lunes 26 de julio de 2010

VACACIONES

Amigos y amigas visitantes del blog, desde hoy me tomo unos días de descanso. Antes de mediados de agosto retomaremos la tarea. Agradezco a todos vuestra colaboración, las interesantes aportaciones que hacéis y, por lo que mí respecta, lo mucho que aprendo de vuestros comentarios y la valiosa ayuda que prestáis para que esta sencilla iniciativa siga adelante.
FELIZ DESCANSO A TODOS.
José María Castillo

viernes 23 de julio de 2010

LA LEY NATURAL

En los comentarios, que hacen los visitantes de este blog, con frecuencia se recurre a la "ley natural". Como es un asunto al que algunos le conceden notable importancia, me ha parecido que puede ayudar a los lectores aclarar algunas cuestiones relativas a esa ley.
Lo más elemental: en todos los manuales de filosofía y de ética (los que hablan de este tema), lo primero que se explica es que no es lo mismo la ley "natural" que la ley "positiva". La ley "natural" (si es que existe) es la que está inscrita en la naturaleza del ser humano, de forma que todo ser humano, por el solo hecho de serlo, por eso lleva en sí la ley "natural", como lleva en sí todo lo que es "natural" al ser humano, por ejemplo, respirar, tener hambre, sufrir, morir... La ley "positiva" es la que brota, no de la "naturaleza" humana, sino de una "autoridad" (religiosa, civil, militar...). Si la autoridad es religiosa, en ese caso, la ley ya no se percibe por la "naturaleza", sino por la "fe" (por la "creencia"). El acto religioso no es nunca (ni puede serlo) una "necesidad natural", sino que es siempre una "creencia libre". Si deja de ser libre, deja de ser meritorio y, por tanto, deja de ser religioso. Por tanto, no se puede decir que los "diez mandamientos" pertenecen a la ley natural. Los diez mandamientos pertenecen a la Ley de Moisés. Y así los han vivido siempre los israelitas. Y no vale decir que fue Dios el que le dictó esa ley a Moisés. Aparte de que eso necesita sus debidas matizaciones, los que creen que esos mandamientos se los dictó Dios a Moisés, creen eso por un "acto de fe", no por una "necesidad de la naturaleza", que (por definición) es la misma para todos, lo mismo para los israelitas creyentes que para los habitantres de Australia o de la Patagonia.
No entro aquí a explicar las muchas y complicadas explicaciones que se le han dado a la llamada "ley natural", desde Aristóteles, pasando por santo Tomás de Aquino, hasta los incontables comentarios que se han escrito sobre el concilio Vaticano II y sobra la encíclica Humanae Vitae, de Pablo VI. Lo que quiero dejar claro es que la idea misma de "Ley Natural" entraña, como supuesto previo, que existe una naturaleza común y esencial, que es igual en todos los seres humanos, independientemente de las condiciones históricas y culturales. Lo cual es evidente cuando se trata de cosas tan "naturales" como son, por ejemplo, las necesidades biológicas básicas. Pero, ¿se puede afirmar lo mismo de las exigencias de la moral católica, cuando se refiere, por ejemplo, al matrimonio monógamo e indisoluble y siempre abierto a la vida, a la prohibición tajante del aborto en todos sus supuestos, a la maldad de la masturbación o cualquier posible unión homosexual?
Como respuesta a esta pregunta, planteo la siguiente reflexión. Tanto en antropología, como en paleontología o biología, se da por demostrado que la existencia de la especie humana, que "alcanzó el tipo de inteligencia necesario para establecer una civilización", existe desde hace cien mil años (E. Mayr, en Bioastronomy News, 7, nº 3, 1995). De estos cien mil años, sólo conocemos por la historia unos cinco mil. Es decir, los seres humanos han vivido en este mundo seguramente 95.000 años sin que sepamos casi nada de cómo vivían y menos aún de las ideas morales que tuvieran o pudieran tener aquellos lejanos y desconocidos antepasados nuestros.
Pues bien, si efectivamente existe la llamada "ley natural", y esa ley incluye todo lo que enseñan algunos libros de moral y no pocos catecismos, entonces hay que suponer que toda la gente, que ha habido en el planeta Tierra desde hace cien mil años, veían y pensaban que eran cosas malas y perversas la fornicación fuera del matrimonio, el matrimonio que no se restringía a la unión entre un hombre y una mujer, como compromiso indisoluble y abierto siempre a la vida, además pensaban que la masturbación era una cosa antinatural, al igual que las relaciones homosexuales, por no aludir a prohibiciones más sutiles de la moral católica como los malos pensamientos, las malas miradas y los malos deseos.
Si es que tomamos en serio la existencia de la ley natural, vamos a tomar en serio también sus exigencias y sus consecuencias. Pero, ¿se puede tomar realmente en serio que los hombres y las mujeres de hace 50.000 o 70.000 años, cuando copulaban o se apareaban, para procrear o simplemente para satisfacer un instinto natural, tenían en sus cabezas todo lo que dicen algunos moralistas católicos que es obligatorio "por ley natural"?
"Natural" es comer o dormir. Por eso comían y dormían las gentes de hace miles de años. Como ahora lo hacen los individuos de tribus amazónicas o africanas; y lo hacemos en Europa y Asia. Pero, ¿es imaginable que suceda lo mismo cuando nos ponemos a hablar de las propuestas éticas de Sófocles o Aristóteles, de Cicerón y Lactancio, de Tomás de Aquino y F. Suárez, de los manuales de Arregui y Zalba, de los catecismos de antes del Concilio, durante el Concilio y después del Concilio?
Yo aconsejaría simplemente que, cuando hablamos de temas que tienen una larga y complicada historia, por lo menos nos informemos debidamente antes de hablar.

