presentando un libro mío que han editado en italiano. Se trata de "La ética de Cristo", publicado por le Edit. Citadella, de Asís. Han sido días de mucho trabajo, viajes, etc. No he podido escribir. Perdón por mi silencio.
Leyendo los comentarios, que se han escrito a propósito de las dificultades que plantea la fe, me parece que una de las raíces de la posible confusión está en que no siempre distinguimos correctamente que una cosa es la religiosidad y otra cosa es la fe. La religiosidad es un hecho cultural. La fe es una opción personal. La religiosidad comporta creencias, prácticas religiosas, normas, tradiciones, costumbres... Todo eso son elementos de una cultura determinada. Si yo hubiera nacido en un país musulmán, sin duda alguna habría asimilado la cultura islámica, con sus creencias, sus tradiciones, sus costumbres, sus normas. Todo eso se asimila y se integra en la persona por contagio cultural. De la misma manera que se asimila y se integra el lenguaje, los usos sobre alimentación, relaciones sociales, familia, etc.
La fe es otra cosa, que en muchos aspectos y cuestiones roza el hecho cultural de la religiosidad. Pero insisto en que el solo hecho cultural de la religiosidad no constituye, por sí solo, la fe. Cuando hablamos de la fe en Jesús - la fe de la que nos hablan los evangelios -, estamos hablando de una opción personal. Se trata de la opción que cada cual toma personalmente ante la persona de Jesús, ante su vida, sus enseñanzas y sus exigencias. En torno a esta fe se pueden elaborar especulaciones de orden teológico, filosófico, ético, etc. Pero lo determinante aquí es tener muy claro que la fe no es relación con una serie de verdades, que se aceptan como auténticas y verdaderas. La fe es relación con una persona, la persona de Jesús. Ahora bien, la relación con una persona no consiste en aceptar una "cultura", sino en aceptar una "forma de vivir". La forma de vivir que sabemos llevó Jesús: sus preferencias, sus preocupaciones, sus intereses, su manera de entender la vida, las relaciones humanas, la relación con el Padre del cielo...
Esto quiere decir que la fe no es una mera "decisión" (acto de voluntad). La fe es una "convicción". Y sabemos que la convicción se caracteriza por el hecho de que se traduce en una forma de conducta: el que está convencido de una cosa, hace esa cosa. Y si no la hace, es que no está convencido. El que está convencido de que tiene que quitarse del tabaco, se quita. Y si no se quita, es que no está con vencido de eso. Puede tener deseos, propósitos, proyectos..., pero no tiene la convicción. Por eso, toda convicción se traduce en unos hábtos de vida. Lo cual quiere decir que la autenticidad de la fe se comprueba y se mide por los hábitos de vida que genera. Esto es capital para entender lo que es la fe.
Por otra parte, nunca deberíamos olvidar que, si es cierto lo que nos dicen los evangelios, Jesús fue un judío que asumió una forma de vida "contra-cultural". Es decir, Jesús no se acomodó a los usos y costumbres de la cultura de su pueblo y de su tiempo. Asumió los usos y costumbres que asume todo ciudadano de una cultura. Pero re-interpretó y vivió aquella cultura, no es función de la religiosidad establecida, sino en función de lo que necesitaba aquel pueblo pobre, machacado por el poder (sobre todo, por el poder religioso), oprimido por el yugo de la Ley religiosa y del poder político. Por eso, la vida de Jesús fue la vida de un "judío marginal", como lo ha definido el estudio monumental de J. P. Meier.
Insisten algunos comentarios en que la fe es un don de Dios. Tal forma de hablar es correcta, con tal que se entienda bien. Porque se presta a que haya quien diga: "A mí, Dios no me ha dado ese don". Y entonces, el responsable de las increencias sería Dios, cosa disparatada.
Hay quien insiste en que el cristianismo no se reduce a una ética. Por supuesto, eso es cierto. Pero tan cierto como eso es que, donde la forma de vida de Jesús no es nuestra forma de vida, no puede haber fe en Jesús. Esto es capital.
Termino ya hoy. En la Iglesia estamos demasiada gente que hemos integrado la religiosidad cristiana, pero no hemos asumido la fe cristiana. Porque no hemos hecho nuestras las convicciones contra-culturales que nos presenta Jesús en su Evangelio. Hemos asimilado la cultura del consumo, la cultura del bienestar, de la abundancia, del honor y el poder...., todo eso. Pero la cultura de "los últimos", de los mal vistos por la religión..., las gentes que fueron los amigos de Jesús, eso no nos entra en la cabeza. Lo que da pie para que todos nos preguntemos: ¿Dónde está nuestra fe?

