viernes 26 de febrero de 2010

EN DEFENSA DEL "JESÚS" DE PAGOLA

Brevemente, pero con toda firmeza, quiero (y debo) expresar mi desacuerdo con la desafortunada decisión de los obispos que - si es cierto lo que ha llegado a mis oídos - han mandado retirar de las librerías la última edición del libro "JESÚS", de José A. Pagola. Este sacerdote ejemplar y gran teólogo ha tenido la humildad de corregir las ediciones anteriores de su libro. Ha hecho las correcciones que le había impuesto la Conferencia Episcopal. El libro, así corregido, ha obtenido el "Nihil Obstat" del que ha sido su obispo, Mons. Uriarte. Bueno, pues ni esto les ha bastado a los obispos para tomar una decisión que, por otra parte, no es competencia de los pastores de la Iglesia. Ellos no tienen autoridad para decidir lo que los libreros pueden o no pueden vender.
Aprovecho esta ocasión para insistir, una vez más, en que el libro de Pagola, sobre Jesús, es excelente. Y la reciente decisión de los obispos, lo que nos viene a decir es que estos hombre le tienen miedo al Evangelio. Sólo admiten y soportar el "evangelio domesticado" por ellos mismos, lo que a ellos les conviene, lo que tolera su deseo de mandar. Insluso en lo que dijo e hizo Jesús. Ellos tgienen autoridad para decir lo que es contrario a la fe de la Iglesia. Pero en el libro de Pagola no hay nada, absolutamente nada, que sea contrario o atente contra la fe cristiana y católica.

jueves 25 de febrero de 2010

PARA SALIR DE LA CRISIS: RESPONSABILIDAD Y PRODUCTIVIDAD

La gente está alborotada. Y es de temer que seguramente todos nos vamos a alborotar más, a medida que el Gobierno de cada país vaya anunciando medidas restrictivas en sueldos, edad de jubilación, congelación de salarios, reducción del gato público y así sucesivamente. Lo que está ocurriendo en Grecia es una llamada de atención para todos. Y lo que ya se venir en España, tres cuartos de lo mismo. Está claro que, en los países ricos, hemos gastado por encima de nuestras posibilidades. Y así, nos hemos acostumbrado a niveles de vida, de consumo y de bienestar que no se han correspondido con nuestra productividad. Entre otras cosas, porque hemos vivido muy bien a costa de que miles y millones de criaturas que han trabajado muy duro, ganano dos o tres dólares al día, fabricando ropa, calzado, juguetes..., ¿qué se yo?, que luego aquí a nosotros nos resultaban a "buen precio"... ¡Una canallada! Y ahora vemos que nuestras canalladas han sido tantas y tan demsesuradas, que hemos terminado por amenazar serimente (o incluso matar) la gallina de los huevos de oro. Total, "señores", que esto se ha terminado.
Pero ahora viene el problema. Y es que nadie está dispuesto a apretarse el cinturón. Yo no voy a derivar esta reflexión en la consabida dirección de que tenemos que "ayudar" más a los pobres. Eso, por supuesto, hay que hacerlo en no pocos casos. Pero este mundo no se arregle con "ayudas", sino con "responsabilidad" y "productividad". Esto es lo que - según creo - a todos nos tiene que preocupar de verdad en este momento. En estas sociedades opulentas vivimos demasiados zánganos, que salimos adelante en la vida, motivados por dos ideas, que resultan decisivas para hundir económicamente a un país: 1) Tener un trabajo seguro, por ejemplo ganar unas oposiciones de las que ya nadie me pueda echar, como es el caso de los funcionarios del Estado. 2) Ganar lo más posible trabajando lo menos posible. No digo que todos los funcionarios del Estado, todos los empresarios, todos los trabajadores.... piensen así, y quieran vivir así. Pero tengo la fundada impresión de que estgos criterios han impregnado el tejido social y hasta la cultura, de nuestros países "ricos del sur", bastante más de lo que imaginamos. Por poner un ejemplo muy claro: está demostrado que el absentismo laboral es ruinoso en España. Me refiero a la cantidad de gente trabajadora que, en cuanto puede, se busca una "baja" del mérdico amigo, para no dar golpe en una semana. Y mucho más gravce es la falta de responsabilidad de empresarios y patronos que se aprovechan del hambre de los parados e inmigrantes para sacarles el jugo a base de bien. ¿No es todo esto una cadena interminable de auténticas canalladas?
No le echemos la culpa a Zapatero o Aznar, al PP o al PSOE. Seamos sinceros y honestos. Aquí vivimos más culpables de lo que nos atrevemos a pensar. Por supuesto, cada cual en su sitio y según el cargo o puesto que ocupa. Pero, insisto, canallas y canalladas las hay por todos los rincones de esye oaís y de casi todos los países.
Con todo, hay una diferencia. En el caso de la Unión Europea, es evidente que los países de matriz protestanmte son más ricos y tienen niveles de desarrollo que no tenemos en los países más influenciados por la tradición católica. Seguramente, Francia es un caso de excepción, por motivos que aquí no podemos analizar ahora. Pero a lo que yo quería venir es a que me parece muy certero el análisis que hizo Max Weber sobre la ética protestante y su influencia decisiva en el desarrollo económico de los pueblos. No entgro en detalles, como por ejemplo, si las ideas luteranas o las calvinistas han sido las más determinantes en este complej asunto. En todo caso, lo que está fuera de duda es que las convicciones éticas tienen una influencia decisiva en el desarrolo económico. Por una razón que se comprende enseguida: mientras que el catolicismo ha orientado la moral y la espiritualidad más hacia el ascetismo y la vida privada, el protestantismo ha hecho más hincapie en concebir la vida ética como "responsabilidad en la propia profesión". De tal manera que debe ser centran en la vida la idea de "la profesión como vocación". Y por cierto, una vocación orientada a la "productividad". La religión nos ha enseñado a ir a misa, oir sermones, o cumplir con determinadas prácticas religiosdas. Pero luego se encuentra uno a gentes muy piadosas que son unos auténticos irresponsables. O lo que es peor, gentes religiosas que no cumples con sus deberes de buenos ciudadanos y que se desvivan para producir en bien de la comunidad cívica y de la sociedad.
En este blog entran personas que, se hable de lo que se hable, enseguida derivan hacia la moral en el tema del aborto o en el asunto de la sumisión al papa. Yo creo, por supuesto, que esosdos temas son importantes. Y deberíamos tratarlos con todo el respeto que merecen. Pero ahora mismo, en la situación en que vivimos, lo más urgentes es repensar nuestro sentido de la propia responsabilidad y la productividad en nuestra profesión. Mientras no arreglemos eso, no saldremos de la crisis y seguiremos siendo, seguramente "respetable" o "piadosos", pero, si no somos muy cuidadosos, también podemos ser unos záganos y hasta es posible que unos canallas. Lo digo con toda sinceridad. Y yo me meto el primero. ¡Ah! y el qu tenga las manos limpias, que tire la primera piedra.