miércoles 21 de julio de 2010

LOS SAMARITANOS Y NOSOTROS

Los evangelios se refieren con frecuencia a los samaritanos. Porque las relaciones entre judíos y samaritanos, en tiempos de Jesús, eran tensas y hasta conflictivas. Samaría fue fundada por Omrí hacia el 880 (1 Re 16, 24). Después de la deportación del 772, su población era una mezcla de razas (2 Re 17, 3-6, 24). En el s. I, los samaritanos eran tratados como heréticos y se les tenía como legalmente impuros (Lc 9, 52; Jn 4, 9; 8, 48). Uno de los motivos de enfrentamiento era el hecho de que los samaritanos no iban jamás al templo de Jerusalén porque ellos se habían construido su propio templo en el monte Garizín. De ahí la intolerancia mutua entre judíos y samaritanos.
No es ningún despropósito decir que los samaritanos eran separatistas y nacionalistas intolerantes. Y algo parecido les ocurría a los judíos en sus relaciones con las gentes de Samaría. De forma que, entre unos y otros, ni darse un vaso de agua, o simplemente dirigirse la palabra (Jn 4, 8-9). Y hasta se le negaba hospedaje en Samaría a cualquier judío que se dirigiera a Jerusalén (Lc 9, 52). Está claro que el rechazo y la intransigencia de aquellas gentes, en la Palestina del s. I, era más fuerte que todas nuestras intolerancias y nuestros nacionalismos de ahora. Con esta situación se encontró Jesús, que era judío y era visto como judío por la gente de Samaría (Jn 4, 9).
Pues bien, ¿qué hizo Jesús en una situación así? Cuando en un pueblo de Samaría se negaron a recibir a Jesús, los apóstoles Santiago y Juan querían que a las gentes de aquel pueblo les cayera un rayo del cielo y los aniquilara (Lc 9, 54). La reacción de Jesús fue tremenda: "se volvió e increpó" (Lc 9, 55) a aquellos dos apóstoles fanáticos e intolerantes. O sea, Jesús no sólo pasó por alto de aquella humillación, sino que incluso "increpó" ("prohibió severamente" = epitimáo) a sus amigos más cercanos que buscaban castigo y venganza.
Pero lo de Jesús con los separatistas samaritanos fue mucho más fuerte. Uno de los episodios más populares y conocidos de los evangelios es la parábola del buen samaritano. El relato (Lc 10, 25-37) da que pensar. Porque, si como bien explican los más entendidos (J. Jeremias, E. Biser, W. Harnisch, J.D. Crossan), a la parábola se le quita el envoltorio exhortativo al amor fraterno, que le puso el evangelista Lucas (Lc 10, 25-29; 36-37), y nos quedamos con la sola parábola, el relato original, tal como lo cuenta Jesús (Lc 10, 30-35), resulta que lo que esta historia les presentó a los judíos fue a un indeseable hereje, a un impuro samaritano, a un despreciable separatista, como el modelo de lo que es una buena persona que se compadece y se porta bien. ¿Con quién? Con quien fuera. A fin de cuentas, con un ser humano, que podía ser judío (lo más seguro, en el caso de "un hombre que bajaba de Jerusalén" (Lc 10, 30)). Pero es que, para Jesús, eso daba lo mismo. Allí había un ser humano, que se veía necesitado. Y está claro que, para Jesús, lo que importaba no es de dónde era, sino quién era. Y si es un ser humano, se le quiere y se le ayuda, sea de donde sea y sea quien sea.
Pero la parábola va más lejos. Porque, como es bien sabido, el relato también habla de un sacerdote y de un levita, que vieron al necesitado, dieron un rodeo y pasaron de largo (Lc 10, 31-32). Es más, del sacerdote se dice que "bajaba de Jerusalén" (Lc 10, 30). O sea, no iba hacia el templo, sino que venía del templo. Con lo que Jesús estaba diciendo: el representante oficial de la religión (sacerdote), que vanía del centro oficial de lo religioso (templo), ése precisamente es el "anti-modelo", al que no hay que imitar. Mientras que el "modelo", al que hay que parecerse, es precisamente el más odiado y despreciado, el indigno samaritano.
Si Jesús escogio, para su relato a estos personajes, y si los presentó así en la parábola, sin duda alguna no lo hizo por mera casualidad. Ni por rechazo a los representantes de Dios. Jesús contó esta historia, como la contó, para que quedase claro, de una vez por todas, que no podemos ir por la vida aceptando a unas personas y rechazando a otras. Es evidente que Jesús estaba harto de enfrentamientos y divisiones, de desprecios mutuos y de conflictos, de amenazas y de insultos. Y por eso Jesús no dudó en ser provocativo. Para decir con fuerza ¡BASTA YA!. Lo primero es que todos somos seres humanos. Y todos nos necesitamos unos a otros. Y eso tiene que ser lo primero. Por encima de nacionalidades, colores, ideologías, intereses y presuntos derechos, que nadie sabe de dónde vienen.
Por eso Jesús no le ofreció agua a la samaritana, sino que le pidió agua a aquella mujer poco edificante (Jn 4, 7. 17-18). Y tuvo la libertad de decirle a aquella misma mujer de Samaría que se había terminado el tiempo de los templos que nos dividen a los humanos. Porque ha llegado el tiempo de adorar a Dios "en espíritu y en verdad" (Jn 4, 24). Jesús no era un estúpido que le pedía a la gente que renegara de su historia y de su cultura. Eso no se lo pidió Jesús a nadie. Lo que Jesús quería (y quiere) es que nos respetemos, nos aceptemos en nuestras diferencias, y que seamos capaces de dejar vivir. Sin pretender que todos piensen, sientan y quieran lo que yo pienso, siento y quiero. Nada tiene de extraño que los vecinos de aquella mujer le pidieran a Jesús que se quedara en su pueblo unos días. Y allí se quedó con ellos (Jn 4, 40).
Y todavía un detalle más. Cuando Jesús curó a diez leprosos (Lc 17, 11-19), resultó que uno de ellos era samaritano. Y mire Usted por dónde el único que volvió a darle las gracias a Jesús, por la salud recuperada, fue precisamente el samaritano. Los otros nueve, como eran judíos y fueron a cumplir con el trámite legal de acudir al templo, con eso vieron que habían cumplido. Mientras que el hereje samaritano, como no tenía más creencia que su propia humanidad, hizo lo que esa humanidad le pedía: ir a dar las debidas gracias al que lo había sanado. La cosa está clara: las religiosidades observantes y excluyentes nos deshumanizan. Mientras que quien no lleva más equipaje que su propia humanidad, ése es la persona que resulta entrañable.
A Jesús lo insultaron los dirigente judíos llamándolo "samaritano" y diciendo que llevada dentro un demonio (Jn 8, 48). ¡Qué malos son los sentimientos religiosos y nacionalistas que se traducen en desprecios e insusltos! ¡Qué peligro tiene todo eso! Decididamente, el Evangelio es posiblemente uno de los libros de mayor actualidad. Y, en todo caso, está visto que el Evangelio, antes que un libro de religión, es el mejor manual de la más humana convivencia.