miércoles 8 de septiembre de 2010

LAS DIFICULTADES DE LA FE

Cada día que pasa, se hace más difícil la fe. Y cada día que pasa, hay más gente que anda hecha un lío con esto de la fe. Por eso, me parece que vendrá bien ir poniendo algo de orden en lo que pensamos y sentimos sobre este lío y este embrollo de cosas.
Lo primero, que deberíamos tener claro, es que una cosa es "lo que" se cree; y otra cosa es "en quién" se cree. No es lo mismo lo uno que lo otro. Ni mucho menos. "Lo que" se cree: se refiere a verdades, dogmas, normas, mandamientos, ritos, ceremonias... "En quién" se cree: se refiere a personas. Y, como es lógico, no es lo mismo relacionarse con "verdades" que relacionarse con "personas". A las verdades se las acepta con la cabeza y la razón. A las personas se las acepta con el corazón y la vida.
En sus orígenes más remotos, el asunto éste de la fe se expresaba, en la literatura clásica, mediante el sustantivo griego pistis, que significaba confianza. Así consta en Hesíodo (Op. 372) y Sófocles (Oed. Tyr. 1445). La fe era, pues, una actitud de profundo respeto y credibilidad ante alguien o hacia alguien (hombres o dioses). Se creía en aquela persona a la que se le concedía crédito, como indica Demóstenes (36, 57). Por eso, la falta de fe era lo mismo que desconfianza (Teognis, 831) o deslealtad (Sófocles, Oed. Col. 611). En definitiva, la fe era lo miismo que fidelidad hacia los demás, como queda claro en Epicteto (II, 4, 1-3; II, 22). Esta misma idea de fidelidad era la determinante de la fe, en el judaísmo en tiempos de Jesús, de forma que un "hombre de fe" ('anssê 'amanah), según la literatura rabínica, era el que vivía la fidelidad.
Por todo esto se comprende que, en los evangelios, se fe se entiende como confianza en Jesús y como fidelidad hacia Jesús. Era, por tanto, la actitud de aquellas personas que veían en la forma de la vida, que llevaba Jesús, la forma de vida que ellos debían llevar también. O sea tenían fe en Jesús quienes se fiaban de él, quienes querían se relacionaban con él sin trampa ni cartón, quienes tomaban en serio lo que decía Jesús. Y estaban convendicos de que, en su vida y en sus enseñanzas, estaba la solución y la respuesta a las aspiraciones más hondas y más serias de la vida.
Sin embargo, la fe, tal como a nosotros nos la han enseñado, se refiere, más bien, a "tener por verdadero lo que Dios nos ha revelado". Esto es lo que nos enseñaron en las clases de religión, en los catecismos y en los sermones. Lo cual quiere decir que, en nuestra educación religiosa, se produjo un desplazamiento, de la "fe personal" en Jesús, a la "fe racional" en los dogmas. Lo cual representa una dificultad enorme, casi insuperable, en los tiempos que corren. Porque la "fe racional" en verdades que la razón no entiende, ni puede entender, es algo que sólo se puede aceptar si el que enseña eso merece un crédito y tiene una credibilidad que, en este momento y para mucha gente, ya no lo merece ni lo tiene el clero: obispos, sacerdotes, teólogos... Por eso, la fe se va quedando cada vez más arrinconada o, si se prefiere, más marginada. La fe, de esta manera, se ha quedado como un sentimiento que (por parte de los que pueden) se vive en la intimidad de los sujeros, entre dudas, oscuridades, confusiones, cosas que no cuadran...
De esta manera, nos hemos metido en un barullo de oscuridades y confusiones. Y así nos hemos alejado de la vida que llevó Jesús y de Jesús mismo. O sea, nos hemos alejado de la fe.
¿Tiene esto solución? Por lo menos, la que a mí me sirve es ésta: yo he puesto mi fe-confianza en Jesús. Intento poner mi fidelidad en Jesús. Y eso, para mí, significa en concreto centrar mi vida en el respeto que Jesús le tuvo a la gente; en la estima y la tolerancia que Jesús tuvo a los demás (Jesús sólo fue intolerante con los intolerantes: sacerdotes, fariseos, letrados...); en la bondad, o sea intentar ser siempre bueno, nunca echar en cara nada a nadie, saber soportar las cosas que me resultan impertinentes, poner buena cara siempre... Es decir, a través de estas cosas elementales y mediante la honradez y el deseo sincero de hacer felices a los que se rozan conmigo, así - y sólo así - creo en Dios, creo en el Dios de Jesucristo, creo en el Espíritu de Jesús y su Evangelio. En todo esto es donde yo veo la dificultad y la solución de la fe. Si a alguien le sirve esto y le da alguna luz, me sentiré mejor, mucho mejor.