domingo 21 de febrero de 2010

LAS TENTACIONES DE CRISTO Y NUESTRA TENTACIÓN

Hoy, primer domingo de cuaresma, la liturgia de la misa nos rescuerda el evangelio de las tentaciones de Cristo en el desierto. Evidentemente, no se trata de un relato histórico. Porque no puede ser verdad que un hombre, que se pasó cuarenta días y curante noches sin comer, sólo sintiera hable al final, como dice ese relato tan extraño. Podemos estar seguros de que ahí se cuenta algo que le pasó a Jesús, pero no en un momento determiando, sino a lo largo de su ministerio público. Y con ello, lo que se pretende es decirnos, a quienes leemos los evangelios, que también nosotros, al igual que Jesús, estamos sometidos, durante toda nuestra vida, a las mismas tentaciones, que son, sin duda alguna, las perores tentaciones que podemos sentir en este mundo. ¿De qué tentaciones se trata?
Para tener algo de claridad, en un asunto tan serio como éste, lo primero es caer en la cuenta de que las tentaciones más peligrosas no son las que nos impulsan directamente, descaradamente, a hacer el mal, sino todo lo contrario: las tentaciones más malas de la vida son las que nos proponen que hagamos el bien, pero utilizando los medios que, en lugar de conducir al bien, lo que hacen es convertirnos en agentes del mal. El demonio, en efecto, no le dijo a Jesús que abandonara su misión de Hijo de Dios, sino que, si efectivamente era el Hijo de Dios, lo que tenía que hacer es lo que el diablo le proponía. Por tanto, las peores tentaciones no son las que sienten los "malos", sino las que sufren los que se consideran los "buenos", los que quieren ir por la vida como "hijos de Dios", predicando el Reino de Dios. En este caso, el peligro está en los "medios" que Satanás las propone a los misioneros de Dios, para que su misión resulte lo más eficaz posible. Ahí está el peligro. El peor de todos los peligros. Y el más difícil de detectar. Porque el que sfre semejante tentación la ve como una propuesta "inteligente" para lograr el "buen" fin que se persigue.
Esto supuesto, venimos al centro del asunto. A mi manera de ver, quien mejor ha sabido interpretar y explicar el fondo de todo este complicado problema ha sido el genio de Dostoievski, en el episodio del Gran Inquisidor, en Los hermanos Karamazov. El relato de Dostoievski, como sabido, se sitúa en Sevilla. Y en él se finge que un buen día Jesús se presentó en Sevilla. Inmediatamente, el Inquisidor lo matió en la cárcel. Y le dijo por las claras: "¿Por qué has venido a molestarnos?" Y así empieza el alegato que el Inquisidor le hace a Jesús. A juicio del viejo y austero Inquisidor, Jesús nunca debería haberse resistido a las tentaciones diabólicas: convertir las piedras en pan, aceptar el reinado sobre todos los reinos del mundo, y lanzarse desde la torre más alta del templo y caer al suelo, sin gacerse daño y entre palmas de ángeles. Jesús, a juicio del Inquisidor, nunca debió resistirse a las propuesta del diablo. Porque sólo hay tres fuerzas - prosigue el Inquisidor - capaces de subyugar la conciencia humana: el milagro, el misterio y la autoridad: "Y tú quieres ir por el mundo con las manos vacías, predicando a los hombres la libertad que la necedad y la ignominia natural les impiden comprender, una libertad que les da miedo, porque no existe y jamás ha existido nada más intolerable para el hombre y a la sociedad... Además, te formaste una idea demsiado alta de los hombres, que en el fondo sólo son esclavos....". Nosotros, sin embargo, sigue el cardenal Inquisidor, hemos corregido tu obra basándonor en el "milagro", el "misterio", la "autoridad". Y los hombres han vuelto a regocijarse de que los guíen como un rebaño y de que los hayan liberado de ese finesto don que les causaba tales tormentos". Y el Inquisidor termina diciéndole a Jesús: "Mañana, tras una señal mía, verás cómo el dócil rebaño lleva carbones candentes a la hoguera donde subirás, por haber venido a entorpecer nuestra obra". La respuesta de Jesús, al viejo Inquisidor, fue acercarse a él y besarle los labios exangües. El anciano se estremece, le tiemblan los labios; se acerca a la puerta, la abre y le dice a Jesús: "Vete y no vuelvas más... ¡nunca más!".
La cosa está clara: la institución religiosa le teme a Jesús, le teme al Evangelio de Jesús. Y, en el lugar del Evangelio de la libertad, ha colocado los tres pilares de la Religión: el "milagro", el "misterio", la "autoridad". Asentada sólidamente sobre esos tres pilares, la institución religiosa ha sustituido la libertad por la sumisión. Por eso, sin duda, las noticias y los comentarios sobre la religión interesan más que las explicaciones sobre el Evangelio. En definitiva, se trata de algo tan claro como sobrecogedor: en nosotros manda más el Inquisidor que Jesús. Lo que queremos es tener políticos con autoridad, obispos con autoridad, empresarios con autoridad, líderes de todos los colores, pero que tangan autoridad, mucha autoridad, para que se produzca el nuevo milagro, el inesperado misterio que tanto anhelamos. Aunque para tener eso, sea preciso que nos controlen más la libertad, que nos quiten de encima el insoportable peso de la libertad. Y es que, en el fondo - y aquí es donde yo quería venir -, lo que queremos es que otros nos resuelvan el problema. Porque nosotros no estamos dispuestos a cambiar, a asmumir nuestra responsabilidad, porque nos han educado a vivir de una forma a la que ya no estamos dispuestos a renunciar. En el fondo - y quizá sin darnos cuenta - lo que realmente estamos haciendo es lo mismo que hizo el Inquisidor: ¡Que se vaya Jesús!, que nos va muy bien con el milagro, con el misterio y con la autoridad. Es decir, nos va bien así, soportando nuestra "llevadera" esclavitud.