domingo 18 de julio de 2010

LO DECISIVO ES ESCUCHAR

El evangelio de la misa de hoy (18.VII.10) ofrece una de las claves fundamentales de la vida. Una clave que explica por qué hay personas que pasan por la vida haciendo el bien. Y por qué hay otras personas que pasan por este mundo como una apisonadora, actuando con peso y fuerza, pero haciendo eso para aplastar a todo el que se les interpone en el camino de la vida.
´Hoy leemos el conocido episodio de aquellas dos hermanas, Marta y María, que acogieron a Jesús en su casa. Marta se afanaba por hacer cosas, para servir a Jesús. María se quedó "sentada a los pies del Señor" y "escuchaba su palabra" (Lc 10, 38-42). Los autores cristianos, especialmente los que han escrito sobre temas de espiritualidad, han visto en estas dos mujeres los dos modelos ejemplares de la espiritualidad: la "vida activa" (Marta y los apóstoles) y la "vida contemplativa" (María y los místicos). Acción y contemplación, dos formas de entender la vida, que han dado pie a interminables discusiones. Y, de paso, advierto que este problema es antiguo, muy antiguo, anterior al cristianismo, puesto que ya los griegos discutían de estas cosas (Aristóteles, en la Ética a Nicómaco y Plotino, en sus Enéadas). Entre los "padres de la Iglesia", escribió páginas sublimes sobre este asunto san Gregorio Magno.
Pero a mí me parece que, por más interesante que resulte toda esa literatura espiritual y especulativa, hay algo previo a todo eso, que es (según creo) el meollo de la cuestión. Marta "hacía cosas" por Jesús. María "escuchaba" a Jesús. Dos posicionamientos muy distintos ante alguien: "ser para" o "estar con" (Ph. Lersch). Todos necesitamos que haya quien nos ayude, quien nos eche una mano, que haya alguien que haga algo por nosotros. Esto es cierto y nadie lo duda. Pero, si la cosa se piensa detenidamente, lo que más necesitamos todos es que haya quien nos preste atención, quien nos dé su tiempo, alguien que nos escuche, sin prisas, con interés y atención, alguien para quien yo soy interesante, alguien que está dispuesto a aprender de mí porque lo que yo soy y lo que yo vivo le interesa, la preocupa. Lo cual hace que yo me sienta bien, me sienta importante y perciba que tengo delante de mí a alguien que no se interesa "por mis cosas", sino que se interesa "por mí". Nos duele mucho y nos bloquea la mente y la palabra, cuando estamos hablando con otra persona que empieza a mirar de reojo al reloj, que se fija en otras cosas, que no es capaz de mantener su mirada en mi mirada. Y, sobre todo, lo que más fastidia y hasta irrita es cuando alguien nos corta, dice otra cosa que nada tiene que ver con lo que yo estoy diciendo y me demuestra así que yo le intereso un bledo. Me fastidia enormemente cuando estoy con una persona que sólo sabe responder, pero que jamás pregunta. Porque así me está diciendo que sólo le interesa lo que él sabe, no lo que yo sé. Y me está diciendo tambiém que soy yo el que tiene que aprender de él, mientras que él no tiene que aprender nada de mí. Esto ocurre con demasiada frecuencia.
Y sobre todo ocurre en los ambientes religiosos. Porque son ambientes en los que se manejan verdades "indiscutibles" y "dogmas" de los que no se puede dudar. Hay gente que toma esas verdades al pie de la letra. Y se traga esos dogmas tal como a ellos les suenan. De ahí nacen los fundamentalistas, los intolerantes, los autoritarios, los fanáticos. Por el contrario, el que escucha, al escuchar demuestra que sabe que tiene que aprender. ¡Cuánto necesitamos esto los creyentes! Estamos dispuestos a hacer lo que sea por los demás, pero con la conciencia de que no tenemos nada que aprender de los demás. Sinceramente, cada día veo más claro que esa postura es la actitud más orgullosa, más autosuficiente, más infantil y hasta más humillante que se puede adoptar en la vida. Lo confieso: me da asco el dogmatismo. Y siento una inmensa ternura ante la persona que lo deja todo por escucharme, por interesarse de lo que yo digo, siento, pienso o deseo.
Un día vi en un taxi una placa metálica en la que se hacía esta advertencia: "Por favor, no me cuente Usted su vida". Hay gente que alquila un taxi, no para ir a algún sitio, sino para que el taxista le escuche. Hay gente que vive en una espantosa soledad y aislamiento. Porque nadie quiere eschcar a nadie. Y por eso hay gente que paga a un psicólogo, para que durante una hora escuche. Porque nadie escucha: ni el marido a la mujer, ni el padre al hijo, ni el jefe al empleado, ni el vecino al vecino. Nunca hubo tantos medios de comunicación. Y seguramente jamás hubo tanta incomunicación como ahora.
María "escogió la mejor parte". Es la actitud más humana, la que más acerca a las personas, a los pueblos, a las culturas y a las religiones. Si cuando entramos en este blog, adoptamos la postura de María, si no andamos "inquietos y nerviosos", como le pasaba a Marta, este blog nos podra enriquecer a todos. ¿No es cierto que, a veces, entramos en el blog con la conciencia (inconsciente) de que "voy a ver qué dice hoy fulano, para mamdarle un mensaje..."? Si de verdad desterramos ese tipo de posturas, este blog será un lugar de encuentro, de apredizaje y hasta de amistad, que a todos - empezando por mí - nos va a humanizar mucho. Y eso es lo más grande que nos puede pasar en la vida. No sólo porque así seremos buenas personas, sino además porque de esa manera palparemos que se cumple lo que dijo Jesús: "El que a vosotros escucha, a mí me escucha; y el que me escucha a mí, escuha al que me envió" (Lc 10, 16; cf. Mt 10, 40; Mc 9, 37; Mt 18, 5; Lc 9, 48; Jn 13, 20). Hay una corriente de vida en la escucha, en la acogida, en el "estar con". Es la corriente de vida que, como un manantial que trasciende lo humano, rebasa el horizonte último del ser y nos abre al Trascendente, en el humilde o modesto acontecer de lo cotidano, lo inmanente, lo más nuestro.