lunes 6 de septiembre de 2010

LA FALTA DE FE DE LOS DISCÍPULOS-APÓSTOLES

Hace unos días, hablaba yo de "los que tienen fe según los evangelios": paganos, samaritanos, publicanos, prostitutas.... Pues bien, hoy hablamos de los que no tenían fe o la tenían tan deficiente, que no era en modo alguno una fe sólida y firme en Jesús.
Este segundo grupo, de los "no creyentes" o "creyentes a medias" era, extrañamente, el grupo de los discípulos y apóstoles. Esto es rigurosamente cierto, si nos atenemos a lo que dicen los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas). La teología del evangelio de Juan presenta este asunto de otra manera, de lo que hablaremos más adelante.
Lo más chocante es que los sinópticos, cuando hablan de los discípulos y apóstoles en relación con la fe, siempre ponen en cuestión esa fe. A veces, los evangelios llaman a los discípulos "no creyentes" (Mc 4, 40; cf. Mt 17, 17). Porque tenían una fe tan insignificante, que era como un grano de mostaza, a soa casi nada (Mt 17, 20). Y hay casos en los que se dice que aquellos hombres sencillamente eran "increyentes" (Lc 24, 11) o que eran "lentos para creer" (Lc 24, 25). Pero lo más frecuente es que los evangelios afirmen que eran "hombres de poca fe" (Mt 8, 26; 14, 31; 16, 8; Lc 12, 28; cf. v. 22).
Todo esto resulta más extraño en el caso de Pedro, que fue reprendido por Jesús a causa de su exigua fe (Mr 14, 31). Y Jesús le llegó a decir que había rezado por Pero, para que no desfalleciera en su fe (Lc 22, 32), cosa que desgraciadamente debió ocurrir, ya que el mismo Jesús añadió enseguida: "Y tú, cuando te conviertas" (Lc 22, 32), o sea cuando vuelva de tu descarrío, "afianza a tus hermanos", lo que parece indicar que los demás apóstoles también fallaron en la fe.
¿Cómo se explica que quienes lo habían dejado todo, y se habían puesto a "seguir a Jesús", fueran hombres "sin fe" o "de poca fe"?
Los apóstoles, por boca de Pedro, confesaron su fe en Jesús como Mesías y como Hijo de Dios vivo (Mt 16, 15-16). Ellos, por tanto, aceptaron que Jesús era el Mesías. Pero lo que no aceptaron es que el mesianismo de Jesús se realizara, no mediante el triunfo y el poder, sino a través de la persecución hasta la muerte. Esto es lo que Jesús les dijo, a renglón seguido, de la confesión de Pedro, al anunciarles la pasión que le esperaba (Mt 16, 21). Y esto mismo es lo que Pedro no soportó, hasta llegar a increpar a Jesús (Mt 16, 22). Lo que produjo la reacción más fuerte y dura que hay en los evnagelios en boca de Jesús: "¡Apártate de mí, Satanás!" (Mt 16, 23). Jesús le dice a Pedro que es Satanás, o sea que encarna a Satanás o que se porta como el mismísimo Satanás. ¿Por qué? Porque el mesianismo que Pedro esperaba y quería era el mesianismo del triunfo, del poder y del éxito. Jamás el mesianismo del fracaso y de la persecución. Es lo mismo que le pasó el propio Pedro cuando no tolaraba que Jesús le lavara los pies. No era un acto de simple humildad. El problema estaba en que a Pedro no le cabía en su cabeza que el Mesías hiciera el oficio de los esclavos. El Mesías, es decir, el Salvador y la salvación (a juicio de Pedro) tenía que venir por los caminos de los notables y los importantes de este mundo. Es lo mismo que pretendían los "hijos de Zebedeo" (Santiago y Juan) cuando quisieron para ellos los primeros puestos en el Reino. Lo que produjo el enfrentamiento con los otros apóstoles, señal de que todos querían lo mismo.
No aceptamos que el camino de Jesús no es el camino de los triunfos y los poderes. Jesús no viviría en el palacio del Vaticano. Ni sería Jefe de Estado. Ni soportaría que para sus viajes se gastaran tantos millones de dólares como ahoar cuesta cualquier viaje del papa.
Creer en Jesús es duro. Es exigente. NO sólo por motivos de moralidad o de ejemplaridad. El problema es más serio. Se trata de ir o no ir por el camino que trazó Jesús para poder creer en él. Creer es fiarse de Jesús. O sea fiarse de veras de que el camino de salvación que él escogió es el único camino que puede sacar a este mundo de la miseria en que vivimos. Y está visto que eso no puede ir por el camino de los poderosos y selectos, sino por las veredas y vericuetos extraviados de los extraviados con los que se juntó y se identificó Jesús. Esto es lo más duro que tiene la fe. Pero también es lo único que que puede humanizar este mundo. Y así, traer salvación para todos.

