lunes 28 de junio de 2010

LA REFORMA DEL PAPADO

Con ocasión de la festividad de San Pedro y San Pablo, parece pertinente decir algo sobre la reforma del papado. Porque estoy convencido de que ese asunto es uno de los problemas más urgentes que tiene que afrontar la Iglesia católica. Y, entre los problemas urgentes, el más grave de todos.
La Iglesia católica está organizada jurídicamente de tal manera que todo el ejercicio de la autoridad y el poder está concentrado en un solo hombre, el papa (CIC, cc. 331; 333, párrafo 3; 1404; 1372). Además, según la Ley Fundamental del Estado de la Ciudad del Vaticano, art. 1º, el Romano Pontífice posee en plenitud los tres poderes del Estado, el legislativo, el judicial y el ejecutivo. Como bien saben los teólgos, estas características del papado no pertenecen a la fe de la Iglesia. Es de fe que el obispo de Roma, sucesor de Pedro, es cabeza del colegio episcopal. Pero ese dato de la fe católica, se puede concretar y llevar a la práctica de muchas maneras. La forma actual del papado es una de esas posibles maneras de ejercerlo. Pero no es la única. Ni que el papado tenga que ejercerse, como se ejerce ahota, es una cuestión indiscutible. Por supuesto, que es discutible. Y, por tanto, mejorable. Entre otras razones, porque, tal como se ejerce en la actualidad, es un cargo que entraña una serie de inconvenientes que, si la cosa se piensa desapasionadamente, no resulta fácil entender por qué se mantiene tal como está.
No es posible analizar detenidamente este complejo asunto en esta breve reflexión. Por eso, de momento al menos, me limito a hacer algunas propuestas concretas, que los católicos deberíamos pensar, discutir, y sosegadamente proponer soluciones a ellas. Concretamente: 1) La elección del papa debería hacerse de otra forma: no tiene por qué ser designado por los cardenales, sino que la elección la podrían hacer mejor los obispos de todo el mundo, por medio de las Conferencias Episcopales. Sería eso la mejor manifestación de la "colegialidad episcopal", de la que habló el concilio Vaticano II. 2) El papado no debería ser un cargo vitalicio. Sería muy conveniente que el obispo de Roma ( y todos los obisposde la Iglesia) fueran designados por un tiempo limitado, por ejemplo seis años. En contra de esta posible decisión no se puede invocar la teología del "carácter" sacramental. Entre otras razones, porque en el concilio de Trento se afirmó la existencia del "carácter", pero no se definió la naturaleza del "carácter". Y por eso hay diversas teorías teológicas al respecto, todas ellas respetables. Por otra parte, el final de los papas (cuando están o muy enfermos o muy ancianos) suele ser penoso y lleva consigo que el cargo esté prácticamente vacío durante tiempo. 3) La Curia Vaticana tiene que ser reformada a fondo. Pero está visto que el papa, por sí solo, no puede llevar a cabo tal reforma. Pablo VI, obedeiciendo al concilio Vaticano II, intentó hacer esa reforma. Y fracasó. Por eso, tendrían que ser las Conferencias Episcopales las que, de acuerdo con el papa, hicieran una reforma profunda, reorganizando la composición de la Curia, la designación de sus miembros y las competencias de cada cual.
De momento, yo me daría por satisfecho si se acometieran estas tres cuestiones. Y, una vez dado ese paso, habría que avanzar en la dirección de descentralizar el ejercicio del poder papal, dando más participación en el gobierno de la Iglesia a los laicos. Lo que llevaría consigo superar un obstáculo muy fuerte que existe actualmente: la enorme ditancia, el asombroso alejamiento, que existe entre el papado (y el episcopado) y la casi totalidad de la sociedad. El papa y los obispos son "noticia", pero no suelen ser "comunión" con lo que piensa, desea y necesita la enorme mayoría de la población, en cada país y en el mundo entero.
Es urgente que los católicos nos pongamos a pensar en estas cosas. De no asumir esta responsabilidad, seguirán adelante los "servicios religiosos" que la gente "consume" en las igllesias. Lo que no sé si se mantendrá, por mucho tiempo, es la vitalidad de la fe en Jesucristo y la presencia de la luz del Evangelio en este mundo tan confuso y complicado. Un con un futuro tan inimaginable, incluso corto y medio plazo, que me da mucho que pensar ver a los niños pequeños. Cuando estas criaturas tengan cuarenta o cincuencta años, ¿cómo podrán vivir? ¿qué sociedad les espera? A la velocidad que van las cosas, nadie se sabe lo que se van a encontrar. Entre otras cosas, si se van a encontrar con la Iglesia de Jesucristo o con un curioso museo de antigüedades.