viernes 19 de febrero de 2010

EL FANATISMO EN TIEMPOS DE CRISIS

"Fanatismo" y "fanático" son palabras que vienen del término latino fanum. Este término es estrictamente religioso. El fanum era, en la religión romana primitiva, el "lugar sagrado", que muchas veces podía consistir en un bosque sagrado. Más tarde, el fanum fue sustituido por el aedes, el santuario, que se suponía ser la morada de la divinidad (R. Schilling). Y es por esto, porque el fanum es el espacio de "lo sagrado", por lo que pro-fano es lo que está "fuera de lo sagrado".
Esta sencilla explicación de la etimología de lo "sagrado" y lo "profano", ayuda a entender que el fanatismo tiene que ver mucho con lo religioso, con lo sagrado, con lo absoluto. Y, claro está, cuando nos metemos en esos terrenos tan profundamente misteriosos, tan excelsos y sublimes, ocurren dos cosas: 1) Nos salimos del territorio de lo meramente racional; y nos introducimos en el oscuro e insondable mundo de los sentimientos, de las experiencias de "lo santo" y "lo divino", realidades que nosotros ya no podemos controlar y que, mas bien, nos controlan a nosotros. 2) Si es que, efectivamente, estamos ya en el ámbito de "lo divino", eso es lo mismo que decir que estamos en el ámbito de lo que no admite duda y, por tanto, de lo indiscutible, de lo que nada ni nadie puede cuestionar.
Siendo esto así, se comprende el enorme peligro que entraña el fanatismo y la intolerancia que llevan consigo los fanáticos. Y conste que este peligro y esta intolerancia es, antes que nada, una constante agresión para el propio sujeto que vive y se comporta como un fanático. Entre otras razones, porque el fanático, una vez que ha tomado una postura o ha adoptado una decisión, no puede cambiar. Y si cambia, es un traidor. El conocido escritor judío Amos Oz ha dicho con razón que "traidor, a ojos del fanático, es cualquiera que cambia. Y es dura la elección entre convertirse en un fanático o convertirse en un traidor".
Por otra parte, se sabe que la semilla del fanatismo siempre brota al adoptar una actitud de superioridad moral que impide llegar a un acuerdo. Por esto es tan peligroso y dañino el fanatismo. Porque donde hat fanatismo y fanáticos, inevitablemente hay división, enfrentamientos, conflictos. Y además conflictos que no tienen arreglo. Porque es consustancial al fanatismo la negativa a llegar a cualquier tipo de acuerdo con los que piensan de manera distinta a como piensa el fanático.
Pero, no sólo eso. Lo peor que tiene el fanatismo es que su esencia misma "reside en el deseo de obligar a los demás a cambiar" (Amos Oz). O sea, que los fanáticos se ven a sí mismos investidos con el sagrado derecho de: 1) No aceptar jamás el punto de vista del contrario. 2) Obligar a que el contrario cambie en su manera de ver la vida y las soluciones que necesita la gente, la sociedad, la política, la economía....
Y aquí, justamente aquí, es donde yo quería llegar. Porque, si escribo estas cosas sobre el fanatismo, es porque, en estos tiempos de crisis económica, estamos palpando hasta la saciedad y el astío, lo malo, lo dañino, que es el fanatismo. La crisis económica, que estamos padeciendo, está resultando tan dura, porque hay hombres y grupos fanáticos que se han empeñado en ser ellos los que tienen la razón. Empeñados en no dar su brazo a torcer. Empeñados en hacer todo lo posible por no dar su brazo a torcer. Empeñados, sobre todo, en obligar a los demás a cambiar. Además, los fanáticos creen que el fin, cualquier fin, justifica los medios. Por eso los políticos y economistas fanáticos mienten, deforman los datos, asustan a la gente, insultan a todo el que no actúa como ellos piensan que hay que actuar.
Evidentemente, en una sociedad así, en una nación, en un país, donde bloques de fanáticos se enfrentan, cuando urge salir de una crisis económica como la que estamos padeciendo, no cabe duda que unos y otros, en lugar de unirse para resolver la situación, lo que hacen es crispar más las cosas, provocar más división y más conflicto. Porque la esencia del fanático es sentirse seguro en "lo sagrado": su plan es sagrado, sus ideas son sagradas, su solución es sagrada, etc, etc. Y uno termina diciendo: ¡Maldito sea el día en que se inventó eso de "lo sagrado"! Porque el día que se inventó eso, se inventó también el fanatismo, se inventó la intolerancia, se inventó la autosuficiencia, se inventó el desprecio del otro, se inventó la idea perversa de quienes se creen poseedores del derecho de obligar a los demás a cambar. El día que se invetó el fanatismo, se inventó la ruina. Ante todo, la ruina del propio fanático.

