miércoles 25 de noviembre de 2009

LA ESCASEZ DE SACERDOTES:¿POR QUÉ?

El cardenal Rouco se ha quejado de la escasez creciente de sacerdotes para atender las parroquias. Y es verdad. Cada año hay más parroquias sin párroco. Y cada año los párrocos tienen más años. Hace tiempo, un jesuita francés me dijo que él era párroco de 40 parroquias en una diócesis de Francia. ¿Cómo puede un cura atender a 40 pueblos? Y sobre todo, ¿tiene derecho la autoridad eclesiástica para organzar las cosas de forma que los fieles cristianos se vean privados de la predicación, la catequesis y los sacramentos?
Se dirá que eso no depende de la autoridad eclesiástica, sino de la falta de fe y de generosidad de los jóvenes actuales, que se dejan seducir por intereses mundanos, en lugar de estar atentos a la llamada del Señor.
Esa respuesta pone de manifiesto una lamentale ignorancia de cosas que se deberían conocer. En la Iglesia de los diez primeros siglos, la vocación para ejercer el ministerio pastoral en la Iglesia se entendía de una manera muy distinta a como se entiende ahora. En la actualidad, la vocación se entiende como la llamada de Dios, para atender a una comunidad de cristianos. Durante los primeros mil años de la vida de la Iglesia, la vocación se entendía como la llamada de la comunidad, que elegía de entre sus miembros al que consideraba más idóneo para educar en la fe a un grupo de cristianos. Esta manera de entender la vocación estaba tan clara entre los cristianos, que la la condición indispensable, para que el obispo admitiera a un candidato a la ordenación para ejercer el ministerio, era no que el dujeto se ofreciera diciendo que Dios le llamaba, sino que se resistiera a ser ordenado, porque se consideraba indigno y sin cualidades para un servicio tan exigente. Esto estaba tan claro y era tan normal en aquellos siglos, que, como está muy bien documentado, en enquellos tiempos se hablaba de las ordenaciones "invitus" y "coactus". Es decir, lo normal era la ordenación de los que "no querían y se resistían". Esos eran los que daban garantías de que Dios los quería para ejercer el ministerio pastoral. Los testimonios, en este sentido, son interminables: santos como Cipriano, Gregorio Nacianceno, Ambrosio, Juan Crisóstomo, Agustín, Greorio Magno, etc. Además, así lo decretaban los sínodos y los concilios, los cánones y los decretos de la jerarquía. Esta documentaión equedó recogida en el Decreto de Graciano, en el s. XI (c. 9, q. 1 C. VIII, col. 592): "El gobierno: de la misma manera que se ha de negar a los que lo desean, debe ofrecerse a los que huyen de él" (cf. Y. Congar: Rev.Sc.Ph.Th. 50 (1966) 169-197). La Iglesia estaba convencida de que su peor enemigo eran los "trepas", los que buscan subir y alcanzar puestos, cargos, dignidades...., por más que ellos aseguren que desean todo eso "para servir a la Iglesia". Es mentira. Lo que desean, los que desean subir, es subir y ser importantes. Así de sencillo, así de claro y así de duro.
En la Iglesia faltan curas porque las autoridades de la Iglesia han puesto unas condiciones que no permiten otra cosa. Tenemos lo que la Iglesia ha optado que tengamos. En la Iglesia no tienen por qué faltar sacerdotes. El día que se enferma, se va o se muere un cura, que la comunidad parroquial se reuna, que vea el que mejor puede hacerlo, que lo presente al obispo. No importa que esté casado o que sea soletaro. Puede ser un hombre o una mujer. Y luego, que lo preparen durante el tiempo que neccesite para aprender lo que necesita. Y nada más. No tiene que ser un teólogo. Tiene que ser un hombre honrado, evangélico, valorado como creyente por quienes lo conocen bien. Y que la comunidad, si es necesario, lo obligue a aceptar. Que viva de su trabajo, de su profesión... La Iglesia necesitaría mucho menos dinero para pagar a los curas. Que en cada parroquia haya un grupo de colabordores y co-responsables de la marcha de la paqrroquia. Y no habría problema en nada de eso. Y lo que digo de las parroquias, que se aplique lo mismo a las diócesis. Cuando el obispo se jubile, que la comunidad diocesana elija al sucesor. Y que los obispos de las diócesis vecinas lo ordenen de obispo. Como se hizo en la Iglesia durante dies siglos. Se acabarían los ascensos, las prebendas, la mayoría de los gastos. Y la Iglesia sería asunto de todos y no sólo del clero. ¿Principio de unión? La fe, el Espíritu del Señor, la forma de vida que brota del Evangelio. Y se acabó el el sacerdocio como carrera. Y el obispado como premio o como tentación para llegar a ser importante. Todo eso no tiene nada que ver con el Espíritu de Jesucristo.