viernes 25 de junio de 2010

JOSÉ MARÍA DÍEZ ALEGRÍA

Hoy mismo, de madrugada, ha fallecido José María Díez Alegría. Estaba muy cerca de los 99 años. Para quienes no han podido conocer a este hombre más de cerca, diré que ha sido una de las personalidades más fuertes y más influyentes de la Iglesia española, siempre en la línea progresista y de apertura posconciliar. Hombre, por tanto, que, en las últimas décadas, ha tenido que sufrir mucho, por más que su fuerte espiritualidad y su enorme calidad humana le hicieran estar por encima de las situaciones adversas que ha tenido que vivir.
José María Díez-Alegría nació en Gijón en 1911. Su padre fue director del Banco de España en Asturias. Dos de sus hermanos, Luis y Manuel, fueron militares de alto rango. Ambos llegaron a ser generales del ejército. Por origen familiar no fue un hombre sospechoso de "izquierdismo". En 1930 ingresó en la Orden de los jesuitas. De 1939 a 1943 hizo en Granada dos licenciaturas: la de Teología en la Facultad de los jesuitas; y la de Derecho en la Universidad de Granada. Después de obtener el doctorado en Ciencias Sociales y Ética (Alemania y Roma), fue rector de la Facultad de Filosofía de los jesuitas en Madrid y Alaclá de Henares. Y pronto fue destinado a Roma, para desempeñar la cátedra de Ética y Doctrina Social de la Iglesia en la Universidad Gregoriana. Hasta que en 1972 planteó, ante sus superiores religiosos, una "objeción de conciencia" y se negó a someter a la censura eclesiástica su libro Yo creo en la esperanza. Eso le costó, por presiones del Vaticano, ser expulsado de los jesuitas. Pero los mismos jesuitas que le expulsaron de la Orden, en cuanto llegó a España le acogieron en la comunidad de El Pozo del Tío Raimundo, donde José María de Llanos, otro jesuita eminente de aquellos años, le acogió en su comunidad. Desde entonces, ha vivido en España, vinculado a la "Asociación de Teólgos/as Juan XXIII", de la que fue presidente durante varios años. La figura de Díez Alegría ha sido popularizada por la excelente biografía que de él escribió el jesuita Pedro M. Lamet: Un jesuita sin papeles.
No voy a exponer aquí su pensamiento y su amplia producción científica y sus obras de divulgación. Como testimonio personal, puedo decir que tuve la suerte de conocer a este hombre, en Granada, en los primeros años 40 del siglo pasado, cuando yo estudiaba el bachillerato de aquellos tiempos y Díez Alagería se sometió voluntariamente a un examen de toda la Teología, en un acto público, que duró más de dos horas, al que yo asistí y en el que no me enteré ni palabra de lo que allí se dijo, porque todo el acto fue en latín.
Luego lo volví a encontrar en la Universidad Gregoriana de Roma, cuando él ya era profesor y yo hacía allí el doctorado en Teología. Más tarde, en uno de mis viajes a Roma, fui un día a visitarlo a su despacho de la Universidad. Y allí me contó que acababa de mandar un telegrama a uno de sus hermanos militares, que era entonces Director general de la guardia civil. Eran los tiempos de la dictadura franquista. Y el día anterior se supo que la guardia civil había castigado con enorme dureza a un joven por causa de sus ideas políticas, contrarias a la dictadura. El telegrama echaba chispas. Sólo y exclusivamente en defensa de la libertad, la dignidad y los derechos de las personas. Esta fue siempre la pasión de Díez Alegría. De ahí sus posturas críticas contra todo lo que sea represión de la libertad y opresión de los seres humanos. Un hombre en el que jmás vi indicios de resentimiento, de amargura, de menosprecio hacia nadie. No toleraba ciertas ideas y ciertas conductas. Toleraba, respetaba y trataba con suma delicadeza a todo el mundo, por más que no tuviera pelos en la lengua para decir lo que tenía que decir. Es la herencia que nos ha dejado este hombre enteramente singular. Yo le pido al Padre del Cielo que no se extinga esta especie de hombres. Son muy valiosos. Y cada día más necesarios.