martes 16 de febrero de 2010

EL EVANGELIO Y LOS OBISPOS

No. De verdad que no voy a decir nada contra el episcopado o contra cualquiera de nuestros pastores. Lo que hoy quiero decir aquí es muy simple. Llevo con esto del blog poco más de cuatro meses. Y en este tiempo - que no es mucho, pero ya es suficiente - he podido advertir una cosa que me ha llamado la atención. Se trata de esto: los temas que más interesan (a la vista de los comentarios que suscitan) son los que se refieren a los obispos o se relacionan con ellos. Sin embargo, cuando explico cosas del Evangelio, los comentarios descienden notablemente. Por supuesto, esta constatación tendría que ser analizada y comprobada más despacio y con datos más precisos. Pero, insisto, mi experiencia viene siendo según lo que acabo de indicar. Es decir, el Evangelio interesa menos que los obispos. ¿Será así? Y si lo es, ¿qué quiere decir eso? Es verdad que hablar de alguien en concreto, y más si es un obispo, puede ser noticia. Mientras que comentar un texto del Evangelio, difícilmente puede ser noticia. Seguramente esto influye en el número de comentarios que se hacen. Pero, sinceramente, no me parece que eso explique debidamente un fenómeno que se me antoja mucho más complejo. En cualquier caso, tengo la fundada sospecha de que hay muchos cristianos para quienes, por ejemplo, una opinión sobre el aborto o los crucifijos en las escuelas (sea a favor, sea en contra de esos problemas), es más importante que una explicación a favor o en contra de un pasaje del Evangelio. Pues bien, si esta sospecha mía se corresponde con la realidad, entonces eso nos vendría a decir que hay cristianos para quienes la comunión con el obispo es más importante que la comunión con el Evangelio. ¿Será esto verdad? Y si lo es, ¿no significa esto que andamos más descaminados de lo que nos imaginamos?

domingo 14 de febrero de 2010

VERDAD DEL EVANGELIO, VERDAD DE LA IGLESIA

Como sabemos, en los dos últimos siglos, se ha discutido mucho si Jesús de Nazaret es un personaje histórico o es una invención de los cristianos. Se ha discutido, por tanto, si los evangelios son documentos históricos o, más bien, son relatos míticos que no merecen crédito. Hace poco, el conocido filósofo y sociólogo francés, Frédéric Lénoir, ha escrito sobre este asunto precisamente: No disponemos de pruebas científicas absolutas sobre la existencia de Jesús, como las hay, por ejemplo, en el caso de Julio César a través de las monedas, los restos arqueológicos y los diversos textos conservados. Sin embargo, contamos con suficientes elementos para afirmar la existencia real de un judío llamado Jesús, probablemente nacido en Nazaret de Galilea, crucificado en Jerusalén en tiempos de Poncio Pilato, en los años treinta, tras una corta vida pública cuyas grandes líneas son relatadas por las fuentes cristianas, principalmente los Evangelios, pero también por algunas fuentes no cristianas o incluso fuentes hostiles al nazareno. Ningún investigador serio y bien documentado afirma lo contrario... A propósito de Jesús, si alguien hubiera querido inventar una fábula, la habría construido de modo de modo coherente. No se habrían inventado "contradicciones" entre los cuatro Evangelios; y no sólo contradicciones, sino tantas palabras incómodas, incomprensibles, molestas para cualquier minstitución religiosa. Y además, resulta descabellado inventar una religión basada en un fracaso tan flagrante como el de Jesús, que muere crucificado y abandonado por sus propios discípulos. Hoy puede parecernos admirable o conmovedor, porque nuestras conciencias están impregnadas de cristianismo, pero en la época en que se sitúan estos hechos, en los tiempos gloriosos del Imperio romano, tenía que resultar sencillamente "increíble" o incluso "escandaloso" que un supuesto enviado de Dios tuviera un destino así. A nadie le cabe en su cabeza inventar una religión sobre la base que puede ofrecer un individuo (un tal Jesús) que aceptó la función más baja que una sociedad puede adjudicar: la de un delincuente ejecutado y desautorizado por el poder político y por la misma religión (G. Theissen). Hay que ser demasiado estúpido para incurrir en semejante contradicción.
Pero la cosa no queda aquí. Porque, si uno se fija con atención en los relatos de los Evangelios, enseguida se advierten datos, palabras, hechos y situaciones que no cuadran en un conjunto de documentos que se nos presentan como los escritos fundacionales de una institución con pretensiones de perdurar hasta el fin de los tiempos. Baste pensar que, de entrada, a los responsables o dirigentes de esa institución (los Apóstoles o "discípulos") se les presenta, en los Evangelios, como hombres que no tenían fe (Mc 4, 40) o que eran "increyentes" (Mt 17, 17), ya que tenían una fe tan exigua como una grano de mostaza, o sea prácticamente nada (Mt 17, 20). Y hay textos en los que se afirma de manera tajante que no creían (Lc 24, 11. 34) o que eran "lentos para creer" (Lc 24, 25) y, en alguna ocasión, Jesús les pregunta: "¿Dónde está vuestra fe?" (Lc 8, 25). Pero lo más frecuenye es que los Evangelios digan de aquel grupo de primeros dirigentes que eran "hombres de poca fe" o de una fe escasísima (oligopistoi) (Mt 8, 26; 14, 31; 16, 8; Lc 12, 28).
De estos hombres, además, se dice en los Evangelios que discutían quién de ellos era el más importante (Mc 9, 33-34 par), es decir, tenían pretensiones de estar unos por enima de otros. Y esta tensión estalló y se puso en evidencia cuando dos de ellos (Santiago y Juan) fueron a pedirle a Jesús los primeros puestos en el gobierno y en la dignidad (Mc 10, 35-45; Mt 20, 20-24). Una pretensión que se mantuvo hasta la última noche en que cenaron con el Jesús (Lc 22, 24-27).
Pero hay algo más fuerte. Sin duda alguna, lo más chocante, en los Evangelios, es la relación que Jesús tuvo con el más importante de los Apóstoles, Pedro, el que siempre aparece destacado sobre los demás. Pues bien, a este hombre Jesús no dudó en "increparlo", llamándole "Satanás" y echándole en cara que su "idea no era la de Dios" (Mc 33 par). De la misma manera que los evangelios destacan que, a la hora de la verdad, este Pedro fue infiel a Jesús y repitió, por tres veces, que ni lo conocía (Mc 14, 66-72; Mt 26, 69-75; Lc 22, 56-62; Jn 18, 15-18. 25-27), lo que en realidad fue renegar de su relación con Jesús. Y eso que el propio Jesús se lo había advertido severamente (Mc 14, 27-31; Mt 26, 31-35; Lc 22, 31-34; Jn 13, 36-38).
La larga lista de incomprensiones y contradicciones, que tuvieron los primeros dirigentes de la religión fundada por Jesús, no eran ciertamente un aval, una recomedencación elogiosa, para que los ciudadanos del Imperio se fiaran de aquellos hombres, de lo que hacían y de lo que decían. Y, sin embargo, lo notable es que los documentos fundacionales del Cristianismo y de la Iglesia no vieron inconveniente alguno en que todo aquello se supiera, se escribirra y quedara constancia de ello para las generaciones futuras. La Iglesia naciente vio que no le dañaba nada que todo el mundo supiera las debilidades, las contradicciones, las miserias y las cobardías de los Apóstoles y su cabeza, el Apóstol Pedro, el que murió como primer obispo de Roma y que hoy es considerado como cabeza del Colegio Episcopal.
Está claro, pues, que la mentalidad del Cristianismo primitivo era muy distinta, en este asunto capital, de la mentalidad hoy dominante en la Iglesia. Los autores de los Evangelios querían a la Iglesia. Y querían el bien de la Iglesia. ¿Quién va a poner eso en duda? Además, aquellos hombres vieron que no le hacía ningún daño a la Iglesia decir la verdad, contar lo que eran los primeros Apóstoles. Y cómo eran aquellos hombres. Para los Evangelios, lo importante no es la "imagen", sino la "verdad". Porque lo que más daña a la Iglesia es precisamente andar con ocultamientos, ofreciendo una imagen que no se corresponde con la realidad de lo que pasa y de lo que se vive en la Iglesia.
La verdad del Evangelio y la verdad de la Iglesia deben ser coincidentes. Hoy nos damos cuenta de que las debilidades y miserias de los primeros Apóstoles son ahora garantía de que el Evangelio nos dice la verdad. Pues bien, ¿es que la Iglesia actual tiene que ser más ejemplar, más intachable, más coherente que la primera comunidad de discípulos y Apóstoles que reunió Jesús? Quienes convivieron con el Jesús terreno no tuvieron pelos en la leungua para contarnos lo que allí pasó. ¿Por qué ahora no podemos tener la claridad, la sinceridad, la humildad y la sencillez que tuvieron los primeros testigos del Evangelio? ¿Es que los primeros Apóstoles pudieron tener sus contradicciones, pero los sucesores de los Apóstoles no puden tenerlas? ¿Qué es lo que no cuadra en todo esto?