viernes 16 de julio de 2010

"SÓLO EL AMOR ES DIGNO DE FE"

Noto en el blog, desde hace no muchos días, un palapable aumento de comentarios que producen la impresión de que, en lugar de construir, parece que consideran más importante destruir, desautorizar, agredir a alguien, unas veces, a mí; en otros casos, a los demás visitantes del blog. No sé si esto se viene produciendo por mera coincidencia o, si más bien, responde a otro motivos. No lo sé. Ni me interesa. Ni me preocupa. Hoy escribo esta entrada en el blog para decir tres cosas:
1. Que todo el que entre en este blog, para escribir algón comentario, se sienta completamente libre para expresar sus puntos de vista, sus opiniones, sus propuestas, etc.
2. Que eso se haga siempre con suma delicadeza y respeto, sin descalificar a nadie, sin decir nada que pueda resultar lesivo para alguinen, con sumo respeto a todos y con anchura de corazón para ser tolerante con quienes ven las cosas y piensan de manera distinta a como cada cual piensa.
3. Que si alguien entra en este blog con la pretensión (oculta o disimulada) de "reventar" lo que aquí se propone o se dice; o si entra con la intención de "desprestigiar" el blog o de "aburrir" a quienes aquí expresamos tranquilamente y con libertad nuestras ideas y nuestros deseos - si es que hay alguien que viene aquí con semejante proyecto - sepa desde ahora que pierde el tiempo. Lo advierto ya. Este blog tiene una línea de pensamiento suficientemente bien definida. Y no la voy a modificar por lo que digan o dejen de decir determinados visitantes. Por supuesto, quienes estén en desacuerdo con lo que aquí se dice, están en su derecho de disentir (siempre respetuosamente) o de sencillamente de irse a oitro blog o de abrir cada cual el suyo. Pero, insisto, lo que no van a conseguir es eburrirme u obligarme a pensar y balar de otra manera.
Una vez dicho esto, pido sumo respeto a todos. Si advierto que esto genera polémica, me sentiré en la libertad de suprimir aquellos comentarios que provoquen enfrentamientos. Por eso he titulado esta entrada con el mismo título que el gran teólogo, que fue Hans Urs von Balthasar, le puso a uno de sus más bellos libros: "Sólo el amor es digno de fe".