miércoles 23 de junio de 2010

EL DIOS DE LOS RICOS NO ESTÁ EN CRISIS

Una de las noticias que más se comentan hoy en los medios de comunicación es el sorprendente aumento del número de ricos, en todo el mundo, concretamente en España: 16.000 más que en 2008. O sea, los ricos han aumentado, en 2009, un 12, 5 % respecto al año anterior. El informe del Merril Lynch Global Health Management entiende por ricos los que tienen, al menos, un millón de euros, sin contar la primera vivienda y los gastos de consumo.
Por tanto, cuando más aprieta la crisis a los pobres y a los trabajadores, cuando más aumenta el número de parados, resulta que los ricos tienen más suerte y, por lo que dicen los que saben del tema, los ricos son cada día más ricos.
Decir esto es lo mismo que decir que aumenta la violencia, la crueldad, la deshumanización, el sufrimiento y la desesperanza de millones de criaturas. Esto es lo peor de todo. Pero, además de esto, el aumento del número de ricos es también un patético indicador religioso. Los cristianos sabemos que Jesús dijo: "No podéis servir a Dios y al dinero". Y la razón es clara: "Nadie puede estar al servicio de dos señores, porque aborrecerá a uno y querrá al otro, o bien se apegará a uno y despreciará al otro" (Mt 6, 24). La consecuencia - si es que Jesús llevaba razón - es que el Dios de los ricos no está en crisis. Está en crisis la economía y las víctimas de la economía de mercado. Pero lo que más llama la atención es que precisamente cuando el Dios de los pobres se ve más excluido y desautorizado, el Dios de los ricos está cada día más robusto y es más generoso con sus fieles.
Y mientras tanto, la Iglesia pidiendo dinero. Lo vemos en la tele, lo oímos en los mensajes publicitarios de las emisoras de radio. Los obispos le piden a la gente que ponga la cruz en la casilla de la Iglesia. Es verdad que la Iglesia afirma que ese dinero es para sus 0bras asistenciales y de caridad, que son muchas. Pero no es sólo para eso. Sabemos de obispos que consiguen generosos préstamos de los bancos, en estos tiempos de penuria, para construir edificios enormes, para sus obras enormes. ¡Cómo han cambiado los tiempos! En los siglos III y IV, el obispo era el encargado de administrar los bienes de la comunidad. Pero el obispo (todo obispo) sabía que el sujeto de dominio de los bienes de la Iglesia eran los pobres y desamparados: así aparece en el canon 25 del concilio de Antioquía (año 341). El papa Gelasio repite la misma legislación, a finales del siglo V, en una carta a los obispos de Sicilia (PL 59, 57). Y, sobre todo, la Iglesia era, en aquellos tiempos, sumamente cuidadosa para algo que ahora nos parece increíble: cada obispo no podía admitir donaciones de quienes cometían injusticias. San Basilio no admitió la ofrenda de un prefecto injusto (PG 36, 564). Y san Epifanio enuncia el principio general: "La Iglesia admite las ofrendas de los que no han hecho mal a nadie o no han cometido ningún crimen, sino que se conduce con justicia" (PG 42, 832). Pero más exigente que todo esto es lo que ordenaba la Didaskalía, un documento litúrgico y canónico del s. III, que daba normas para el comportamiento en la liturgia y en la vida de las comunidades. El principio general era que "el altar de Dios son las viudas y los huérfanos" (II, 26, 3). Por eso la obligación principal del obispo era vigilar con sumo cuidado para que quienes cometían atropellos e injusticias no se acercaran al altar; ni por tanto podían aportar limosnas para los pobres (II, 17, 1). Ni los que se aprovechaban de los pobres, ni los que pagaban jornales injustos, ni los que trataban mal a sus trabajadores..., de ninguno de esos individuos, el obispo podía aceptar ayudas o limosnas. Porque "de los dineros que provienen de la injusticia, no puede vivir el altar de Dios (IV, 5, 2). De ahí que, de los poderosos y de los ricos, que eran los que se ofrecían para dar limosnas, de tales personas no se aceptaban ayudas para la comunidad (IV, 8, 3). Y esta convicción llegaba hasta el extremo de que, según se decía en la misma Didaskalía, "es preferible morirse de hambre antes que recibir nada de los inicuos y de los que cometen injusticias" (IV, 8, 2). Este precepto lo repiten las Constituciones Apostólicas, en Oriente, y los Statuta Ecclesiae Antiqua, en el s. V.
Pero han cambiado los tiempos. Nuestra Iglesia recibe ahora dinero de quien sea. Y cuanto más, mejor. Por supuesto, el sujeto de propiedad de ese dinero ya no son los pobres. Ahora, los pobres están en la puerta de la Iglesia pidiendo limosna. El problema está en que cada día va menos gente a las iglesias de nuestra Iglesia. El Dios de la Iglesia está tan en crisis como los pobres. La gente ahora va a los nuevos templos del Dios de los ricos. Esos templos son los bancos, que, según dicen, están bien protegidos, son seguros y no se tambalean.
La cosa está clara: el Dios de los ricos está en auge, precisamente cuando el Dios de los pobres se debate entre las dudas, el descrédio y el resentimiento de muchos ciudadanos. En todo esto tiene mucho que ver el sistema económico que manda en todos nosotros. Pero también tenemos nuestra parte de responsabilidad los que vamos con más preocupación y fervos a los bancos que a las iglesias. Y, de paso, que se pregunten los obispos si ellos se sienten sucesores de aquellos antiguos obispos que preferían morirse de hambre, antes que aceptar los dineros de los que oprimen a los pobres. ¿Seguiremos creyendo en el Dios de Jesús? ¿O es que hemos cambiado de Dios y hemos encontrado otro más cómodo y menos exigente, por más que sea un Dios cruel con los más desgraciados?
Acabo ya. A los que dicen de mí que le tiro a la Iglesia, yo les pregundo (y me pregunto) si es mejor seguir callando y hacerse cómplice de estas cosas o, por el contrario, decir lo que hay que decir, aunque eso lo digamos de la que dicen que es "nuestra madre". Prefiero que llamen "traidor" a que digan de mí que mi boca está sellada por el vil dinero. En cualquier caso, mi convicción es que Jesús y su Evangelio están por encima de todo, también de la Iglesia.