jueves 11 de febrero de 2010

EL SILENCIO DE LOS OBISPOS

¿Qué les pasa a nuestros obispos que están tan callados? ¿Por qué no hablan ahora, cuando la crisis económica aprieta más que nunca, cuando en España tenemos más de cuatro millones de parados, cuando los políticos están llegando al culmen del paroxismo, en una espiral de crispación que sólo sirve para empeorar las cosas, cuando hay familias enteras que pasan necesidad y se ven en aprietos para seguir tirando de la vida, cuando los inmigrantes sin papeles se sienten más amenazados, cuando raro es el día que no nos enteramos de nuevos escándalos y nuevos casos de corrupción en personas que ocupan altos cargos de responsabilidad pública, y así sucesivamente? En nuestra sociedad hay mucha gente desorientada, dividida, crispada, enfrentada, en no pocos casos al borde de la desesperación. La gente espera una palabra que no sea el mitin de turno, el consabido ataque al adversario, el parloteo retórico y barato de políticos y politicastros que buscan votos a costa de nuestra exasperación, en otra espiral creciente de malestar. Así están las cosas.
Por supuesto, todos sabemos muy bien que los obispos no son el oráculo de Delfos, ni tienen por qué dar la respuesta esperada y deseada a problemas cuya solución no depende de ellos. Pero, en todo caso y con todas las preciones que haya que hacer en una situación tan compleja como la que estamos viviendo, lo que yo me pregunto es por qué los obispos hablan, dan doctrina, denuncian, acusan, protestan y exigen responsabilidades, cuando lo que está en juego son asuntos relacionados con el sexo. Y se callan - o se limitan a decir generalidades - cuando los problemas que se plantean se refieren a la justicia. Se dirá que los obispos no tienen por qué meterse en política cuando se trata de asuntos jurídicos o económicos. Pero, entonces, ¿por qué pretenden que los poderes del Estado legislen de acuerdo con sus episcopales criterios cuando lo que hay que resolver son asuntos vinculados a la biología, a la medicina, a la antropología, a la sociología y, además de todo eso, también al derecho y a las leyes? No quiero pensar en la sagrada y solemne danza de mitras, que tendríamos a estas alturas, si la crisis que se ha planteado no fuera asunto de banqueros y gestores de finanzas, sino de fabricantes de preservativos, de juristas y políticos defensores de casamientos de homosexuales, de mujeres que quieren tener los mismos derechos que los hombres (también en asuntos religiosos), de vendedores de píldoras del día antes y del día después, de transexuales que quisieran llegar a obispos, de médicos que se empeñan en tener vía libre para la eutanasia... y así sucesivamente?
¿Por qué los obispos hablan tanto y saben tanto de unas cosas, al tiempo que de otras no dicen ni pío? ¿Por qué se echan a la calle para protestar contra los matrimonios de homosexuales y jamás los hemos visto en una manifetación contra la guerra, en defensa de los derechos de los trabajadores o, siendo coherentes, en defensa y promoción de las Bienaventuranzas evangélicas?
No hay que ser un lince para darse cuenta de que, con demasiada frecuencia, las preocupaciones de muchos obispos coinciden con las preocupaciones de la derecha política. Esto es cosa bien sabida y que señala una pista importante para explicarse los silencios de la Iglesia en determinados momentos.
Pero no se trata sólo de eso y de todo lo que eso conlleva. Además de los intereses políticos y económicos, en la Iglesia tienen mucha fuerza dos criterios, que son determinantes: el criterio del poder y el criterio del puritanismo. El criterio del poder se basa en el hecho de que quien controla la sexualidad de una persona o de un colectivo de gente, por eso mismo ejerce un poder decisivo sobre esa persona o sobre esa gente. Los psicólogos y psicoanalistas saben mucho de esto. Saben tanto, que si este principio no fuera verdadero, las consultas de esos profesionales de la salud psíquica estarían casi, casi vacías. El poder de la Iglesia sobre las conciencias se basa, en gran medida, en la relación tan fuerte que existe entre sexo y control de las personas. Y por lo que respecta al criterio del puritanismo, baste pensar que se trata de un asunto cuyas raíces se hunden en las profundidades de la cultura y de la historia. Que yo sepa, al menos, los estudiosos, que han investigado los orígenes del puritanismo de los griegos, nos han explicado que allá por el siglo V (a. C.), Pitágoras, primero, y luego Empédocles, tomaron de los chamanes del norte de Euro-Asia, el principio según el cual "la pureza, más bien que la justicia, se ha convertido en el medio cardinal de la salvación" (E. R. Dodds, E. Rohde). Pues bien, el principio originante del puritanismo sigue vivo y coleando. Como vivos parece que siguen los chamanes de los tiempos remotos.