jueves 15 de julio de 2010

ÉTICA SIN MISERICORDIA

Me ha llamado la atención la cantidad de comentarios que ha motivado el tema de la ética, muchos más que ningún otro tema (según creo) en este blog. Está claro que los problemas, que plantea la ética, interesan vivamente y motivan a muchas personas a escribir. Pero debo confesar que, al igual que la "cantidad" de comentarios, más aún me ha llamado la atención el "alambicamiento" especulativo de la mayoría de esos comentarios. Con frecuencia olvidamos (yo, por supuesto, también) que la ética no se inventó para hacer consideraciones abstractas sobre ella, sino para ponerla en práctica, para integrarla en nuestras vidas, para que sea la fuerza determinante de lo que hacemos. Y también de lo que dejamos de hacer. Pero de esto último, del llamado "pecado de omisión", hablaremos otro día.
En lo que hoy quiero fijarme es en que la ética, cuando se pone en práctica despojada de misericordia, se convierte en un peligro. Porque fácilmente resulta ser una máquina de violencia. Baste pensar en esto: todos los dictadores que en el mundo han sido, los tiranos, los genocidas, casi todos los violentos que han pasado por la historia, cometieron sus violencias invocando los más altos principios éticos: la justicia, la libertad, los derechos de las personas y de los pueblos, la dignidad de la patria, etc, etc. Y tenían que hacerlo así. Porque todo el que comete agresiones y violencias, si no quiere quedar como un canalla, tiene que "legitimar" lo que hace, tiene que "justificar" sus crímenes o simplemente sus atropellos y faltas de respeto a los demás. Pues bien, para maquillar todo eso, para que las violencias y agresiones resulten "presentables", el recurso a los más nobles principios éticos es un procedimiento que da buenos resultados, por lo menos para engañar y embaucar a los ingenuos.
Por esto se comprende la extraordinaria habilidad que tienen los "maestros de la mentira", los notables de la política, de la economía, de la religión (sean del color que sean), para presentar como amor lo que es odio, para decirnos que es paz lo que es violencia, para afirmar como verdad lo que es mentira. Y así sucesivamente.
Al decir estas cosas, no me resisto a recordar aquí un verbo griego, que se repite en los evangelios, casi siempre aplicado a Jesús. Se trata del verbo splanchnizomai que significa "conmoverse entrañablemente". Literalmente, se trata de un verbo que no tiene traducción al castellano, ya que "sentir compasión" o "tener lástima" no dan idea exacta de lo que significa ese verbo. Téngase en cuenta que el verbo viene del sustantivo splanchna que significa "entrañas", "vísceras". Por tanto, cuando los evangelios utilizan ese verbo, para expresar lo que motivaba a Jesús para hacer lo que hacía, lo que en realidad afirman los evangelios es que la conducta de Jesús estaba motivada y su motor era, no sólo ni principalmente los "motivos éticos", sino la "conmoción visceral" que sentía ante el sufrimiento de la gente, sobre todo cuando se trataba de enfermos, hambrientos, mendigos, gentes excluidas y maltratadas por la vida. Recomiendo la lectura de estos textos (en su contexto): Mt 9, 36; 14, 14; 15, 32; 20, 34; Mc 1, 41; 6, 34; 8, 2; 9, 22; Lc 7, 13; cf. 10, 33; 15, 20. Es evidente que la fuerza que movilizaba a Jesús a actuar era algo previo a cualquier idea y a cualquier teoría: el sufrimiento de los inocentes, de los débiles, de los extraviados, no necesita justificación teórica ninguna para movilizarnos a actuar. Y, por el contraro, cuando actuamos motivados por ideologías que nos han inculado, corremos el riesgo de actuar (o de no actuar) al servicio de los intereses del ideólgo de turno, por más títulos que tenga y por más sublime que sea su discurso.
Créanme, leyendo algunos comentarios, de los que entran en este blog, siento pena y lástima. Porque no hay que ser un lince para darse cuenta de que quienes hablan así, no son sino la "voz de su amo". Personas a las que les han anulado el pensamiento y, sobre todo, les han reprimido y bloqueado las entrañas, no pueden dar de sí otra cosa. Van por la vida como altavoces de quien los ha anulado. No me refiero a nadie en concreto. Y, sobre todo, no señalo a nadie con el dedo. ¿Quién soy yo para cometer semejante felonía? No. Lo que acabo de decir, lo digo por todos y para todos. Empezando por mí. Y, por supuesto, el que tenga las manos limpias, que tire la primera piedra.