sábado 19 de junio de 2010

LA FE DEL CENTURIÓN

Ayer falleció José Saramago, premio Nobel de literatura. Y esta mañana, al ponerme a escribir esta entrada en el blog, no puedo dejar de pensar en algo que me causa un profundo malestar: son ya muchas las personas de gran calidad que, como Saramago, se han distinguido por dedicar lo mejor de sus vidas a la defensa de las causas más nobles (la justicia, el derecho, la libertad, la paz, los oprimidos...), pero resulta que, al mismo tiempo, muchos, muchísimos, de los que se han dedicado a todo eso son agnósticos, ateos y, por supuesto, nada religiosos. ¿Qué pasa aquí? Desde luego, son también muchos los creyentes que, por la fuerza de sus creencias, han dado lo mejor sus vidas, y hasta la vida misma, por esas mismas causas. Pero esto no le quita importancia, ni suprime el problema que representa el hecho, tan repetido, de tantos ateos, tan profundamente humanistas. Como tampco le quita su peso al hecho de tantos hombres religiosos, que han dado pruebas sobradas de vivir como unos sinvergüenzas.
Pensando en estas cosas, me ha venido a la cabeza el recuerdo de aquel centurión romano, del que hablan los evangelios (Mt 8, 5-13; Lc 7, 2-10; Jn 4, 43-54), un hombre tan honrado y tan buena persona, que no pudo soportar el sufrimiento de un "esclavo" (doulos) (Lc 7, 2) que se le estaba muriendo en su casa. Pues bien, de este jefe militar, que mandaba a la tropas de ocupación y que, desde luego, ni tenía, ni podía tener, las creencias religiosas de los judíos, dijo Jesús: "Os aseguro que en ningún israelita he encontrado tanta fe" (Mt 8, 10 par). Como es lógico, aquel militar, que tenía que haber hecho el juramento de fidelidad al Emperador, como "Sumo Pontífice" de los "dioses" del Imperio, a juicio de Jesús tenía más fe que nadie en la Palestina de aquel tiempo. ¿Qué fe tenía aquel hombre? Por supuesto, no tenía las creencias religiosas de los judíos; ni las de los que seguían a Jesús; ni cumplía con las observancias de la religión revelada (según decimos en la tradición judeo-cristiana). Entonces, ¿qué fe tenía aquel hombre? ¿por qué Jesús afirma que tenía tanta fe?
La respuesta es muy sencilla: lo que aquel hombre tenía era una enorme humanidad. Era una buena persona a carta cabal. Pues bien, sin duida alguna, en eso consistía básicamente la fe, según los criterios de Jesús. Por eso, en los evangelios, la fe se entiende de manera muy distinta a como se entiende en las cartas de Pablo: la fe en conexión con la "justificación" ante Dios y, mediante eso, como logro de la "salvación" eterna (Rom 1, 17; 3, 22. 25. 26. 30; 4, 16; 5, 1; Gal 2, 16. 20; 3, 7. 9-12, etc). Esto dijo san Pablo en los primeros años 50. Pero veinte años más tarde, en los primeros años 70, cuando se redacta el evangelio de Marcos y más tarde los otros evangelios, se presenta la fe de otra manera: ya no se trata de una relación "religiosa" con lo "trascendente", sino de una "experiencia de humanidad", de vida, de salud, de confianza en Jesús. De ahí, la insistente afirmación de Jesús a los enfermos que curaba: "Tu fe te ha salvado" (Mc 2, 5; Mt 9, 2; Lc 5, 12), lo que le dijo también Jesús a la mujer de mala fama, la gran pecadora, a la que Jesús devolvió su dignidad (Lc 7, 50). Esto ya es otra fe y otra salvación. Es la fe que se pone de parte de los que sufren y de los que se ven maltratados por la vida.
Con lo dicho hay bastante. Sobre todo, para hacerse una pregunta que da que pensar: ¿Quién tiene fe de verdad? ¿No cabe decir que existe una extraña "fe de los ateos", de los que no tienen "religión", pero sienten vivamente lo humano y tienen por eso una gran "humanidad"? Al menos, como pregunta - me parece a mí -, tenemos que afrontar este asunto capital. Porque bien puede ocurrir que, pensando que tenemos el don de la fe, en realidad (y según los criterios de Jesús), nuestra presunta fe no es precisamente ejemplar. Como también puede ocurrir que los "ateos creyentes" (evangélicamente hablando) sean más numerosos de lo que imaginamos.