Sea lo que sea de esta penosa historia y de estos conocidos argumentos, lo que no admite duda es que bien vendría, en este momento, una palabra evangélica, que se pronunciara, no mirando a las cúpulas de los grandes de este mundo (incluida la cúpula de San Pedro), sino con los ojos bien abiertos ante el dolor de la gente. Y con la lengua suelta ante los que, desde sus ambiciones de poder y mando, nos tienen asustados. Y conste que, al decir etas cosas, tengo muy presente lo mucho, lo muchísimo, que yo, al menos, le debo a la Iglesia. Le debo, ante todo, haber podido conocer a Jesús y creer en su Evangelio. Y le debo el ejemplo impagable de tantos obispos, sacerdotes, religiosos, relisosas y cristianos laicos que, sin que casi nadie lo sepa, han dado, y siguen dando, lo mejor de sus vidas para aliviar el dolor del mundo y asegurar la dignidad de quienes se ven peor tratados por la vida. Pero ocurre que, tan ejemplar es la inmensa generosidad de los más coherentes, como incomprensible resulta el silencio de los que se callan cuando tendrían que decir la palabra oportuna.

lunes 8 de febrero de 2010

LA IGNORANCIA RELIGIOSA

En España, por lo menos, nos quejamos con toda razón del fracaso escolar y de los muchos e importantes defectos que tienen los programas educativos, que se vienen poniendo en práctica en las últimas décadas. Por otra parte, sabemos muy bien que una de las cosas más graves, que pueden ocurrir en un país, es que la educación entre en crisis. Pues bien, así las cosas, si la educación en general ha sido un importante fracaso, mucho más lo ha sido la educación "religiosa". Nuestros obispos se han preocupado por que la clase de religión no se suprima en los planes de estudio. Es más, los prelados han batallado con empeño para que la clase de religión sea obligatoria. Es perfectamente comprensible ese empeño de los obispos. Pero, en cualquier caso, lo que no resulta comprensible es que la Iglesia consiga que la asignatura de religión se mantenga en la escuela. Que consigan además que el Estado pague a los profesores de esa asignatura. Y lo que es más, que hayan conseguido que a los profesores de religión los pone y los quita la Iglesia, no el Estado, que es el que paga el sueldo de los profesores. Por otra parte, es sabido que los obispos se han preocupado de que los profesores de religión sean ejemplares, que su vida familiar y hasta privada sea una vida sin tacha. Todo esto, como sabe todo el mundo, es motivo de dudas y enfrentamientos entre los ciudadanos, ya que no todos están de acuerdo en que el tema de la religión se enseñe de esta manera y se gestione así.
Pero lo que, a mí por lo menos, me preocupa en todo esta complicado asunto no es nada de lo que acabo de mencionar. Lo que da mucho que pensar es que, después de tanto defender la enseñanza de la religión, la ignorancia religiosa sea tan alarmante en este país. Se puede ser creyente o ateo, indiferente o agnóstico. Lo que no se debe ser, en ningún caso, es ignorante. Y puedo asegurar que la ignorancia religiosa, al menos en España, es muy preocupante. No sólo desde el punto de vista propiamente religioso, lo cual es comprensible. Pero es que, además de eso, yo me pregunto cómo una persona puede visitar el museo de El Prado, la catedral de Burgos, la Alhambra de Granada, y tantos otros lugares de reconocida importancia histórica y cultural, sin tener ni idea de lo que realmente se está visitando. No es posible conocer ni la historia, ni la cultura, ni la sociedad, ni la política..., si no se tiene una cultura religiosa al menos elemantal. Porque, en cualquier cultura del mundo, religión y cultura van inevitablemente fundidas. De forma que si se desconoce la una, por eso mismo se ignora la otra. Un país o un individuo ignorante en religión es un país o un individuo ignorante a secas.
Puntualizando más, lo peor de todo - desde el punto de vista del cristianismo - lo más alarmante de todo, es la ignorancia de conocimientos bíblicos que tienen la gran mayoría de los que se reconocen como cristianos. Esto es irritante. Porque no hay ninguna otra institución que tenga la ventaja que tiene la Iglesia para explicar cada domingo el Evangelio, los textos del Nuevo Testamento, la tradición de la Biblia. Miles de iglesia, muchos más miles de misas, a las que la gente acude, dispuesta a escuchar lo que le digan. Pero, ¿como se las apaña el clero para tener una posibilidad que nadie más tiene, ni los partidos políticos, y sin embargo, el hecho es que lo que se enseña en las homilías debe ser tan pobre, tan mal enseñado, que la gran mayoría de los que asisten a misas y funciones de iglesia, ni saben lo que son los evangelios sinópticos, ni tienen una idea clara de por qué no se puede decir que Jesús existió, ni saben qué es la redención, por qué Jesús curaba a los enfermos o qué quiere decir eso... Y asi sucesivamente.
Lo repito: esto es exasperante. ¿No se ha tomado conciencia de este gravísimo problema? ¿No se toman las medidas petinentes para resolverlo? ¿Por qué? A veces, pienso o al menos sospecho que la Iglesia le tiene miedo al Evangelio. Y le tiene más miedo a que la gente se entere de lo que realmente dijo y quiso Jesús. ¿Será eso cierto? Y hasta me da por pensar que, en no pocos ambientes eclesiásticos, se tiene más interés en que el público sepa lo que dice el papa que lo que dijo Jesús. Si esto es verdad (¡Dios no lo quiera!), entonces es que la crisis de la Iglesia es más profunda de lo que imaginamos. Porque significaría que el cristianismo se está saliendo de la Iglesia.