lunes 12 de julio de 2010

ÉTICA DE LO PÚBLICO, ÉTICA DE LO PRIVADO

Han comenzado a entrar, en este blog, una serie de comentarios en los que se repite machaconamente una misma idea, que, en el fondo, viene a decir: "lo que tenemos que hacer es centrarnos en el Evangelio, pero en el Evangelio interpretado tal como lo interpreta el papa, y nada más que el papa, teniendo en cuenta la siempre maravillosa y refescante liturgia...", etc, etc, etc. No pienso ponerme aquí a discutir ni una sola de esas afirmaciones. Respeto los puntos de vista de los demás, con tal que cada cual se exprese con el debido respeto, la debida tolerancia y la estima que todos los seres humanos merecemos.
Por eso, en lugar de decir: "Usted tiene razón, Usred no la tiene...", paso a presentar un problema que me preocupa. Y me preocupa mucho. Me refiero a la enorme importancia, que, en ciertos ambientes clericales, se le concede a la ética de lo privado y, al mismo tiempo, el desinterés por la ética de lo público. Es un problema que me llama mucho la atención. Y que me da que pensar.
Me explico. La "ética de lo privado" es la que se refiere a los asuntos que conciernen a la vida privada de las personas: las ideas, las convicciones, las creencias, las relaciones interpersonales, los sentimientos, la sexualidad, el amor y el odio, etc, etc. Por el contrario, la "ética de lo público" es la que se interesa por los asuntos que determinan la vida ciudadana, lo público; como es, por ejemplo, el dinero y la economía, la responsabilidad profesional, la política, la honradez y honestidad en todo cuanto afecta a la vida de la sociedad.
Hecha esta distinción, de forma muy sencilla y sin meternos en más profundidades, lo que aquí quiero decir es que me llama la atención, me preocupa y, a veces, me indigna la obsesiva procupación de la Iglesia y sus dirigentes por todo cuanto se refiere a la ética privada, al tiempo que se callan escandalosamente en casi todo lo que se refiere a la ética de lo público, por más que en ello estén en juego asuntos de suma gravedad. Lo estamos viendo. La insistente preocupación del papa y los obispos por los problemas relacionados con la sexualidad y, al mismo tiempo, el incomprensible silencio de esas mismas jerarquías en los asuntos que se refieren a la crisis económica o la corrupción política. Todo esto es algo que se hace duro de entender, por no decir que es incomprensible. Concretando más: la Jerarquía clama contra el aborto; y está en su derecho; y debe hacerlo, siendo fiel a sus principios. Pero, si es que es cierta su gran procupación por la defensa de la vida, ¿por qué el papa está callado ante el anorme genocidio que se viene cometiendo en ciertos países de Africa, por ejemplo en la región de los Grandes Lagos de África, que comprende la República Democrática del Congo, Uganda, Ruanda y Burundi, por causa de la voracidad criminal de las grandes multinacionales que se enriquecen con el fabuloso negocio del coltán (columbo-tantalina), del que se extrae el tántalo que es capital para la industria electrónica, en la fabricación de los condensadores que hacen posible el funcionamiento de nuestro teléfonos móviles? En la región de los Grandes Lagos, ya no es posible contar el número de millones de muertos, de pueblos enteros desplazados, los espantosos campamentos de refugiados, el hambre, la miseria extrema.... Y todo esto se sabe en Roma. Pero Roma calla escandalosamente. Es un silencio que clama al cielo. El papa estuvo en África y yo no sé cómo se las apañó, pero el hecho es que lo que más dio que hablar fue lo que dijo contra los anticonceptivos (ética de lo privado), al tiempo que no denunció, con la debida claridad y precisión, ante el mundo entero, el negocio canalla del coltán. ¿Por qué el papa no condena, de una vez, la pena de muerte, con la misma energía con que condena el aborto?
Hacer una lista completa de estas incoherencias sería interminable. Con lo dicho basta para que las personas, a quienes de verdad les preocupe la defensa de la vida y la dignidad y derechos de las personas, se pregunten (nos preguntemos todos) si en nuestros criterios morales, si en nuestra vida misma, lo que más nos interesa es defender la vida o defender al papa.
Condenar los pecados de la vida privada, es algo que no suele acarrear problemas al que condena eso. Condenar los abusos del gran capital mundial y los delitos de los más poderosos de este mundo, eso es muy peligroso. En ello la Iglesia se juega mucho. Seguramente mucho más de lo que imaginamos. De donde se sigue lo que todos estamos viendo: el papa en su trono, aplaudido y admirado por su fieles incondicionales; los desgraciados de África en sus campos de refugiados y en sus guerras, en sus hambrunas y en su miseria. Y nosotros, Vd y yo, amigos visitantes de este blog, tan campantes. Eso sí, discutiendo de nuestros ridículos enredos, para que quede claro que el papa tiene la última palabra, o quizá que la tiene el que se mete aquí como sedicente portavoz del papa. ¡Verdaderamente, damos pena! ¡MUCHA PENA! Por lo ridículos que somos. Y que quede clara una cosa: si digo todo esto es porque sé que el papa tiene una enorme autoridad moral en el mundo. Y digo estas cosas, no para desautorizar al papa. ¿Quién soy yo para eso? Lo que quiero es precisamente que el papado recupere la autoridad perdida. Y que ponga esa autoridad al servicio de lo que la puso Jesús: al servicio de los más desgraciados de este mundo. Ni más ni menos que esto.

sábado 10 de julio de 2010

LOS PAPAS DE AVIÑÓN

Estos días se habla del gran Festival de teatro de Aviñón. Entre otras razones, porque está llamando poderosamente la atención la puesta en escena que el director suizo Christoph Marthaler está realizando con su espectáculo Papperlapapp, algo así como un blablablá en alemán. Como era de esperar, el espectáculo ridiculiza el boato, el lujo, las ambiciones y las intrigas de los papas de Aviñón, que provocaron el "Gran Cisma", desde 1378 hasta 1417. Esta historia es bien conocida y no es éste el momento de repetirla. Lo que quiero destacar aquí es que, una vez más, la historia y el arte escénico nos recuerdan hechos dolorosos, que fomentan (pretendiéndolo o no) lo ridículo y vergozoso que hay en la larga historia de la Iglesia, al tiempo que se nos pasa inadvertido el problema de fondo, el enorme e irresuelto problema, que vino a plantear (a la Iglesia y su teología) aquel cisma.
Se trata, en efecto, de un problema de enorme actualidad. Porque lo que el "Gran Cisma" planteó fue nada menos que el problema que consiste en saber quién tiene (o debe tener) el poder supremo y la responsabilidad última en el gobierno de la Iglesia. Un asunto que, por más extraño que parezca, a estas alturas está sin resolver, si hablamos de ello desde el punto de vista de la teología (y de la fe), por más que jurídicamente esté resuelto a favor del poder del papado.
Me explico. Lo que la historia de los papas de Aviñón planteó es que, un buen día, la Iglesia se encontró con dos papas. Y, a partir de junio de 1409, con tres. Nadie sabía, ni podía saber, si había o no había papa en la Iglesia. Y si lo había, quién era el verdadero, ya que los tres reclamaban para sí el poder supremo. ¿Conclusión? Un autor del tiempo, Thierry de Niem, la dedujo de inmediato: "En esta Iglesia y en su fe, se puede salvar cualquier ser humano, por más que en el mundo entero no se pueda encontrar papa alguno". Ahora bien, estando así las cosas, urgía buscar una solución. El Papado no podía darla. La salida del atolladero no se podía encontrar nada más que en el Episcopado. Y así se hizo: se convocó el Concilio de Constanza (1414-1418) que afirmó que el poder supremo en la Iglesia está en el Concilio General, es decir, en el Episcopado, al que se tenía que someter incluso el papa. Así pues, los tres presuntos papas quedaron depuestos y se puso uno nuevo. Esta misma solución fue reafirmada, en 1431, en el Concilio de Basilea. De donde surgió la teología del "Conciliarismo". Pero sabemos que el Papado no podía tolerar una situación así por mucho tiempo. De ahí que, en 1439, el Concilio de Florencia definió taxativamente: "La Santa Sede Apostólica y el Romano Pontífice tienen el primado sobre la Iglesia universal".
Pues bien, después de estos hechos, lo que quedó claro es que el Papado tiene el poder supremo en la Iglesia. Pero no sólo el Papado. También el Epicopado es sujeto de suprema potestad, como lo reconoció y lo afirmó el Concilio Vaticano II (LG 22). Pero, entonces, ¿qué relación tiene que existir entre ambos sujetos de poder? El Vaticano II no pudo dar respuesta a esta pregunta. Y lo que ocurrió es que lo que "teológicamente" no quedó resuelto por el Concilio, el papa Juan Pablo II lo resolvió "jurídicamente" mediante el Código de Derecho Canónico (can. 331; 333, 2; 337).
El hecho es que todo el régimen y funcionamiento de la Iglesia está construido sobre una "eclesiología incompleta". No sólo por lo que acabo de explicar sobre el papel del Episcopado, sino algo más radical: ¿qué papel, qué derechos y qué deberes tiene en todo este asunto el Laicado, la "Comunidad de los creyentes"? Nos queda mucho camino por andar. Y sobre todos recae la responsabilidad de buscar, con libertad y responsabilidad, cómo tiene que organizarse y gtestionarse en la Iglesia el ejercicio del poder, para que sea un poder auténticamente evangélico, que dé respuesta a las apremiantes necesidades de nuestro mundo.