domingo 22 de noviembre de 2009

MI COMENTARIO A LOS EVANGELIOS - CICLO C

El domingo que viene, día 29, es el primer domingo de Adviento. Empieza un nuevo año litúrgico, en el que las lecturas de la eucaristía serán las que corresponden al Ciclio C.
Para los evangelios de este año (como ya lo hice el año pasado), he publicado un libro que se titula La Religión de Jesús. Comentario al evangelio diario, ciclo C (2009 - 2010), Editorial Desclée.
Un libro en formato bolsillo, de 495 pgs. Cada día presenta el evangelio de la misa y un comentario breve, en tres puntos. Es una lectura breve, que ayuda a comprender el texto evangélico. Y puede servir para la oración personal o para la explicación del texto. El precio no llega a 10 €.

sábado 21 de noviembre de 2009

EL "ENDIOSAMIENTO" DE LOS OBISPOS

Hay gente que se queja de lo autotitarios y mandones que son muchos obispos. Y son bastantes los ciudadanos que se sienten mal ante la imagen pública que ven en los prelados, con sus atuendos solemnes y hasta extravagantes, que no pueden disimular ese aire de superioridad, majestad, solemnidad, que ciertamente ne se remedia con el lenguaje dulzón y acaramelado, que algunos monseñores utilizan. Dan la impresión de que les gusta aparecer como notables, personajes importantes, distinguidos y, en todo caso, nada sencillos, humanos y cercanos. Puede ocurrir que todo esto sea mera apariencia. Pero el hecho es que así son vistos la mayoría de los obispos.
Esto viene de lejos. En cuanto apareció en la Iglesia el episcopado monárquico (en cada diócesis un obispo), se empezó a hablar de los obispos de tal forma que se tiene la impresión de que los sucesores de los Apóstoles no se pusieron los últimos, como mandó Jesús, sino los primeros., como hacen los señores de este mundo. Es más, parece que no tuvieron bastante con colocarse los primeros. Pretendieron subir más. Y se inventaron - o toleraron - un lenguaje y unas ideas que jamás se debieron permitir entre los seguidores de Jesucristo.
No me invento nada. Ya en los primeros años del s. III, se publicó en Siria un documento, de carácter litúrgico y canónico, que tuvo una enorme influencia en Oriente y que se extendió también por Occidente. Este documento, que era un largo tratado de ritos y normas litúrgicas, se conoce como la Didaskalía. Las Constituciones Apostólicas lo copiaron casi al pie de la letra. Y en la Alta Edad Media, se difundió en las Galias a través de los Statuta Ecclesiae Antiqua. Pues bien en este escrito se exalta la figura del obispo hasta tal punto que de él se dice: "El primer sacerdote y levita para vosotros es el obispo; él es el que os imparte la palabra y es vuestro mediador...; él reina en lugar de Dios y ha de ser venerado como Dios, porque el obispo os preside en representación de Dios" (Did. 26, 4). Y más adelante: "Estimad al obispo como la boca de Dios" (Did. 28, 9). Más aún: "Amad al obispo como padre, temedlo como rey, honradlo como Dios" (Did. 34, 5). En estas normas litúrgicas, se advierte, más que una "sacralización" del obispo, un auténtico "endiosamiento". Por eso, nada tiene de extraño que la Didaskalía llegue a establecer: "Juzga, obispo, con potestad como Dios".
A Dios se le puede ofender de muchas maneras: negándo su existencia, blasfemando contra Él, desobedeciéndole.... Pero no sé si es peor que todo esto pretender ponerse en el lugar de Dios. Es lo que hacen los hombres que, con tanta tranquilidad como seguridad, se atreven a decir: "Esto es lo que quiere Dios"... "Ésta es la voluntad de Dios".... "Esto es lo que dice Dios". Tales cosas se afirman como lo más natural del mundo. Y sin embargo, ¿No es eso "endiosarse"? Si se encierra como un demente al que asegura que él es como Napoleón, ¿no es más peligroso ir por la vida afirmando: "yo soy la voz de Dios", de forma que "lo que yo quiero es lo que quiere Dios"? Y lo más grave de todo es que estas cosas se dicen, se oyen y se hacen como "lo que tiene que ser". Así, se ofende al Ser Divino y se humilla a los seres humanos. Triste papel en la vida.