sábado 6 de febrero de 2010

IGLESIA FRACTURADA, SOCIEDAD FRACTURADA

Nicolás Maquiavelo, en sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio (I, 12), dice: "Los que estén a la cabeza de una república o un reino deben, pues, mantener las bases de la religión, y hecho esto, les será fácil mantener al país religioso, y por tanto bueno y unido". Y añado el mismo Maquiavelo: "Y deben favorecer y acrecetar todas las cosas que sean beneficiosas para ella (la religión), aunque las juzguen falsas". Como es lógico, Maquiavelo muestra aquí un interés por la religión en el que lo importante no es la creencia en Dios, sino la utilidad de la religión. ¿Para qué? Para mantener al país unido. Porque una religión fracturada, acaba fracturando también la convivencia y rompiendo la sociedad. Es decir, una religión rota produce un país roto también. Esto ocurría en el s. XVI, cuando escribía Maquiavelo. Y sigue ocurriendo ahora, en el s. XXI. Hay gente que se imagina que la religión está muerta o mortecina y que, por tanto, lo mejor que se hace es arrumbarla o incluso perseguirla. ¡Qué error tan monumental! No entro en el tema religioso propiamente tal. Me refiero al bien de la sociedad y de la convivencia de un pueblo. El hecho religioso sigue siendo determinante. Para bien o para mal. También en Europa. Y en Estados Unidos. En todas partes.
Por eso Maquiavelo erremete contra la Iglesia, por el triste papel que, ya en aquellos tiempos, jugaba en Italia. El juicio de Maquiavelo es muy duro. La idea del gran politólogo del XVI es que la Iglesia ha creado mucho malestar en Italia. Y da dos razones: "La primera es que por los malos ejemplos de aquella corte (la corte papal) ha perdido Italia toda devoción y toda religión, lo que tiene infinitos inconvenientes y provoca muchos desórdenes; porque así como donde hay religión se presupone todo bien, donde ella falta sucede lo contrario. Los italianos tenemos, pues, con la Iglesia y con los curas esta primera deuda: habernos vuelto irreligiosos y malvados; pero tenemos todavía otra mayor, que es la segunda causa de nuestra ruina: que la Iglesia ha tenido siempre dividido nuestro país".
No quiero pensar lo que Maquiavelo diría ahora, si viera lo que ocurre en tantos países del mundo. Países en los que la religión, en lugar de unir a la gente, lo que hace es enfrentar más a los ciudadanos. El caso de España, o mejor, el caso de las "dos españas", es elocuente. La Iglesia no ha cumplido sus deberes para unir a los españoles. No juzgo el problema religios como tal. Ni el problema ético que esto conlleva. Me refiero a lo que estamos viviendo ahora mismo, en España, en otros países de Europa, en Estados Unidos.... ¿Qué creencias religiosas tenemos y mantenemos? ¿Es que Dios, si es el Padre de todos, nos va a dividir y enfrentar más de lo que ya nos enfrentan los intereses políticos, sociales y económicos?
Por eso, mi pregunta final hoy es tan clara como provocadora: ¿Creemos realmente en Dios? O sea,: ¿No será que nuestras creencias reales son otras y utilizamos a Dios para sacar adelante lo que de verdad nos conviene y nos interesa?