jueves 2 de septiembre de 2010

ACLARACIONES AL TEMA ANTERIOR

Aclaro tres cosas, que ya han aparecido en los comentarios:

1. Cuando digo - casi al final - que "Para Pablo, la fe no relaciona con el "otro mundo", he querido decir: "Para Pablo, la fe nos relaciona con el "otro mundo". Ha sido una errata, una más, por descuido y prisas indebidas.
2. No es correcto atribuir a Pablo que él defendió la justificación por la fe, en contra de las obras... Eso no lo dijo ni Lutero. La Iglesia Católica y las Iglesias de la Reforma han suscrito un acuerdo sobre este asunto, que fue capital en las controversias del s. XVI. Utilizando el lenguaje de Pablo, "el hombre se justifica (se rehabilita ante Dios) por la fe, independientemente de la observancia de la Ley" (Rom 3, 28). Pero esa fe debe ser una fe coherente y, por tanto, ha de traducirse en una conducta.
3. A algunos puede sorprender que el Dios de Pablo no coincida con el Dios de Jesús. Es comprensible esta sorpresa. Pero eso no nos debe ni escandalizar, ni parecer absurdo. Porque Dios es inabarcable para el entendimiento humano. Y por eso, nada tiene de extraño que Pablo (que era un ser humano) entendiera a Dios de manera menos completa que lo que entendió y explicó Jesús. El Dios de Pablo es el Dios de Abrahán. Pablo, como buen israelita, entendió a Dios como lo podía entender un israelita de aquel tiempo. El Dios de Pablo no es falso. El Dios que Pablo tenía en su cabeza, como el que cada cual tiene en la suya, es siempre e inavitablemente un Dios incompleto, que no es abarcable en su totalidad. Porque Dios nos trasciende, es el Trascendente. Lo más que podemos conocer de Dios es lo que se nos ha revaldo en Jesús. Pero ya he dicho que Pablo no conoció a Jesús totalmente, sino parcialmente. Pablo conoció al Jesús glorificado, pero no conoció al Jesús terreno, antes de su glorificación mediante la resurrección. Pablo conoció al Jesús que, mediante la resurrección "fue constituido" Señor e Hijo de Dios (Rom 1, 4). Pero no conoció al Jesús anterior a la resurrección. Y sin embargo, la historia humana del Jesús terreno es constitutiva de la revelación que Dios nos hizo de sí mismo en Jesús. Este punto capital no es tenido en cuenta debidamente por muchos cristianos y por no pocos teólogos. Por eso hay tantos creyentes que, al referirse a Jesús, no se atreven a decir Jesús, sin más; no les gusta eso. Y se aferran a llamarlo Jesucristo o Nuestro Señor Jesucristo. Eso es una deformación que urge subsanar entre los cristianos.