martes 6 de julio de 2010

LA EJEMPLARIDAD ESCANDALOSA

La lectura de los evangelios resulta, a veces, desconcertante. Jesús les dijo a sus discípulos que él les había dado "ejemplo" (hypodeigma), "para que igual que yo he hecho con vosotros, hagáis también vosotros" (Jn 13, 15). Y así fue efectivamente. Como los profetas han sido siempre "ejemplo" para los demás (Sant 5, 10). Nadie, pues, va a poner en duda que Jesús ha sido, y sigue siendo, uno de los grandes modelos en los que las personas de buena voluntad encuentran el ejemplo a seguir, para que esta vida resulte soportable, para que nuestro mundo (tan deshumanizado) se humanice, y para que entre los mortales se mantenga viva la esperanza.
Y sin embargo, insisto en que, según los mismos evangelios, esta ejemplaridad de Jesús nos resulta desconcertante. Porque no cabe en cabeza humana que el mismo Jesús, tan ejemplar y modélico, fuera a la vez un auténtico "escándalo" (skandalon), causa de caída o tropiezo que puede ser motivo de pérdida de la fe (H. Giesen). Y es que, por más extraño que resulte, los relatos evangélicos no dudan en atribuir el verbo "escandalizar" al propio Jesús (Mt 11, 6; 17, 27; 26, 31; Mc 14, 27; Jn 6, 61). De forma que no es ninguna exageración afirmar que Jesús, el que "pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo" (Hech 10, 38), vivió, habló y actuó de tal manera que, para algunas gentes, fue motivo de escándalo.
Pero no se trata sólo de esto. Lo más sorprendente, en todo este asunto, es que precisamente cuando el Evangelio presenta a Jesús haciendo el bien a los que sufren (Mt 11, 5), a renglón seguido el mismo Jesús añade: "Y ¡dichoso el que no se escandalice de mí!" (Mt 11, 6). ¿Qué relación puede tener la generosidad ejemplar del que alivia penas y sufrimientos con el escándalo de quien ve y palpa semejante generosidad? Por eso no se entiende que la misma noche, en que Jesús inicia su pasión, el propio Jesús llegara a decir que aquello sería motivo de "escándalo" para sus discípulos y amigos (Mt 26, 31; Mc 14, 27). Y todavía algo más fuerte: san Pablo llega a decir que el momento de la mayor ejemplaridad de Jesús, su crucifixión, exactamente ese acontecimiento fue el mayor escándalo, "el escándalo de la cruz" (Gal 5, 11; cf. 1 Cor 1, 23).
El cristianismo, desde su mismo origen, está vinculado a la "ejemplaridad" y al "escándalo". Ambas cosas a la vez y seguramente de forma inseparable. Por eso no nos tendría que sorprender que la Iglesia y los cristianos, por más que vayamos por la vida haciendo el bien, seamos, para no pocas personas, motivo de escándalo. La cosa es así. Y lo ha sido siempre. Los autores cristianos de los primeros siglos decían que la Iglesia es la casta meretrix, la "ejemplar prostituta". Así la definieron santos de la categría de Ambrosio, Agustín, Jerónimo.... Pero es claro, lo que hay que preguntarse es si la Iglesia y los cristianos pasamos por el mundo dando el "ejemplo" que dio Jesús; y causando el "escándalo" que él causó. No otro ejemplo. Ni otro escándalo. Es evidente que - por poner un ejemplo - Mons. Romero fue (y para algunos sigue siendo) "ejemplo" y "escándalo". Fue asesinado por defender la vida y la paz. Pero el hecho es que el mismo obispo, al que los pobres llaman "san Romero de América", otros lo siguen viendo como un "perturbado" (sic), un "rojo", un hombre de dudosa conducta que se metió en política de mala manera.
Sin duda, la vida entraña una profunda y hasta misteriosa ambigüedad. Pero lo más seguro es que, dada esa inevitable ambigüedad, todos "interpretamos" la realidad (sea cual sea esa realidad) a través del filtro (la "rejilla hermenéutica", dicen los filósofos) que nos ponen, y nos imponen, nuestros propios y personales intereses. Los intereses "rectores del conocimiento" (J. Habermas). Y así desembocamos en el asunto capital: ¿desde qué "intereses" vemos la realidad, interpretamos las cosas, y nos hacemos nuestros juicios o sacamos nuestras conclusiones? Todos nos tenemos que preguntar cómo y por qué vemos como escándalo lo que otros ven como ejemplo.