miércoles 16 de junio de 2010

LA ACTUAL MANÍA EPISCOPAL DE EXHIBIR LO QUE DEBE ESTAR OCULTO

Desde que Pablo VI estrenó la práctica de los viajes del papa por el mundo, se ha introducido en la Iglesia una nueva manera de hacer presente el Evangelio que - hay que decirlo desde el primer momento - es literalmente contraria al Evangelio. Se trata de la evangelización mediante grandes concentraciones, que se preparan cuidadosamente y en las que se invierten cantidades asombrosas de dinero. Para que la gente nos vea. Para que todo el mundo se entere de que la religión sigue viva, de que el papa es importante, de que los obispos tienen una presencia social que hay que tener en cuenta, etc, etc. El gran maestro y difusor de esta nueva pastoral eclesiástica ha sido, como bien sabemos, el papa Juan Pablo II. El papa que más ha viajado por el mundo entero, el que más multitudes ha concentrado, el más aplaudido, el más famoso. Y, sin embargo, el papa que, al morir, ha dejado una Iglesia metida de lleno en una de las crisis más profundas de la la historia del cristianismo. El conocido escritor John Cornwell, que publicó no hace mucho un excelente estudio sobre Pío XII, terminaba diciendo lo siguiente a propósito del pontificado de Juan Pablo II: "La tesis de este libro es que cuando el papado crece en importancia a costa del pueblo de Dios, la Iglesia católica decae en influencia moral y espiritual, en detrimento de todos nosotros".
Y es que, a mi manera de ver, el problema, que aquí se plantea, es mucho más serio de lo que seguramente imaginamos. Jesús dijo de forma terminante que el Padre del cielo no quiere que vayamos por la vida exhibiendo nuestra fe, nuestra religiosidad, nuestra ejemplaridad. Es más, Jesús insiste en que Dios no ve lo que se muestra en público, para que la gente nos vea, noa admire, nos aprecie, note que somos buenos y ejemplares. El Dios del Evangelio "sólo ve en lo oculto" (Mt 6, 5-6). Dios está ciego para ver las grandes exhibiciones de la fe y de la religiosidad. Ni Dios quiere ese tipo de pompas clericales, que son eficaces para hacernos una falsa idea de nuestra presencia en la sociedad, en la cultura, en el corazón de la gente. Enorme engaño. Y más enorme mentira. Cuando el Evangelio habla de este asunto, no se refiere solamente a que lo hagamos todo con mucha humildad. No es cuestión de humildad simplemente. Es cuestión de laicidad. Jesús fue un laico. Que cuando rezaba, se iba a sitios solitarios, al campo, a los montes, donde nadie lo veía. Los apóstoles de Jesús no se dedicaron a pagarle a la gente para que acudiera a oír a Jesús. Sin embargo, ahora sabemos que los obispos organizan viajes de gentes que van a Roma, para que en el Vaticano se pongan contentos y piensen que la juventud no está tan mal como dicen los rojos de siempre, los progres de siempre, los resentidos de siempre.
Es urgente que la Jerarquía haga, y que todos hagamos, un profundo examen de conciencia sobre cómo estamos orientando la presencia de la Iglesia en este mundo mediático. Si hacemos de la religión un espectáculo de masas, nos quedaremos satisfechos y hasta orgullosos, pero ¡no nos engañemos!, el Evangelio no consiste en concentrar gente, sino en vivir el espíritu y la letra del Sermón del Monte. Y, sobre todo, la realidad dura del final que tuvo que soportar el propio Jesús, precisamente cuando se vio abandonado de todos y así, solo y en su aterradora soledad, es como nos dejó para siempre la "memoria suibversiva" que denuncia las contradicciones de todos los que van por el mundo exhibiendo lo que el Señor quiere que sea vida, realidad, nunca boato, apariencia, exhibición. Y nunca, por supuesto, haciendo eso a costa de gastos multimillonarios que claman al cielo desde el dolor de todos los excluidos de este mundo injusto, que se dsitrae viendo las concentraciones episcopales y papales, pero no cambia ni se hace mejor por ver esos espectáculos de dudoso interés publicitario.

domingo 13 de junio de 2010

CRISIS DE MISERICORDIA

La palabra que más se usa en este tiempo es la palabra "crisis". Sobre todo, por causa de la crisis económica. La crisis que tanto nos preocupa a todos, en la que más pensamos y de la que más se habla por todas partes y a todas horas. Pero seguramente nubca nos paramos a pensar que la crisis de la economía está causada por algo previo. Sin duda alguna, muchas han sido las causas que nos han precipitado en la situación que estamos viviendo. No se trata aquí de hacer un análisis de tales causas, que son muchas y muy complejas. Yo no me voy a referir a las causas políticas y a las específicamente económicas. Entre otras razones, porque de esas cosas no entiendo mucho. Lo que yo pretendo aquí es hacer caer en la cuenta de que, en la crisis económica, han incidido factores humanos que han sido muy determinantes. Se ha hablado de la codicia, de la la ambición, de la falta de principios éticos, da la crisis de valores.... Todo eso es cierto, no cabe duda. Pero hay una cosa, que es la que, a mí al menos, es lo que más me hace pensar.
Me refiero al tema de la MISERICORDIA. El Diccionario de la RAE define la misericordia diciendo que es la "virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los trabajos y mserias ajenos". Y en esto, sí que es verdad que el fallo ha sido clamoroso. Y lo sigue siendo. Hasta el extremo de que creo que tengo argumentos para afirmar, sin ningún género de duda, que la crisis no salimos de la crisis mientras no nos reeduquemos todos en la virtud de la misericordia. Sólo cuando el "principio misericordia" sea el principio rector de la convivencia, entonces (y sólo entonces) podremos decir que empezamos a salir de la crisis. Esto no es "moralismo". Ni creo que sea una ingenuidad decir semejante cosa. Me explico.
Últimamente vengo repitiendo que ÉTICA SIN MISERICORDIA = VIOLENCIA. Es así. Y así lo demuestra la historia. Una de las cosas más peligrosas, que hay en esta vida, es invocar principios éticos, cargados de razón, pero llevados a la práctica sin sentimientos de misericordia. Es exactamente lo que han hecho todos los dictadores, los tiranos, los dirigentes religiosos fanáticos, los fundamentalismas de todos los colores. En nombre de la justicia, el derecho, la fe en Dios, el amor a la patria..., lo que Vds quieran, en nombre de todos eso, se han cometido los mayores crímenes de todos los tiempos. Además, cuendo un criminal mata, invocando principios éticos, además de ser un asesino, se ve a sí mismo como un héroe y incluso como un santo. Por ejemplo, en los ambientes religiosos, se somete y hasta se humilla a las personas, invocando los más elevados principios éticos. Las religiones son maestras en violencia, cuando les sobran argumentos éticos, y les falta misericordia. Y otro tanto hay que decir de tantas y tantas divisiones y enferntamientos entre hermanos, familias, grupos humanos, etc.
El Evangelio, que es modelo y motivo en tantas cosas, nos ecplica muy bien que Jesús fue tan p`rofundamente humano, tan libre y tan coherente porque el principio rector de su vida fue la misericordia. El verbo grigo splagjnidomai, que literlamente significa "conmoverse las entrañas", es el verbo que los evangelios utilizan cuando Jesús se encontraba ante situaciones de enorme sufrimiento: ante enfermos, gentes muertas de hambre, leprosos, personas excluidas..... Nos han educado para la comptitividad, la ganancia, la ciencia, y tantas otras cosas. Pero no nos han educado debidamente en la "conmoción visceral" ante el sufrimiento humano.
Estamos viviendo un tiempo de cambio. Una cultura fenece. Y está naciando otra. Si acertamos a orientar la nueva cultura de forma que se una cultura regida, no por la codicia de la ganancia, sino por la sensibilidad de la misericordia, sin duda alguna que pondremos las bases un mundo más habitable y en la que habrá mucha más gente inmensamente feliz.