EL DIOS DE JESÚS, EL DIOS DE PABLO

El tema de la fe nos ha llevado al tema de Dios. Y, dado que no es posible entender el uno sin entender el otro, me ha parecido conveniente decir algo - cuanto antes - sobre el problema de Dios. Para que así podamos comp'render mejor el problema de la fe. No intento convencer a nadie. Simplemente pretendo informar de datos que, a mi juicio, es conveniente conocer. Porque se trata de datos que, con frecuencia, no se tienen en cuenta. Y pienso que son datos de enorme importancia.
El Dios de Jesús es el Padre. Del que Jesús habla constantemente. Es el Padre bueno. Y es bueno con todos. El Padre que manda su sol sobre justos y pecadores; y la lluvia sobre buenos y malos. El Padre que acoge al hijo perdido, sin reprocharle nada, sin pedirle explicaciones, ni exigirle cuentas. El Padre que quiere tanto a su hijo extraviado, que, cuando vuelve a la casa, muerto de hambre, el Padre le pone lo mejor que tiene y le organiza una fiesta por todo lo alto. Pero, sobre todo, es el Padre que se nos da a conocer y se nos revela en Jesús. De forma que, cuando el apóstol Felipe le dice a Jesús "enséñanos al Padre", Jesús le contesta: "Felipe, ¿todavía no me conoces?". Y añade el mismo Jesús: "Felipe, el que me ve a mí, está viendo al Padre" (Jn 14, 8-10). Ver a aquel hombre, Jesús, que acababa de cenar con los demás y como los demás, en aquel hombre bueno se veía a Dios, se conocía a Dios. En el hombre Jesús, se revelaba Dios. Es decir, en Jesús, conocemos a Dios. Por eso, es una tesis fundamental de la teología del Nuevo Testamento que Jesús es el Revelador de Dios y la Revelación de Dios.
El Dios de Pablo es el Dios de Abrahán, el Dios de las promesas hechas a Abrahán (Gal 3, 16-21; Rom 4, 2-20). O sea, es el mismo Dios en el que Pablo, como buen israelita, sirmpre había creído y al que había adorado desde niño. Pablo no cambió su idea de Dios. Ni, cuando él relata su experiencia en el camino de Damasco (Gal 1, 11-16; 1 Cor 9, 1; 15, 8; 2 Cor 4, 6), utiliza para nada el vocabulario o el lenguaje propio de la "conversión", como bien ha observado S. Légasse. Ahora bien, es a partir de la idea de Dios, que tenía todo buen israelita, desde donde Pablo explica a Jesús. Pablo lo dice así: "cuando Aquél que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo...." (Gal 1, 15-16).
Pues bien, esto quiere decir que, en el caso de Pablo, conocemos a Jesús desde Dios. ¿Desde qué Dios? El Dios de Abrahán, el "Dios de nuestros padres", como lo denominan las tradiciones del Génesis. El Dios que las tribus nómadas del desierto. En este caso, el Dios desconocido, que se pierse en la noche de los tiempos, es el que nos explica a Jesús.
