Como sabemos, en los dos últimos siglos, se ha discutido mucho si Jesús de Nazaret es un personaje histórico o es una invención de los cristianos. Se ha discutido, por tanto, si los evangelios son documentos históricos o, más bien, son relatos míticos que no merecen crédito. Hace poco, el conocido filósofo y sociólogo francés, Frédéric Lénoir, ha escrito sobre este asunto precisamente: No disponemos de pruebas científicas absolutas sobre la existencia de Jesús, como las hay, por ejemplo, en el caso de Julio César a través de las monedas, los restos arqueológicos y los diversos textos conservados. Sin embargo, contamos con suficientes elementos para afirmar la existencia real de un judío llamado Jesús, probablemente nacido en Nazaret de Galilea, crucificado en Jerusalén en tiempos de Poncio Pilato, en los años treinta, tras una corta vida pública cuyas grandes líneas son relatadas por las fuentes cristianas, principalmente los Evangelios, pero también por algunas fuentes no cristianas o incluso fuentes hostiles al nazareno. Ningún investigador serio y bien documentado afirma lo contrario... A propósito de Jesús, si alguien hubiera querido inventar una fábula, la habría construido de modo de modo coherente. No se habrían inventado "contradicciones" entre los cuatro Evangelios; y no sólo contradicciones, sino tantas palabras incómodas, incomprensibles, molestas para cualquier minstitución religiosa. Y además, resulta descabellado inventar una religión basada en un fracaso tan flagrante como el de Jesús, que muere crucificado y abandonado por sus propios discípulos. Hoy puede parecernos admirable o conmovedor, porque nuestras conciencias están impregnadas de cristianismo, pero en la época en que se sitúan estos hechos, en los tiempos gloriosos del Imperio romano, tenía que resultar sencillamente "increíble" o incluso "escandaloso" que un supuesto enviado de Dios tuviera un destino así. A nadie le cabe en su cabeza inventar una religión sobre la base que puede ofrecer un individuo (un tal Jesús) que aceptó la función más baja que una sociedad puede adjudicar: la de un delincuente ejecutado y desautorizado por el poder político y por la misma religión (G. Theissen). Hay que ser demasiado estúpido para incurrir en semejante contradicción.
Pero la cosa no queda aquí. Porque, si uno se fija con atención en los relatos de los Evangelios, enseguida se advierten datos, palabras, hechos y situaciones que no cuadran en un conjunto de documentos que se nos presentan como los escritos fundacionales de una institución con pretensiones de perdurar hasta el fin de los tiempos. Baste pensar que, de entrada, a los responsables o dirigentes de esa institución (los Apóstoles o "discípulos") se les presenta, en los Evangelios, como hombres que no tenían fe (Mc 4, 40) o que eran "increyentes" (Mt 17, 17), ya que tenían una fe tan exigua como una grano de mostaza, o sea prácticamente nada (Mt 17, 20). Y hay textos en los que se afirma de manera tajante que no creían (Lc 24, 11. 34) o que eran "lentos para creer" (Lc 24, 25) y, en alguna ocasión, Jesús les pregunta: "¿Dónde está vuestra fe?" (Lc 8, 25). Pero lo más frecuenye es que los Evangelios digan de aquel grupo de primeros dirigentes que eran "hombres de poca fe" o de una fe escasísima (oligopistoi) (Mt 8, 26; 14, 31; 16, 8; Lc 12, 28).
De estos hombres, además, se dice en los Evangelios que discutían quién de ellos era el más importante (Mc 9, 33-34 par), es decir, tenían pretensiones de estar unos por enima de otros. Y esta tensión estalló y se puso en evidencia cuando dos de ellos (Santiago y Juan) fueron a pedirle a Jesús los primeros puestos en el gobierno y en la dignidad (Mc 10, 35-45; Mt 20, 20-24). Una pretensión que se mantuvo hasta la última noche en que cenaron con el Jesús (Lc 22, 24-27).
Pero hay algo más fuerte. Sin duda alguna, lo más chocante, en los Evangelios, es la relación que Jesús tuvo con el más importante de los Apóstoles, Pedro, el que siempre aparece destacado sobre los demás. Pues bien, a este hombre Jesús no dudó en "increparlo", llamándole "Satanás" y echándole en cara que su "idea no era la de Dios" (Mc 33 par). De la misma manera que los evangelios destacan que, a la hora de la verdad, este Pedro fue infiel a Jesús y repitió, por tres veces, que ni lo conocía (Mc 14, 66-72; Mt 26, 69-75; Lc 22, 56-62; Jn 18, 15-18. 25-27), lo que en realidad fue renegar de su relación con Jesús. Y eso que el propio Jesús se lo había advertido severamente (Mc 14, 27-31; Mt 26, 31-35; Lc 22, 31-34; Jn 13, 36-38).
La larga lista de incomprensiones y contradicciones, que tuvieron los primeros dirigentes de la religión fundada por Jesús, no eran ciertamente un aval, una recomedencación elogiosa, para que los ciudadanos del Imperio se fiaran de aquellos hombres, de lo que hacían y de lo que decían. Y, sin embargo, lo notable es que los documentos fundacionales del Cristianismo y de la Iglesia no vieron inconveniente alguno en que todo aquello se supiera, se escribirra y quedara constancia de ello para las generaciones futuras. La Iglesia naciente vio que no le dañaba nada que todo el mundo supiera las debilidades, las contradicciones, las miserias y las cobardías de los Apóstoles y su cabeza, el Apóstol Pedro, el que murió como primer obispo de Roma y que hoy es considerado como cabeza del Colegio Episcopal.
Está claro, pues, que la mentalidad del Cristianismo primitivo era muy distinta, en este asunto capital, de la mentalidad hoy dominante en la Iglesia. Los autores de los Evangelios querían a la Iglesia. Y querían el bien de la Iglesia. ¿Quién va a poner eso en duda? Además, aquellos hombres vieron que no le hacía ningún daño a la Iglesia decir la verdad, contar lo que eran los primeros Apóstoles. Y cómo eran aquellos hombres. Para los Evangelios, lo importante no es la "imagen", sino la "verdad". Porque lo que más daña a la Iglesia es precisamente andar con ocultamientos, ofreciendo una imagen que no se corresponde con la realidad de lo que pasa y de lo que se vive en la Iglesia.
La verdad del Evangelio y la verdad de la Iglesia deben ser coincidentes. Hoy nos damos cuenta de que las debilidades y miserias de los primeros Apóstoles son ahora garantía de que el Evangelio nos dice la verdad. Pues bien, ¿es que la Iglesia actual tiene que ser más ejemplar, más intachable, más coherente que la primera comunidad de discípulos y Apóstoles que reunió Jesús? Quienes convivieron con el Jesús terreno no tuvieron pelos en la leungua para contarnos lo que allí pasó. ¿Por qué ahora no podemos tener la claridad, la sinceridad, la humildad y la sencillez que tuvieron los primeros testigos del Evangelio? ¿Es que los primeros Apóstoles pudieron tener sus contradicciones, pero los sucesores de los Apóstoles no puden tenerlas? ¿Qué es lo que no cuadra en todo esto?