jueves 10 de junio de 2010

LAS CREENCIAS RELIGIOSAS SE HACEN MÁS FUERTES CUANDO SE SIENTEN ATACADAS

La creencias religiosas no se matan a cañonazos. Todo lo contrario. Cuando los creyentes se sienten atacados, la convicción de que son víctimas de su fe en el "dios verdadero" les hace sentirse más fuertes, más seguros, más fanáticos. La historia de las guerras de religión, de las persecuciones y los conflictos, motivados por algún tipo de creencias (las que sean), ya nos tendría que haber enseñado que a las ideas, a las convicciones y, sobre todo, a las creencias no se las mata con armamentos militares o con cualquier tipo de violencia, aunque sea la más sencilla, por ejemplo, con el solo hecho de ridiculizar la creencia o la práctica religiosa de quienes no cmulgan con mis ideas.
El gran error - ¡inmenso error! - de Estados Unidos ha sido meterse en guerras contra grupos religiosos, fuertemente motivados por el fanatismo que suele destilar la religión. Las guerras recientes de Irak y Afganistán lo están poniendo en evidencia. Guerras perdidas antes de empezarlas. Como en la Edad Media las Cruzadas no acabaron con el "infiel sarraceno", como ya decían los "Caballeros del Templo" (los templarios), ni la Inquisición acabó con los heterodoxos, ni Hitler acabó con los judíos, ni nadie que se ponga acabará por hundir y extirpar la creencia que quiere desprestigiar, arrasar... o lo que sea. Con misiles y bombas se destruyen ciudades y se matan vidas humanas. Las ideas religiosas no mueren por el hecho de verse perseguidas. Al contrario, una idea religiosa perseguida, por eso mismo, se enardece, se hace más firme, se siente más fuerte y más verdadera. Y hasta se antepone a la propia dignidad, a la propia libertad y a la propia vida. Mueren los creyentes, mártires de sus creencias. Y las creencias siguen, más sólidas que antes.
En tiempos de tantas y tantas confrontaciones, en buena medida motivadas o "legitimadas" por principios religiosos, lo peor que podemos hacer es agredir al que ve las cosas de la religión de manera distinta a como yo las veo. También en esto, el Evangelio es genial. Jesús fue intolerante con los intolerantes de su propia religión. Con los demás (paganos, samaritanos, descreídos, pecadores...) siempre fue respetuoso, tolerante, acogedor, comprensivo. Y llegó hasta el exceso de afirmar que un centurión romano tenía una fe tan grande, que no había visto cosa igual en todo Israel (Mt 8, 10 par). Aquel militar de las tropas de ocupación no creía en el mismo Dios en el que creían los israelitas. Pero tenía algo más grande: un corazón bueno, capaz de sufrir porque veía sufrir a un criado que tenía en su casa.
Me preocupan mucho las ideas xenófobas que veo cundir por todo el llamado "mundo desarrollado". ¿Qué hemos desarollado en este mundo nuestro? ¿La intolerancia? ¿El desprecio hacia todo el que no piensa como nosotros? Esta guerra la tenemos perdida de antemano. Y, lo que es peor, no sólo saldremos derrotados, sino que terminaremos siendo tan fanáticos como aquéllos a los que acusamos de fanáticos. Porque, a fin de cuentas, como bien se ha dicho, "la esencia del fanatimso consiste en la pretensión de cambiar a los demás" (Samuel Oz).
No se trata de renunciar a decir lo que sea necesario decir. Lo que pasa es que, si lo que decimos son agresiones a quienes ven las cosas de otra manera, con eso sólo conseguimos exactamente lo contrario de lo que pretendemos: todos nos dividimos y nos enfrentamos más y más. Hasta convertir la convivencia en una forma de vida que destruye todo lo que pilla por delante. O, por lo menos, nos hace daño a nosotros mismos y no consigue lo que se trataba de conseguir. Toda forma de violencia, por pequeña que sea, no sirve nada más que para descandenar la espiral de la violencia. Y así nos metemos por un camino que no lleva a ninguna parte. O, mejor, SÍ, nos lleva a todos a nuestra propia destrucción.

martes 8 de junio de 2010

¿GANAR O SOBREVIVIR?