viernes 20 de noviembre de 2009

SACERDOTES: LOS HOMBRES DEL PODER

Los Apóstoles y los ministros del Evangelio, a los que Jesús jamás designó como "sacerdotes" ni la Iglesia primitiva los tuvo como tales, empezaron a ser reconocidos con ese título a partir de comienzos del s. III. Así, en la Tradición Apostólica de Hipólito y en Tertuliano, que empezaron a llamar "sacerdotes" a los obispos. Unos años más tarde, Cipriano de Cartago aplica ya el título de "sacerdos" a los presbíteros (Epist. 40). Desde entonces, quienes utilizaban este título en la Iglesia, se constituyeron en una categoría superior. Por eso, desde el s. III, se empezó a hablar en la Iglesia los ministros de la comunidad como los que reciben la "ordenación" y son los "ordenados". Porque recibían el "orden".
Estos títulos no están en el N.T. Los dirigentes de las comunidades cristianas se los aplicaron tomándolos de las instituciones del Imperio. En la sociedad romana había tres "órdines": el de los senadores ("ordo senatorum"), el de los caballeros ("ordo equitum") y el de la plebe o pueblo llano ("ordo plebeius") (Pauly-Wissowa, vol. 18/1). En la práctica, el "orden" se aplica a las dos primeras categorías porque eran los notables, los distinguidos que estaban sobre la plebe. Tertuliano dice que esta división de categorías y dignidades fue un invento de los curas. Pero unos años después, Cipriano ya afirma que se trata de una división "de derecho divino" (Epist. 33, 1).
Así empezó la más peligrosa perversión de la Iglesia. Jesús les había dicho a sus Apóstoles que tenían que ser como chiquillos (Mc 33-37; Mt 19, 13-15), hacerse "esclavos" de los demás (Mc 10, 42-45) y ponerse los últimos (Lc 22, 24-30). Sin embargo, la voluntad de Jesús se cumplió durante dos siglos, no más. Desde el s. III, los "ordenados" se situaron en un rango superior. De forma que sus prerrogativas son, desde entonces, el "honor", la "dignidad" y la "potestad", como se atestigua insistentemente ya en el apistolario de Cipriano de Cartago.
Cuando Jesús insistió tanto en que "los primeros" tenían que ser y situarse "los últimos", no estaba hablando simplemente de "humildad". Jesús se refería sobre todo al "poder". El poder "sagrado" es, en las tradiciones religiosas, el poder "supremo". De ahí que, en Roma, el título de "Sumo Pontífice" lo utilizaba el emperador, una costumbre que duró hasta Teodosio el Grande, a finales del s. IV. Pero los títulos de "Rey" y "Sacerdote" fueron utilizados por los emperadores hasta Carlo Magno.
El hecho es que los respresentantes de Jesús se erigieron en poderosos de este mundo. Con un poder que llega hasta la intimidad de las conciencias. Así, los hombres de la religión le hemos quitado la fuerza al Evangelio. Ni el mundo se cambia con poderes, ni a los humanos se les hace mejores dominándolos. Ni el Vaticano ni sus teólogos entienden esto. De los que están abajo, de la gente sencilla y normal, de los pobres y las víctimas, de esas gentes vendrá el cambio y el futuro que anhelamos. Hay curas humildes, por supuesto. Pero insisto en que el problema no es asunto de "espiritualidad", sino de "estructura". La Iglesia no es una institución de "sumisos", sino una comunidad de "iguales", en la que los primeros se ponen los últimos.