Por el contrario, en el caso de Jesús, conocemos a Dios desde Jesús. Es decir, en la humanidad, en la bondad, en la cercanía y en la entrañable generosidad de Jesús, ahí es donde conocemos a Dios y en quien conocemos a Dios.
El Dios de Pablo es el Dios que se reveló a Moisés en la zarza ardiendo (Ex 3, 1-6) y en la teofanía sobrecogedora (entre truenos y relámpagos) del Sinaí (Ex 34, 29-35); el mismo Dios que se reveló a Isaías en el Templo, entre ángeles, humos y temblores que hacían tambalearse los pilares del recinto santo (Is 6, 1 ss). El Dios de los ejércitos, el Yahvé Sebaot, que vence y destroza a sus enemigos....
El Dios de Jesús se revela a los discípulos en la pesca del lago: es lo que sintió Pedro y le hizo postrarse ante Jesús (Lc 5, 1-11). Pero el Dios, que Pedro percibió en Jesús, no es un Dios que se localiza en "lo sagrado" del monte santo o del templo consagrado. El Dios de Jesús se revela en "lo profano" del trabajo y la convivencia, que jamás produce miedo, sino que siempre ofrece acogida, salud, pan, respeto, tolerancia, cercanía, sobre todo cercanía a los más despreciados y desgraciados. Cuando Felipe preguntó por Dios (el Padre), Jesús le dijo: "Felipe, ¿tanto tiempo viviendo conmigo y todavía no me conoces?" Felipe preguntaba por Dios. Y Jesús se presentó como Dios. En Jesús, se veía y se palpaba a Dios.
Según es el Dios, en el que cada uno cree, así es la fe que cada cual tiene. Por eso Pablo nunca pudo hablar de la fe como Jesús habló de ese asunto. Para Pablo, la fe no relaciona con el "otro mundo". La fe que presenta Jesús nos mete de lleno en "este mundo". Se dirá que lo uno es compatible con lo otro. Es más, que lo uno es complementeario de lo otro. Y es verdad. Pero no es lo mismo sibirse al cielo y, desde la otra vida, mirar a la tierra y organizar esta vida, que meterse de lleno, encarnarse, en el espesor y hasta en la dureza de esta vida y de esta tierra. Y desde aquí, a fuerza de generosidad y persevenrancia, hacer soportable este mundo, con la esperanza de que (si todo esto es cierto y desde nuestras dudas y oscuridades) Dios nos concederá la plenitud de vida que anhelamos.
Es "peligroso" pretender organizar "esta" vida desde la "otra" vida. Yo prefiero esperar en la "otra" viviendo con honradez (en cuanto eso me es posible) en "ésta". Porque ya estoy cansado y escandalizado de quienes se ven a sí mismos como portavoces de los designios divinos. Y así, desde las verdades y decisiones absolutas de la otra vida, no dudan en complicarle esta vida a mucha gente.
Insisto: según es el Dios en el que uno cree, así es la fe que tiene. Y así es también la vida que vive.