Hace casi veinte años, un jesuita norteamericano, David Schweickard, , profesor de la "Loyola University" (Chicago-Ohio), publicó un libro que dio que hablar. El libro se titulaba Against Capitalism, que en España se publicó con el título maquillado Más allá del capitalismo. En este libro, Schweickart decía: "dado que existe una alternativa al capitalismo no sólo viable, sino claramente superior, el capitalismo no tiene ya justificación válida alguna, ni económica ni ética. Si esto es así, entonces los intelectuales ... deberían dejar de pretender que el capitalismo tiene algún derecho a nuestra lealtad moral. Debemos admitir que en estos momentos no podemos ir más allá del capitalismo, no porque no exista un "más allá" viable y deseable, sino porque aquellos que más se benefician del orden presente son demasiado poderosos. Ni más ni menos". Si, en 1993, esto era una verdad como una catedral, ahora nos damos cuenta de que Schweickart tenía toda la razón del mundo. ¿Por qué?
Porque ha sido el sistema capitalista el que nos ha metido de lleno en el cataclismo que estamos viviendo y padeciendo. Sobre todo, los más débiles, que son quienes están pagando, con sus sufrimientos y hasta con sus vidas, los escándalos, la corrupción y los abusos que han sido posibles gracias al sistema capitalista. Un sistema que. no contento con matar de hambre a más de 70.000 personas cada veinticuatro horas, está destrozando el planeta, acabando con las reservas y energías de la tierra, contamiando aguas, aires, ciudades y casi todo lo que se mueve, sino que, además de todo eso, ha hecho algo que seguramente es peor, es más grave y más peligroso. Y es que a todos nos ha metido en la cabeza que la ganancia es lo que importa. Por eso ha pasado lo que tenía que pasar: si la ganancia es lo que importa, pues ¡VAMOS A GANAR! Este principio, erigido en criterio rector de la economía del mundo, y sin unas leyes eficaces que lo controlen y, menos aún, una justicia de ámbito mundial, que pueda encausar y meter en la cárcel a los "listos" y "canallas" que han abusado, hasta reirse de todos nosotros impunemente, ha desembocado en el caos en el que nos debatimos, sin saber exactamente ni quién tiene la culpa de lo que pasa, ni quién nos va a sacar de este pozo sin fondo, ni (menos todavía) cuándo vamos a salir este estado de cosas.
Y lo peor del caso es que, cuando estamos metidos hasta el cuello entre tanta porquería ("con perdón"), los que manejan, o intentan manejar, el poder político, en lugar de unirse para sacarnos cuanto antes de la crisis, se ponen a pelearse entre ellos, para decirnos a todos quién es el que sabe más y el que puede más. Con lo cual han conseguido dos cosas: 1) Complicar mucho más la salida de la crisis, porque así han puesto en evidencia las contradicciones del sistema. 2) Desacreditar más aún el noble ejercicio de la gestión política y, sobre todo, crear una desconfianza generalizada en el sistema democrático. Porque la gente ve, a las claras, que se trata de un sistema en el que lo determinante no es el bien de los ciudadanos, sino el interés del partido. De forma que, con tal que gane el partido, se hunde (si es necesario) más y más la economía del país, para que quede en evidencia lo incompetente que es la oposición, ya sea que la oposición esté en el Gobierno o esté aspirando a gobernar.
Así las cosas, la pregunta que todos tenemos que afrontar es ésta: ¿Lo que interesa es ganar o lo que interesa es sobrevivir? La respuesta, por supuesto, la tienen lo políticos, los banqueros, los empresarios, los sindicalistas, los economistas. Pero no sólo ellos. Esa pregunta nos la tenemos que hacer todos. Y la respuesta, la tiene que afrontar cada uno, yo el primero.