jueves 1 de julio de 2010

¿UNA IGLESIA DE LAICOS?

Con frecuencia se habla de la crisis del clero: cada día hay menos sacerdotes, y los que van quedando, envejecen, se enferman....; además, las vocaciones descienden más y más. Otro tanto hay que decir de los religiosos y religiosas, de forma que las órdenes y congregaciones religiosas se van reduciendo y muchas de ellas están abocadas a desaparecer. Por otra parte, es comprensible que, en una situación de crisis como la actual, los clérigos que van quedando, resulta inevitable que, de día en día, se sientan menos motivados, con menos inciativas y con menos fuerzas. Es ley de vida.
Pero, tal como están las cosas en la Iglesia, más que de crisis del clero, tendríamos que hablar de fracaso del clero. Porque el problema más serio no está en el "futuro del clero", sino en el "pasado de clero". Digo que el problema más serio está en el pasado del clero porque, en este momento, los países en los que secularmente ha habido más vocaciones, más sacerdotes, más religiosos/as, son ahora precisamente los países en los que la crisis del cristianismo es más profunda. Mientras que los países que, durante siglos, tenían que mantenerse gracias a los misioneros/as que, iban de los países de más larga tradición cristiana, son en este momento los países que tienen diócesis, parroquias y comunidades cristianas con más esperanzadora vitalidad. Por eso abundan las personas que están persuadidas de que el futuro del cristianismo está en los países que, hasta hace dos o tres décadas, eran los llamados "países de misión". Es decir, los países que necesitaban importar clero de Europa y de Estados Unidos.
Dando un paso más, creo que hay datos suficientes para pensar que la raíz de este problema no está en la "falta de generosidad" de los jóvenes. Si este asunto se piensa despacio, pronto se da uno cuenta de que la raíz de la crisis está en que el clero es una institución inadaptada. Y que, además, no es fácil que se pueda adaptar a la cultura y a la sociedad en que vivimos. Si pensamos en la formación intelectual, que reciben los clérigos, y en la espiritualidad que tienen que asumir, pronto se comprende que, ni la mentalidad de los hombres de Iglesia, ni los compromisos que tienen que vivir, los capacitan para poder ser un colectivo de personas que tengan una posibilidad (real y concreta) para influir en la gran mayoría de la gente. El clero es, y será, una institución cada día más marginal en la sociedad del presente y del futuro. Los contenidos básicos de la teología de la Iglesia, tal como eso se sigue enseñando obligatoriamente en los seminarios, interesan cada día menos a la gran mayoría de la población que todavía se relaciona con las parroquias y conventos. Por otra parte, a los clérigos se les obliga a contraer unos compromisos (obediencia al obispo, celibato, votos de castidad, pobreza y obediencia) que, sin que sean plenamente conscientes los mismos clérigos, el hecho es que esa forma de pensar y esa forma de vivir les aleja del común de los mortales. De ahí que las ideas y el lenguaje de la Iglesia están cada día más ausentes de los problemas que vive la gente. Y de ahí también que por algo será que la forma clerical de vivir, si es asumida ahora por algunos jóvenes, resulta que se trata de jóvenes que, sin saber exactamente por qué, pero el hecho es que se trata de hombres que son más integristas, conservadores y hasta más fundamentalistas que los clérigos de edad.
Por supuesto, que en todo esto hay excepciones y sería una falsedad y una injusticia generalizar y aplicar a todos los cléricos (jóvenes y mayores) este modelo de clérigo del que aquí estoy hablando. Eso no se puede hacer. Y no se puede hacer porque son muchos los hombres y mujeres que están dando lo mejor de sí mismos para que este mundo sea más habitable. Pero nadie me puede negar que, al decir estas cosas, estoy retratando una situación que es bastante real.
Pues bien, con todos los matices que haya que ponerle a lo que digo aquí, una cosa me parece evidente: o pronto se produce un cambio milagroso, o podemos decir que la institución clerical ha enfilado el camino de su desaparición. Pero, ¡atención!, la Iglesia no es el clero. La Iglesia seguirá adelante. Pero será una Iglesia de laicos. Una Iglesia, por tanto, en la que los laicos asuman sus responsabilidades y vean como suya esta Iglesia que tiene su origen en un laico, Jesús. Y que nació, no como un clero dirigente de laicos, sino como un pueblo, una comunidad de comunidades en las que todos se veían como hermanos. Y todos corresponsables de anunciar y de vivir el mensaje de Jesucristo. Las formas concretas de organización y de gestión de esta "Iglesia de laicos" no estaban claras cuando nació la Iglesia. Tampoco lo están hoy. Pero, si en sus orígenes salió adelante, también saldrá ahora y en el futuro: a corto, medio y largo plazo.
 
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