jueves 19 de noviembre de 2009

LOS SACERDOTES GANAN DOS VECES

En todas las grandes religiones de la humanidad, la tensión entre sacerdotes y profetas ha sido una constante. Así lo dice y lo demuestra el más importante sociólogo de la religión, Max Weber. Y añade que es "una cuestión de poder", además "condicionada por la situación política". Esto es exactamente lo que le pasó a Jesús. Él se puso de parte de la vida y en contra del sufrimiento y de la muerte, de forma que a eso le dio más importancia que a las ceremonias del Templo y a las observancias de la Ley religiosa. Cosa que no soportaron los sacerdotes. Por eso, porque Jesús daba vida y todo el mundo se iba con él, por eso los sacerdotes lo condenaron a muerte (Jn 11, 47-53). Y no pararon hasta que lo vieron colgado, como un maldito entre malditos. Y se rieron de él, lo humillaron y se mofaron de su fracaso. Aquello fue, en los inicios del cristianismo, la primera vez que ganaron los sacerdotes: derrotaron a Jesús hasta verlo hundido y fracasado. Por eso, siempre que en los evangelios se menciona a los sumos sacerdotes es para presentarlos como agentes de sufrimiento y muerte (A. Vanhoye).
Así las cosas, se comprende que los seguidores de Jesús no pusieron en marcha un "movimiento sacerdotal", sino un "movimiento profético". Los sacerdotes se basan en una "institución" (el Templo y todo lo que eso conlleva) y en un "cargo" (que se basa en su "consagración"). Los profetas son "carismáticos". Y el carisma "es el don de ejercer autoridad, sin basarse en instituciones o funciones previas" (G. Theissen). Por eso los profetas adoptan una "conducta desviada" y "entran en conflicto con las intituciones".
Esto explica que, mientras las religiones de la antigüedad tenían una nomenclatura consagrada para designar a sus cuadros de mando, el cristianismo primitivo designó a sus ministros con nombres tomados, no de la religión, sino de realidades profanas y laicas, que nada tenían que ver con las religiones: "siervos" ("esclavos), "diáconos" (camareros), "presbíteros" (los que presidían ciertas instituciones civiles), "obispos" (los "inspectores" o "prefectos civiles"), "presidentes" ("pristámenoi"), "directores" ("egoúmenoi"). La Iglesia naciente excluyó el lenguaje sagrado. El mismo nombre que adoptó aquel movimiento original, "ekklesía", era el nombre de la asamblea democrática de los ciudadanos libres, reunidos para tomar sus decisiones. Todo esto ha sido bien estudiado y se trata de conclusiones seguras (J. Dupont, A. Lemaire, H. F. von Kampenhuasen, G. Hasenhüttl).
Así estuvieron las cosas hasta el siglo III. La Iglesia primitiva, la más cercana a Jesús, nacio de un derrotado por los sacerdotes. Pero ella prescindió de los sacerdotes, de sus templos, sus altares y sus ceremonias sagradas. Los cristianos celebraban la eucaristía. Pero lo hacían como una cena de hermanos y amigos. De esto hablaremos más adelante. Pero con el paso del tiempo, a medida que los cristianos se hicieron más numerosos y se integraron en la sociedad del Imperio, el movimiento original y profético de Jesús, fue evolucionando hacia una institución estructurada en la que los ministros de las comunidades fueron adquiriendo una posición cada vez más privilegiada, con más poder, hasta acabar por ser vistos como "hombres consagrados". Así se produjo la segunda victoria de los sacerdotes. Vencieron al desoncertante Jesús y desviaron su proyecto: el centro dejó de ser la lucha por la vida y contra el sufrimiento. Y en lugar de eso, se impuso la Religión, con sus dogmas y sus leyes, sus poderes y sus amenazas. Pero todo esto necesita ser analizado más despacio. Lo haremos. De momento, queda en pie que "los curas vecen dos veces". ¿Qué futuro nos espera?