viernes 4 de junio de 2010

SILENCIOS CÓMPLICES

Cuando se producen situaciones de sufrimiento, violencia y muerte, el silencio de las religiones resulta sospechoso. Porque, a poco que se piense en tales situaciones, enseguida se comprende que el silencio de los responsables religiosos (sobre todo los dirigentes de la religión) es, de facto, un silencio cómplice. Un silencio, quiero decir, que, al callarse ante lo que está pasando, se hace responsable de la violencia y sus causas, del sufrimiento de las víctimas y de la impunidad de los verdugos que producen las agresiones violentas. No olvidemos que todo el que se calla, cuando está informado de una agresión a terceros, se hace cómplice de esa agresión. Pero, además, es claro que la complicidad se hace más insoportable cuando el que se calla es una persona cualificada o una institución prestigiosa, por la autoridad moral que la sociedad le atribuye.
Digo estas cosas porque me siento mal ante el silencio de la Igleia Jerárquica ante las situaciones concretas de sufrimiento que está causando la crisis económica mundial. Es verdad que el papa ha lamentado esta situación más de una vez. Es cierto también que el papa y no pocos obispos han pedido que se le ponga remedio a este estado de cosas. Pero todo eso no pasa de ser retórica convencional sin efecto alguno para poner remedio a tanta barbarie como se ha desatado en el mundo financiero, por la codicia de los más poderosos a costa del hambre, el paro y la miseria de millones de ciudadanos inocentes e indefensos. Yo me pregunto por qué los obispos son tan elocuentes y tan rigurosos en sus exigencias cuando se trata de problemas relacionados con la moral privada (sexo, aborto, eutanasia...). Y por qué se quedan como mudos cuando se producen situaciones (a veces muy graves, como ocurre ahora) relacionada con la moral de los negocios y las finanzas, con las decisiones de los políticos y de los organismos internacionales (FMI, BM, OMC, ONU, OMS...). ¿Es que quienes se presentan, ante la opinión pública, como defensores del derecho y de la justicia, del amor y de la libertad, no tienen nada que decir cuando esos grandes valores se ven más violentados y pisoteados por Estados, instituciones y personas cuyos nombres son suficientemente conocidos?
En asuntos de tanta gravedad, la pretendidad "neutralidad" (el silencio) se convierte inevitablemente en "complicidad". ¿De qué o de quién son complices los dirigentes religiosos de Estados Unidos y de la Unión Europea en la situación que estamos viviendo y padeciendo? ¿Por qué ahora los obispos españoles están tan callados, sabiendo (como sabemos) lo elcocuentes y activos que han sido cuando se discutió la ley del divorcio o del aborto, las campañas sobre el preservativo, la legislación sobre los matrimonios homosexuales... etc?
Confieso que, al plantear estas preguntas, lo hago porque me duele el sufrimiento y la humillación de las familias que se han quedado sin trabajo y no saben cómo van a poder salir adelante con dignidad. Eso me duele y me angustia. Pero también me angustia el hecho de que un nuevo silencio, añadido al silencio de los obispos que han ocultado a curas pederastas, viene ahora a hundir más la poca credibilidad que le va quedando a esta Iglesia en la que nací y he vivido; y en la que espero morir. Porque es la Iglesia en la que he encontrado a Jesús y su Evangelio, la luz y la fuerza que da sentido a mi vida.

martes 1 de junio de 2010

EL QUE TENGA LAS MANOS LIMPIAS....

Sí, "el que tenga las manos limpias (en este país y en cualquier país del mundo) que tire la primera pieda". Pienso que, en este momento, nos viene bien a todos recordar estas palabras de Evangelio. Ahora precisamente, cuando la crispación social es más fuerte. Y cuando todo el mundo busca culpables de la crisis económica y de las calamidades que la crisis nos ha traído. Y las que nos va a traer. El hecho es que los políticos se echan en cara, unos a otros, las responsabilidades que tienen en el desastre económico en el que nos vemos metidos. Y con los políticos de cada bando, los fieles seguidores de cada grupo, los de la derecha y los de la izquierda, recordando todos cosas que no quiséramos oír. Y todos apuntando con el dedo al que cada cual considera culpable de todos los males, sin mezcla de bien alguno.
Decir estas cosas es echar mano de tópicos gastados y baratos, cosas que todos sabemos. Pero, si las recuerdo aquí, es porque me parece que estamos viviendo una especie de espejismo de proporciones fabulosas. Nos están engañando. Porque esta crisis es de tales proporciones, que ni la ha causado un hombre, ni la va a resolver otro hombre. Mi idea es que entre todos hemos causado el desastre. Y entre todos lo tenemos que resolver. Por supuesto, es decisivo tener buenos gobernantes. Pero, tan decisivo como eso, es tener buenos ciudadanos.
Concretando más, me atrevo a pedir dos cosas: 1) A los políticos: que no antepongan el bien del partido al bien del país. Porque, en este momento, lo más urgente no es que gane mi partido, sino que España salga adelante. 2) A los ciudadanos: que todos arrimemos el hombro, rindiendo más en el trabajo, favoreciendo cualquier propuesta solidaria en favor de quienes más lo necesitan, fomentado la recuperación de la unidad perdida. ¡Ya está bien de enfrentamientos y fracturas maniqueas! ¿No nos hemos enterado todavía de que los enfrentamientos (en España y en todo el mundo) no han servido sino para hundirnos más a todos? Sin duda alguna, es importante "mi razón". Pero, ¿es que no nos damos cuenta de que más urgente que imponer mi razón es que todos salgamos adelante?
Y para terminar: No me explico el silencio de los "hombres de la religión" en este momento? ¿por qué están tan callados? ¿es que el papa, los obispos, los teólogos, los imanes y los rabinos, los gurus y los chamanes no tienen nada que decir cuando está en juego el hambre de tantas familias, la justicia que defienda a los parados, los inmigrantes, los arruinados por la crisis...? ¿qué lectura hacemos de este extraño silencio? Y ¡por favor!, aporten ideas que nos sirvan para emprender acciones positivas. De quejas, acusaciones y lamentos, ya estamos bien servidos.
 
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