jueves 4 de febrero de 2010

EL CRISTIANISMO INVISIBLE

Un filósofo francés - nada sospechoso de conservador -, Michel Onfray, ha dicho: "La época en que vivimos no es atea. Tampoco parece postcristiana, o muy poco. En cambio, sigue siendo cristiana, y mucho más de lo que parece". Lo que ocurre es que el cristianismo que estamos viviendo es, como se ha dicho seguramente con razón, un "Cristianismo invisible". Nos guste o no nos guste, el mensaje de Cristo se está saliendo de la Iglesia, se va alejando de ella (o quizá sea ella la que se distancia cada día más del Evangelio), y se está imponiendo en el mundo moderno de una "forma laicizada".
Pues bien, así las cosas, recientemente, el conocido sociólogo Frédéric Lenoir ha escrito: "El Cristianismo invisible de la sociedades modernas tiene sus defectos, qué duda cabe, y se basa en una forma secular de trascendencia que fundamenta nuestros valores, pero no se ha encontrado todavía nada mejor para legitimar y aplicar una ética universal de respeto al otro. A no ser que se odie, como lo hace Nietzsche, la igualdad, el amor al prójimo o la sensibilidad hacia el sufrimiento ajeno, no veo en qué sentido son tan nefastos el mensaje judeocristiano y sus avatares laicos o por qué otra formula maravillosa se pueden sustituir. Así pues, con los ojos bien abiertos y la razón crítica en guardia, asumamos serenamente lo que hay de bueno y útil para el hombre en nuestra herencia cristiana. Y reconozcamos, aunque sea de manera provisional, que nuestros ideales necesitan todavía cierta forma de trascendencia para mantenerse en pie. Al fin y al cabo, ¿no es mejor una ética humanista surgida del judeocristianismo que la barbarie?".
Frédéric Lenoir es filósofo y sociólgo, especialista en Historia de las Religiones y ahora es investigador en la École des Hautes Études en Sciences Socialees. Además, es el Director de la prestigiosa revista "Le Monde des Religions".
Pienso que es, por lo menos, pertinente reflexionar con sosiego, sinceridad y anhelo de Dios, en el problema de fondo que aquí se nos plantea. Un problema que, insisto, nos guste o no nos gueste, tenemos que afrontar, en lugar de volverle el rostro o, lo que sería peor, atacarlo desde las vísceras y con poca cabeza.

martes 2 de febrero de 2010

DEMONIOS DE MUERTE, DEMONIOS DE DINERO

El extraño episodio de los "demonios de Gerasa" tiene una sorprendente actualidad. Lo cuentan los tres evangelios sinópticos (Mc 5, 1-20; Mt 8, 28-34; Lc 8, 26-39). No es posible precisar si esta historia sucedió tal como la cuentan los evangelios. Los estudiosos de este asunto no se ponen de acuerdo sobre los detalles históricos. Pero esos detalles no son lo que interesa en este relato. Lo que importa de verdad es lo que este episodio extravagante nos viene a enseñar en este momento. Un momenjto histórico de tantas muertes y de tantas crisis. Me explico enseguida.
El hecho es que, en el territorio de Gerasa (una bellísima ciudad romana, actualmente en Jordania), había una aldea, no lejos del lago de Galilea, en la que (según los evangelios) había tal cantidad de demonios, que se llamaban "Legión". Todos ellos se habían mentido en un hombre. Y lo peor del caso es que eran demonios de muerte. Porque, según cuentan los evangelios, el endemoniado vivía en el cementerio, metido en las tumbas, golpeándose con piedras, con instintos de muerte tan incontenibles que los vecinos de la aldea no podían ni sujetarlo con cadenas. Lo destrozaba todo. Y andaba, como loco, gritando solitario por los montes. Era, sin duda alguna, la expresión más patética de la "legión de la muerte".
Así las cosas, Jesús desembarca en aquella comarca. Y libera a aquel hombre, tan locamente peligroso, de la lagión satánica de muerte que amenazaba a todos y se destruía a sí mismo. Pero el suceso, como es sabido, no acabó en eso. La legión de demonios, al salir de aquel extraño novio de la muerte, le pidió a Jesús que los dejara ir y meterse en una enorme piara de cerdos (unos dos mil) que hozaban tranquilamente enla falda del monte, junto al lago. Jesús les permitió a los demonios que fueran a meterse en los cerdos. Y entonces, inesparadamente, ocurrió lo más extraño del relato. Los dos mil cerdos, impulsados por la legión de demonios, se lanzaron, acantilado abajo, hasta que todo ellos se ahogaron en el mar. Los que, hasta entonces, habían sino "demonios de muerte", pasaron a ser demonios de dinero. Porque es evidente que dos mil cerdos, que ahora valdrían un capital, en aquel entonces serían una auténtica fortuna. Lo más seguro es que los vecinos de la aldea se vieron arruinados.
El hecho es que el pueblo entero salió a pedirle a Jesús que se fuera de allí. Lo cual quiere decir que aquellas gentes, que habían soportado a los demonios de la muerte, no pudieron soportar al que convirtió a tales demonios en en fuerzas incontenibles que, en pocos minutos, los dejaron sin cerdos, es decir, fuerzas que metieron al pueblo entero en una crisis económica que no tenían prevista y cuyas consecuencias desconocemos.
No hace falta calentarse mucho la cabeza para ver la palpitante actualidad de este estrambótico relato. Nosotros ahora somos como los gerasenos de entonces. Toleramos que los demonios de la muerte maten a miles de personas . Demonios del hambre y de la guerra, del paro y de la crisis, demonios vestidos de banqueros y gestores de finanzas, de políticos que se reúnen en Kyoto, Copenhague, Davos, en la Casa Blanca y en todas las casas negras que emsombrecen este mundo tan atiborrado de tantas legiones de demonios, legionarios de la muerte, a los que toleramos gustosamente, y pagamos con el dinero que nos quitamos de la boca. Porque estamos dispuestos a tolerar los instintos de muerte y sus espantosas consecuencias. Dando una ayudida a los niños de Haití, lavamos la conciencia. Pero, ¡amigo mío!, que no nos hablen de organizar la economía de forma que nuestros "cerdos" se precipiten por el acantilado de la crisis. El hecho es tan patente como patético: toleramos mejor un mundo de muerte que un mundo de crisis y soportamos gustosamente a los demonios de los sepulcros, con tal que no les toquen a nuestros cerdos. ¿Qué han hecho con nosotros? ¿A dónde nos lleva todo esto? ¿No ha llegado la hora de poner las cartas boca arriba y mostrar a las claras lo que realmente tenemos y lo que de verdad buscamos o estamos dispuestos a tolerar, con tal que no nos toquen donde de verdad nos duele?
 
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