miércoles 18 de noviembre de 2009

JESÚS EL PROFETA

Jesús no fue sacerdote. Es verdad que en la carta a los Hebreos se le aplica este título a Cristo varias veces. Otro día explicaré lo que pretende enseñar la carta a los Hebreos cuando designa a Cristo como sacerdote. Desde ahora debo adelantar que la doctrina de Hebreos sobre el sacerdocio no se refiere a lo que son actualmente los sacerdotes en la Iglesia. Pero de esto hablaremos más adelante.
Si exceptuamos la carta a los Hebreos, en ningún escrito del N. T. se designa a Jesús como sacerdote. Además, es importante recordar que Jesús, durante su vida pública, suscitó muchas cuestiones: "¿Quién es éste", se preguntaba la gente, los discípulos, los maestros de la Ley. ¿Quién decís vosotros que soy yo", les pregunta el mismo Jesús a los Doce. La respuesta fue siempre la misma: Jesús era un profeta. Lo decía la gente (Mc 6, 15; 8, 27-28; Lc 7, 39, etc). Y lo afirmaba el propio Jesús (Mc 6, 4; Lc 13, 33). Era, pues, común el convencimiento de que Jesús fue un Profeta. Sin embargo, en los evangelios jamás se dice que Jesús fuera el Sacerdote esperado, igual que era esperado el Mesías. Esta doble expectativa (del "profeta" y del "sacerdote") está atestiguada en los documentos de Qumran (1 QS IX 10-11) al igual que en los Testamentos de los XII Patriarcas, escritos que se conocían en Israel en tiempo de Jesús. Pero tan cierto como eso es que Jesús respondió a las esperanzas del "profeta" deseado y esperado. Mientras que de ninguna manera respondió al deseo del "sacerdote" que vendría a restaurar el sacerdocio decadente de aquel tiempo en Israel.
Además, ni Jesús era de familia sacerdotal. Ni jamás actuó como sacerdote. Ni estaba vinculado al personal que servía en el Templo. Ni él fundó un templo aparte, un santuario, un lugar de culto. Ni organizó ceremoniales o ritos religiosos para la gente que le seguía. Ni instruyó a sus discípulos en alguna liturgia original y nueva. Decididamente, el proyecto de Jesús no fue un proyecto sacerdotal, asociado al Templo, al altar, al culto litúrgico. El proyecto de Jesús fue un proyecto profético. Y en el Evangelio queda patente, una vez más, la antigua y tradicional tensión entre el "sacerdote" y el "profeta". En días sucesivos iremos analizado las consecuencias que todo esto entraña.

martes 17 de noviembre de 2009

JUAN BAUTISTA, EL SACERDOTE QUE NO FUE

Para comprender lo que la Iglesia naciente pensaba sobre el sacerdocio, es importante empezar por Juan Bautista, que tuvo la misión de "preparar los caminos del Señor" (Mc 1, 3; Is 40, 3). El padre de Juan fue el sacerdote Zacarías (Lc 1, 5-23). Y su madre, Isabel, era de la familia de Aarón (Lc 1, 5), la más ilustre de las familias sacerdotales de Israel. Puesto que el sacerdocio judío era hereditario, lo lógico es que Juan, heredero de una familia sacerdotal por los cuatro costados, hubiera sido él también sacerdote, dedicado al culto religioso del Templo. Sin embargo, Juan no se fue al templo a formarse como sacerdote, sino que se fue al desierto (Lc 1, 80). Parece lógico pensar que el Evangelio cuenta esto con una intención: los caminos del Señor no se preparan desde el sacerdocio y las ceremonias del Templo, sino desde la vida profética de un hombre del desierto. De hecho, esto es lo que sucedió allí.
Pero hay más. El evangelio de Lucas empieza relatando dos apariciones de ángeles, que anuncian dos nacimientos prodigiosos: la aparición al sacerdote Zacarías en el Templo (Lc 1, 8-27); y la aparición a una joven en Nazaret, una aldea de Galilea (Lc 1, 26-38). El hombre consagrado del Templo no creyó el anuncio del ángel (Lc 1, 20) y por eso se quedó mudo (Lc 1, 20). Por el contrario, la mujer sencilla del pueblo creyó, como atestigua Isabel (Lc 1, 45) y enseguida habló en el precioso himno del Magníficat (Lc 1, 46 ss). Sea lo que sea de la historicidad de estos datos, lo que importa es la lección religiosa que plantea el evangelio de Lucas: cuando Jesús viene a este mundo, el sacerdocio enmudece y no tiene ya nada que decir, mientras que la mujer sencilla del pueblo sin importancia pronuncia el proyecto subversivo de la "misericordia" del Señor: "desbaratar los planes de los arrogantes, derribar del trono a los poderosos, encumbrar a los humildes, colmar de bienes a los hambrientos y despedir a los ricos con las manos vacías" (Lc 1, 50-53).
Jesús entró en la historia humana de forma tan desconcertante como subversiva. La salvación, que nos trae Jesús, no viene de los hombre consagrados del Templo, sino de la mujer "humillada como una esclava" (Lc 1, 48) y perdida en el pueblo desconocido, un pueblo (Nazaret) del que, a juicio de los primeros discípulos de Jesús, "nada bueno podía salir" (Jn 1, 46). El Evangelio es más sorprendente de lo que imaginamos. Si lo entendemos, nos descoloca a todos.