miércoles 1 de septiembre de 2010

¿QUÉ ES LA FE CRISTIANA?

Según el Diccionario de la RAE, la fe es "la primera de las virtudes teologales: luz y conocimiento sobrenatural con que un ser se cree lo que Dios dice y la Iglesia propone". En este sentido, tener fe es aceptar una serie de verdades. Es, por tanto, esencialmente un acto intelectual. Pero, cuando hablamos de la fe, no nos referimos sólo a eso. Porque tener "fe en alguien" es "fiarse" de esa persona. Es, por eso, "confiar" y "ser fiel" (tener "fidelidad") hacia aquél en quien confiamos o en quien tenemos depositada nuestra fe. En este segundo signidicado, la fe ya no es esencialmente un "acto intelectual", sino una "experiencia", que nos lleva a fiarnos y a ser fieles, no ya sólo a lo que "dijo" el Señor Jesús, sino, antes que eso, a la "persona" misma del Señor Jesús. O sea, la fe cristiana, antes que fidelidad a las "verdades" que enseñó el Señor, es fidelidad a la "vida" que llevó el Señor.
Pero ocurre que el Señor Jesús, antes de ser el "Señor de la gloria", fue "Jesús de Nazaret". Es decir, antes de ser el Señor glorificado, fue el Jesús terreno. Por tanto, la fe cristiana es, por supuesto, fe en el Señor glorificado. Pero, antes que eso (y juntamente con eso), tiene que ser fe en el Jesús que, según los evangelios, reccorrió los caminos y aldeas de Galilea y, al final, fue asesinado en una cruz en Jerusalén. La fe cristiana no puede prescindir de la vida y de la historia de Jesús.
El problema que tiene el cristianismo es que la fe fue explicada, primero, por san Pablo (entre los años 50 al 55). Y mucho más tarde (entre los años 70 al 80) fue explicada por los evangelios. Y aquí empezó el problema. Porque Pablo no conoció al Jesús terreno. Pablo sólo conoció al Cristo Resucitado. Y, por consiguiente, explicó la fe, no como una experiencia que se refiere a algo que se vive en esta vida, sino como una experiencia que se refiere a verdades que trascienden este mundo y tienen su centro en el otro mundo. Por eso, cuando Jesús les decía a los enfermos: "Tu fe te ha salvado", se refería obviamente a que la confianza y la fidelidad, que aquellas pobres gentes ponían a Jesús, las liberaba de sufrimientos, penas y otras desgracias de esta vida. Mientras que, cuando Pablo dice "estamos salvados por la fe", se refiere a la salvación sobrenatural y eterna, algo que trasciende este mundo. Pero, además, el problema se complica cuando caemos en la cuenta de que Pablo presenta la fe como fe en Cristo crucificado, que sufrió y murió por nuestros pecados, y que así, con su pasión y su muerte, se constituyó en "sacrificio" de "expiación", que aplacó la ira de Dios contra los pecadores. Hasta el punto de que Pablo llega a decir que Dios "no perdonó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros" (Rom 8, 32).
Como es lógico, la fe que resulta de todo esto es una fe que: 1) consiste en aceptar verdades que no podemos conocer porque no están a nuestro alcance; 2) consiste en aceptar a un Dios que necesita el sufrimiento y la muerte de su propio Hijo, para perdonar a los que le ofenden, 3) consiste, por tanto, en creer lo que no podemos comprobar, ni demostrar, creer algo increíble, absurdo, que parece, más una patología mental, que una virtud o excelencia que merezca recompensa alguna.
Lo que acabo de decir es lo que afirman algunos autores, que ahora se leen mucho y llegan a mucha gente. Porque dicen cosas que dan que pensar.
Por todo esto, resulta evidente que, para comprender la fe cristiana, tenemos que empezar por la fe de Jesús y la fe en Jesús. La fe, que es "confianza", "fidelidad", que no se queda en meras "creencias" intelectuales, sino que es la entrega a Jesús, que produce en nosotros las "convicciones" más profundas y determinantes de nuestra vida. Una convicción se define por el hecho de que orientamos nuestro comportamiento conforme a ella. El que está convencido de que tiene que hacer una cosa, la hace. Y si no la hace, es que no existe la convicción. Creer en Jesús, creer en el Evangelio, es estar convencido de que tenemos que vivir como vivió Jesús: Es decir, tenemos que vivir los valores que enseñó Jesús. Y rechazar lo que sabemos rechazó Jesús.
Hay gentes alejadas de la Iglesia, que, sin embargo, se acercan a lo que vivió Jesús. Y se acercan a los ideales del Evangelio bastante más que no pocos "hombres de Iglesia", que aceptan títulos, honores, dinero.... Por supuesto, los hay también que son ejemplares y heroicos. Pero, ¿se comprende ahora por qué, en la entrada anterior de este blog, he hablado de la fe de los "ateos" y del ateísmo de los "creyentes"? Si releen esa entrada, verán que yo me refería solamente a determinados casos, que aparecen en los evangelios (el centurión la mujer siro-fenicia, el samaritano, los publicanos y las prostitutas). Como me refería solamente a los sumos sacerdotes y senadores del Templo de Jerusalén. Pero ya ven: tenemos motivos y argumentos muy serios para pensar que el problema de la fe es mucho más hondo y más serio de lo que algunos se imaginan.
Mi conclusión, por hoy, es clara: la fe cristiana empieza por la fe-confianza, que es entrega y fidelidad a Jesús, a la vida que llevó Jesús, a los ideales y valores que inspiraron aquella vida. Y, a partir de ahí, leemos e interpretamos lo que escribió Pablo y lo que pensó Pablo. ¿Por qué Pablo pensó así y dijo lo que dijo? De esto hablaremos en una próxima entrada. Por hoy, ya basta.
 
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